El árbol genealógico refiere que es hija de dos médicos, y si no fuera porque el carnet de identidad lo corrobora pudiera creerse que es, en realidad, hija de Euterpe. Por las venas de Abbis María Jurdá Rodríguez no corre sangre, sino acordes, y el ritmo de su corazón lo marca las melodías del piano, esa suerte de oasis donde experimenta la libertad.

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Alumno estudiando piano.

“Me siento plena”, repite una y otra vez como un estribillo (o una confesión escrita sobre el pentagrama) que este reportero no debe olvidar a la hora de escribir. La plenitud se engrandece cuando toca a cuatro manos con uno de sus alumnos en el aula de la escuela de arte Ernesto Lecuona: la misma aula donde hace apenas seis años la sorprendía el atardecer memorizando las piezas a interpretar para el examen.

A estas alturas todos pensaban verla en los predios habaneros, integrando alguna agrupación de renombre, de gira internacional o grabando fonogramas… Mas, esta espirituana de 26 años hizo del aula el mejor escenario y de sus alumnos el público más exigente.

“Al terminar el nivel medio de la carrera me gradué de asignaturas teórico-musicales porque ya desde pequeña me inclinaba hacia el magisterio de la música”, recuerda. Fue ese el primer compás de un camino que la sorprendió un día impartiendo solfeo, armonía, piano… a estudiantes de casi su misma edad, esfuerzo que la obligó “a redoblar la preparación para intentar aclarar toda clase de dudas. Educar es un ejercicio lleno de imprevistos. Cuando menos lo imaginas, un alumno te asalta con cualquier tipo de pregunta”.

Mientras otras educadoras ven crecer a los estudiantes a través de interpretaciones de textos o razonamientos matemáticos, Abbis lo hace a partir de negritas y corcheas, de semifusas y silencios, no solo por la labor docente, sino porque en sus hombros también recae el liderazgo de la cátedra de piano, acaso la más joven directora de los últimos años en la institución espirituana.

Pero a veces suenan notas de melancolía si mira la palidez en las paredes de ciertos locales, otrora relucientes, las áreas desiertas, el jadeo de no pocos instrumentos por el paso del tiempo. “Por suerte los tenemos —admite a modo de consuelo—, con eso la mitad de la batalla está ganada, pero no significa buena calidad la mayoría de las veces. Un afinador de pianos es una urgencia que no puede demorar más, por ejemplo”.

También las notas bajas suenan si piensa en las sillas vacías en el público si la música clásica convoca, en el éxodo de jóvenes talentos a otras provincias ante las exiguas oportunidades para evitar el naufragio de la música culta ante los seductores acordes de la música popular.

“Falta sensibilización del público —opina—. Nosotros formamos concertistas. No es lo mismo inclinarse hacia otros géneros por motivación personal que porque no tienes más remedio. Sancti Spíritus no ha sabido rescatar las promesas que después vemos en tantos escenarios nacionales, incluso extranjeros. Todavía soñamos con una orquesta sinfónica”.

Con la rectitud heredada de quienes fueron sus maestros y hoy debe llamarles colegas (aunque no puede evitar el “profe” que a ratos se le escapa si precisa de asesoría), insiste en la seriedad como requisito indispensable a la hora de atarse al pentagrama. “Mientras estudias debes llevar dos programas académicos al mismo tiempo, pero con planificación todo es posible. La música es cosa seria, un camino donde llegan lejos solo los que perseveran”, sostiene.

Ahora detrás del piano, Abbis vela por la ejecución de su alumno. Le corrige, le susurra las notas para que fije el sonido…Se remonta a los días en que ella era la aprendiz, recuerda las composiciones de Vitier, memorizadas hasta el cansancio, y luego del turno de clase no puede evitar la tentación de acariciar las teclas.

El piano habla. Abbis echa a volar lejos, allá donde, desde niña, encuentra la liberación definitiva. Y, desde lejos, Euterpe le sonríe a esa hija morena que tiene en la villa del Espíritu Santo, cuyo código genético lo forman las claves de Sol y Fa.

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