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Con apenas 13 años Marcel solo necesita un retazo de hoja para crear un universo entero, sus criaturas de origami conocen salones expositivos dado la maestría y el dominio de la técnica milenaria

Viaja con sus creaciones a cuesta, resguardadas en una caja de zapatos para protegerlas de los dobleces. Y nadie sabe que en la mochila lleva un cisne, un manojo de flores, una rana, un gato, un dragón. Solo cuando llega al destino, abre la boca del morral. Comienzan los asombros, como si fuera un mago, solo que no tiene conejos o palomas… o sí, pero de papel.

Apenas asoma a la adolescencia y ya Marcel Gómez Soria se confiesa esclavo del origami para toda la vida. En el mundo de los dobleces y el ensamblaje de piezas nacidas de las hojas levantó el esa suerte taller imaginario donde él constituye el carpintero principal. Delante de la grabadora responde lo imprescindible y empieza a crear otra criatura para lidiar con los nervios.

“Esto me gusta más que jugar pelota, trompo o bolas. Todo empezó cuando estuve enfermo, hace tres años, en una silla de ruedas. Mi mamá me buscó videos que enseñaban cómo hacer origamis para que me entretuviera. Empecé a moldear las piezas para unirlas después, así hice mi primer cisne. Demoré dos o tres horas. Me gustó. Hice otra figura, y otra, y otra, hasta hoy”.

Aprendió así que “existen dos tipos de origami: el clásico y el modular. El primero se hace a partir de una hoja de papel, el segundo consiste en empalmar piezas iguales. Parece fácil, pero, en el caso del modular, todas las piececitas deben ser iguales; tienes que saber cómo empalmarlas y combinar los colores para los detalles. Además, algunos animales u objetos son muy complejos. Lo más difícil que he realizado fue otro cisne, de dos colas. Lo terminé a la una de la mañana, tenía alrededor de 2 000 piezas”.

Así, el camino del joven aprendiz se cruzó con el de Mery Viciedo, perteneciente a la Asociación Cubana de Artesanos Artistas (ACAA) en Trinidad, experta en la técnica del bonsái. Entonces papel y árboles en miniatura hilvanaron un discurso artístico que fraguó la primera exposición de Marcel en un espacio tan tímido como la casa de los mártires de la villa sureña.

“El talento no podía quedarse puertas adentro —comenta la artesana—. Después empezamos a motivar a otros niños y en el patio de mi casa impartimos un curso, cuya graduación resultó otra muestra, esta vez en el Museo de Arquitectura. Marcel descubrió que también tenía el don de enseñar”.

De a poco se abrieron nuevos horizontes hasta llegar a Cienfuegos, donde esta suerte de carpintero de papel acaparó las ovaciones en el Salón de la ACAA. Luego, los adultos empezaron a buscar al joven para convertirse en sus discípulos. Iniciaron los talleres, al punto que este verano ya suma el tercero, ahora en el Palacio de Pioneros dos veces por semana.

“El origami también ha ayudado a Marcel a vencer la timidez —explica su madre, Maggie Soria Rodríguez—, hubo un momento en que borró todos los videos porque se sintió impotente por no realizar una figura, pero después lo retomó. Muchos amigos nos han enviado papel específico para hacer origamis y todas las personas que nos conocen nos regalan hojas, pliegos, lo que tengan, incluso un compañero de la imprenta nos ha facilitado mucha recortería para realizar los cursos de verano”.

De vez en cuando llega el cansancio, la fatiga por tantas horas de labor, asoman las inquietudes vocacionales, pero algo queda claro: Marcel no romperá la tradición de regalar grullas o búhos a sus amigos en los cumpleaños, una flor a su madre o abuela… y puede que algún día conquiste a una muchacha con un corazón nacido de los dobleces. La fábrica de papel que ha erigido a base de perseverancia nunca cerrará. Y viajará con sus criaturas a cuesta para siempre.

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