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Díaz-Canel ha advertido que construir una mejor prensa depende de que cada cual desempeñe su rol adecuadamente. (Foto: Vicente Brito/Escambray)

Ni omnipotentes ni jueces; menos aún, propietarios de la verdad absoluta son los Medios de Comunicación Masiva (MCM) y, en específico, el Periodismo, que en su función de servicio público sí administra uno de los recursos vitales de la contemporaneidad: la noticia, seminal en la construcción social de la realidad, en palabras del catedrático español Miguel Rodrigo Alsina.

Sin embargo, la facultad otorgada al ejercicio periodístico con cierta frecuencia se ve erosionada por los intentos —no pocas veces consumados— de administrar consciente o inconscientemente los contenidos o la agenda mediática por actores externos a los órganos de prensa.

¿Podría un directivo de un MCM definir si a este o a aquel enfermo habría que intervenirlo urgentemente por una apendicitis aguda o por un tumor de colon? ¿Qué prerrogativa le asiste a ese propio ejecutivo para orientar una auditoría a cierta empresa debido a sospechas de que dos o tres funcionarios le están chupando decenas de miles de pesos a nuestra menguada economía?

Como organización gremial, la Unión de Periodistas de Cuba (UPEC) no ha secundado al avestruz y mantiene con punto rojo este fenómeno, que centró más de una intervención en su IX Congreso, celebrado en julio del 2013. En consonancia con ello, de esa fecha hasta hoy la dirección del país, representada por el primer vicepresidente cubano Miguel Díaz-Canel Bermúdez, ha sostenido encuentros sistemáticos con la presidencia nacional de la UPEC para que los debates en el Palacio de Convenciones no hayan devenido catarsis colectiva, sino generadores de acciones a favor de la salud del Periodismo.

Del bloc de notas de aquel congreso, despabilo los apuntes que intentaron seguir letra a la letra las reflexiones del propio Díaz-Canel, quien sostenía que la falta de una cultura comunicacional gravitaba sobre buena parte del repertorio de carencias y debilidades expuestas por los asistentes a la cita, que rebasaban las cercas del gremio periodístico con impacto en otros confines de la sociedad, precisada de información oportuna y veraz.

Para viabilizar los flujos informativos, en abril del 2013 la comisión del Buró Político que atiende la implementación de los Lineamientos de la Política Económica y Social del Partido y la Revolución creó un grupo de trabajo temporal para elaborar la propuesta de una política comunicacional del Gobierno y el Estado, cuyo influjo llegará necesariamente a los MCM cubanos.

En el contexto actual, otro elemento adquiere relevancia: la aprobación de las estrategias de comunicación de las Asambleas Provinciales del Poder Popular y de las entidades en particular, no diseñadas, en este último caso, en algunas instituciones de Sancti Spíritus, a pesar de constituir prioridad gubernamental. Incluso, allí donde fueron concebidas valdría preguntarse si en la concreta en todos los lugares han derivado en herramienta de dirección o han ido a parar a la papelera de reciclaje de las computadoras.

Evidentemente, no asistimos al mismo escenario de hace dos años y medio. Desconocer el avance nos colocaría en posición de francotiradores. No abunda la aprobación por parte de ministerios de resoluciones o documentos de naturaleza diversa —en clara intromisión externa en las atribuciones de los ejecutivos— que definen qué temas, cuándo y cómo deben ser tratados por los MCM, decisión que le corresponde en primera y última instancia a la dirección del órgano de prensa.

Sin embargo, a la custodia burocrática de la información no se le ha cortado rotundamente la cabeza con una daga. Si determinado dirigente o funcionario al cual acude la prensa posee la información que se procura, ¿por qué, en ocasiones, debemos solicitarla a través de otra oficina para cumplir con lo establecido? ¿Cuál noticia espera por el periodista? Aunque existen sucesos previsibles, las coberturas periodísticas no pueden programarse como los planes productivos de una fábrica.

A la par de ello, continúa manifestándose en mayor o menor grados el componente de poder en ciertas fuentes periodísticas, que con más o menos exigencia solicitan determinadas coberturas a sus intereses institucionales, casi siempre asociados a convocatorias, reuniones, actos y a procesos asamblearios en el contexto de congresos.

Lo anterior denota, por un lado, un enfoque instrumental hacia los órganos de prensa, al concebirlos —a tenor de las evidencias— como aparatos divulgativos y de propaganda, y, por el otro, el desconocimiento de las reales funciones del Periodismo, urgido de dejar atrás los contenidos meramente difusivos y el papel de repetidor del discurso de las fuentes, que emerge asiduamente.

La visión minimalista acerca de los cometidos de la prensa priva a la sociedad y a su sistema político de los objetivos más altos a los cuales esta puede tributar, a juicio del fallecido periodista y académico Julio García Luis.

Con el bisturí del pensamiento de largo alcance, García Luis diseccionó los ocupaciones del Periodismo, entre estas, brindar información relevante y oportuna, contribuir a interpretar los sucesos fundamentales, opinar acerca de asuntos de actualidad, participar en el establecimiento y la conducción de la agenda pública, ayudar a la movilización social e investigar la realidad y contribuir con los resultados a la vitalidad del sistema político.

¿Cómo entender, entonces, el cuestionamiento venido de algún que otro decisor por la publicación de un producto comunicativo que invita a reflexionar en torno a la implementación de cierta política aprobada en tiempos de actualización de nuestro modelo económico y social? Regularmente, quienes se amurallan en tales posiciones prefieren ver al reportero huérfano de criterio, en franca anulación de la misión de contrapartida que le es consustancial al Periodismo.

Construir una mejor prensa depende de que cada cual desempeñe su rol adecuadamente, advertía Díaz-Canel en el IX Congreso de la UPEC: el PCC como orientador y rector de la política informativa y los directores de los medios como los encargados de ejecutarla; estos últimos deben contar con “mayor libertad y responsabilidad para actuar”, añadía el dirigente.

Alguien pudiera crucificarme por ver fantasmas donde no los hay. Opinión, al fin, la respeto. Mas, quizás sea más fácil subir en elevador al Pico Turquino que cambiar, de hoy para mañana, la mentalidad enraizada en actores externos de ver a los MCM como sus mecanismos divulgativos; ni ello ni palenque de rebelde sin causa es el Periodismo, que, sencilla y complicadamente, debe verificarse como un acto de fe.

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