FOTO AMELIA PELÁEZ

Uno de los principales exponentes de las artes plásticas cubanas de todos los tiempos es Amelia Peláez del Casal. Por su imperecedera obra es apropiado el tratamiento en presente, aunque falleció a los 72 años el día 8 de abril de 1968.

Esta creadora universal, pintora, ceramista, ilustradora y muralista nació el 5 de enero de 1896 en el poblado de Yaguajay, de la entonces provincia de Las Villas, hoy en la de Sancti Spiritus.

Allí transcurrió toda su niñez y adolescencia, período en el que nació y sintió los primeros deseos de crear dibujando su entorno inmediato e inició sus inquietudes artísticas.

En 1915 se trasladó con su familia para La Habana. Entonces tenía 19 años de edad y matriculó en la Academia San Alejandro, donde aprendió a dominar el lenguaje académico que se enseñaba en esa institución. También creaba paisajes con soluciones personales y en ocasiones llegó a combinar las manchas con la luz para lograr planos definidos por el claroscuro o experimentaba formas según las técnicas del impresionismo.

Algunos cuadros demostrativos de esa época de búsqueda y tanteos para Amelia se pueden apreciar en Museo Nacional de Bellas Artes de La Habana.

La Academia San Alejandro le otorgó en 1924 una bolsa de viaje, por la que se instaló en Filadelfia y luego en Nueva York, ciudad en la que asistió a The Art Students League, donde amplió sus expectativas hacia nuevas formas de expresión.

De ahí, Amelia Peláez pasó a estudiar a Francia en 1926, mediante una beca concedida por la Academia. En la meca del arte en ese tiempo permaneció siete años, lo que le permitió a la vez viajar por distintos países de Europa y visitar así distintas galerías y museos.

Durante su larga estancia en Francia pudo frecuentar también diversos talleres de pintura que incursionaban en nuevos estilos creadores. Esos contactos le propiciaron, además, cultivar amistad con artistas que años después revolucionarían los conceptos del arte moderno.

Así logró montar una exposición personal en la Galería Zak en 1933, con favorable acogida de la crítica y el público. Durante mucho tiempo trabajó para esa muestra, con la que quiso probarse a sí misma hasta dónde había logrado avanzar.

Esa exposición demostró que aquella joven cubana hacía obras con conceptos novedosos y de realización personal permeada por las experiencias del francés Matisse y el español Picasso. Meses después Amelia regresó a Cuba en medio del antiacademicismo en el arte.

En los años 1941 y 1942 expuso consecutivamente en dos galerías de la ciudad de Nueva York. En aquellos momentos ya había logrado un estilo muy personal al trabajar los componentes esenciales de la cubanía desde elementos figurativos de fuerte representación visual.

Amelia Peláez heredó el gusto por la perfección y la policromía de su tío, el ilustre poeta iniciador del modernismo en Cuba, Julián del Casal. Después de transitar por el largo camino de estudio, análisis y experimentación, ella llegó a una etapa de consolidación en la que supo combinar con sensibilidad exquisita la luz, la forma y el color, elementos que componen rasgos particulares de lo cubano.

Ahí está su gran mural que se conserva en la fachado del Hotel Habana Libre, creado por Amelia Peláez antes de 1959, cuando se construyó esa edificación emblemática de la capital cubana. En esa gigantesca obra puso de manifiesto sus enormes dotes de ceramista de excepcionales cualidad técnicas.

La universalidad de la obra de Amelia Peláez está determinada por esa armonía entre valores cromáticos, formas y la intensa luz tropical de su Cuba querida. Al decir del crítico de arte Doctor en Ciencias Luís Rey Yero, ella fue la arquitecta del color.

No hay comentarios