FOTO DESEMBARCO DE MARTI Y GOMEZUn joven patriota espirituano acompañó en un tempestuoso desembarco a los dos principales líderes de la guerra independentista iniciada en Cuba en 1895 contra el colonialismo español.

José Martí, Máximo Gómez y otros cuatro patriotas, entre ellos el joven espirituano César Salas Zamora, lograron desembarcar el 11 de abril de 1895 por Playitas de Cajobabo, en la costa sur del extremo oriental cubano, para incorporarse a la guerra necesaria iniciada hacía algo más de dos meses.

 

Después de numerosos y peligrosos avatares llegaban a Cuba el líder principal de la revolución liberadora cubana y el General en Jefe del Ejército Libertador, junto con otros valiosos combatientes, protagonistas de un difícil desembarco en un bote de remos durante una noche tormentosa y oscura.

 

Dos días después de fatigosas caminatas lograron hacer contacto con tropas cubanas al mando del Comandante del Ejército Libertador Félix Ruenes. El día 15 el General en Jefe Máximo Gómez propició el otorgamiento unánime del grado de Mayor General del Ejército Libertador a José Martí en una ceremonia con la presencia de los jefes militares en la zona.

 

Con este acontecimiento se evitaban posibles dudas futuras acerca de la validez del liderazgo del Delegado del Partido Revolucionario Cubano en el teatro de operaciones por la independencia de Cuba.

 

José Martí recibió como un alto honor excepcional este nombramiento aprobado, que demostró, una vez más, la identificación programática lograda entre Martí y Gómez, las dos figuras máximas del proceso nacional-liberador que se iniciaba en Cuba.

 

Con la incorporación de Martí, Gómez y Maceo a la lucha independentista en territorio cubano, se hacía necesario un encuentro coordinador entre los tres grandes próceres, lo que se efectuó  el 5 de mayo de 1895 en la finca La Mejorana, donde se debatieron los criterios principales para la realización de la revolución independentista.

 

PRESENCIA DE UN JOVEN PATRIOTA ESPIRITUANO

 

El joven patriota César Salas Zamora nació en Sancti Spiritus el cuatro de agosto de 1868, en la vivienda número 35 de la entonces calle San Gonzalo, hoy Plácido. Sus padres eran el licenciado Indalecio Salas y Carolina Zamora.

 

En el hogar de la familia Salas-Zamora se respiraba un ambiente independentista. Su padre se vinculó con el proceso patriótico iniciado por Carlos Manuel de Céspedes y conspiró junto a destacadas figuras espirituanas como Honorato del Castillo.

 

Ese influjo estuvo presente en la niñez de César y se fue profundizando cuando toda la familia fue deportada a Nassau, capital de la colonia británica de las Bahamas. De allí pasó en 1884 a Santo Domingo y dos años después los padres decidieron volver a Sancti Spiritus.

 

Pero César y su hermano Indalecito optaron por permanecer en la capital dominicana, donde habían abierto una farmacia. En Santo Domingo estrechó las relaciones con Serafín Sánchez y Máximo Gómez, así como los familiares de ambos, muy activos en la Revolución que se gestaba en aquella tregua fecunda.

 

La formación patriótica y la integridad del joven ganó la confianza de Serafín y Gómez, y este último lo designó tesorero del movimiento revolucionario en tierra dominicana.

 

En esos trajines conspirativos, pero después entre los emigrados cubanos en La Florida, César se convirtió en eficiente secretario y auxiliar de José Martí y Máximo Gómez. Además se le confió la custodia de los fondos financieros de la causa revolucionaria. Para asumir esas responsabilidades había que reunir condiciones excepcionales y esas las poseía el joven espirituano.

 

César Salas fue uno de aquellos Pinos Nuevos de la oratoria martiana que se fundieron con los veteranos luchadores cubanos para alcanzar la independencia. El propio Martí mencionó al joven en diversas ocasiones. En una de ellas escribió: “… es hombre ce crear, sembrador e industrioso, con mano para el machete y el pincel e igual capacidad para el sacrificio, el trabajo y el arte”.

 

Las cualidades de César se pusieron también de manifiesto en la lucha insurreccional en Cuba. Después de la caída en combate de José Martí el 19 de mayo de 1895, pasó a la escolta del General en Jefe Máximo Gómez, con quien participó en violentos combates durante la Campaña Circular en Camaguey.

 

Luego Gómez le confió la misión de traer a Cuba a su hijo Panchito, que se encontraba en República Dominicana. Allí se encontraron los dos jóvenes espirituanos en abril de 1896, para regresar a la patria en una expedición que preparaban. Pero aquello se frustró por distintos contratiempos y la poca cooperación del indigno Tomás Estrada Palma.

 

De allí decidieron trasladarse a Jacksonville, Estados Unidos, donde lograron incorporarse al contingente expedicionario comandado por el General Rius Rivera. Así desembarcaron el ocho de septiembre por la ensenada de Corrientes, en la costa Sur de Pinar del Río.

 

Después de vencer numerosos contratiempos y peligros, los integrantes de la expedición armada lograron unirse a las fuerzas del Lugarteniente General Antonio Maceo, en plena campaña en el occidente del país.

 

César y Panchito ganaron rápidamente el afecto y la estimación de Maceo, quien los situó de ayudantes, ambos con los grados de Capitán.

 

Pero el fatídico día de la caída en combate de Antonio Maceo y Panchito Gómez, el siete de diciembre de 1896, César no estaba allí porque, según el testimonio posterior del Teniente Coronel Sánchez Clavel, Maceo le había recomendado mucho al joven ayudante, “que debía pasar conmigo la trocha de Majana”. Por eso nunca más se vieron los dos espirituanos.

 

César continuó en campaña con la tropa del mencionado oficial, hasta que cayó heroicamente en combate el 30 de marzo de 1897, en Tierras Nuevas, provincia de Matanzas.

 

Al enterarse de la pérdida del valioso joven, el General en Jefe del Ejército Libertador Máximo Gómez escribió en su Diario de Campaña: “…Y tu sombra querido César, fiel y leal compañero, muerto, oscuro, caído solitario, para ti también tenemos muchas lágrimas y muchos duelos de pujanza, tus sacrificios y tus virtudes no serán olvidados”.

 

El Generalísimo escribió posteriormente al padre de César, al que le testimonia: “Nacen los hombres de corazón generoso para que se levanten los pueblos. Me consuela pensar al recordar al hijo de mi alma que ha pertenecido como el suyo, a ese número de privilegiados escogidos en el altar de la Patria”.

 

La breve existencia del espirituano César Salas no fue obstáculo para situarle en el pedestal de los héroes de la patria de todos los tiempos. La ejemplar trayectoria de su vida dedicada a la lucha independentista, debe convertirse en paradigma de las nuevas generaciones de cubanos.

 

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