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Más de 300 personas, en su mayoría jóvenes latinos, estaban disfrutando el do­mingo pasado una “noche latina” en el club Pulse de Orlando, Florida. La diversión dio paso a la tragedia cerca de las dos de la mañana cuando Omar Mateen, de 29 años, abrió fuego contra la multitud y luego re­tuvo a parte de ellos dentro del local durante tres horas.

El peor tiroteo masivo en la historia reciente de Estados Unidos dejó un saldo de cerca de medio centenar de muertos y 53 heridos.

Desde el pasado domingo han comenzado a salir a la luz las desgarradoras historias de aquellos que tuvieron la suerte de sobrevivir, pero que sin duda quedarán marcados para toda su vida.

Ángel Colón describió su espeluznante experiencia el martes en una conferencia de prensa en el hospital. En silla de ruedas, flanqueado por los doctores y enfermeras que lo atendieron, contó que el asesino le disparó a una joven que estaba a su lado, y luego le disparó a él, alcanzándole en la cadera y una mano. Se hizo pasar por muerto mientras el agresor seguía apretando el gatillo.

La agencia AFP recoge parte de su testimonio: “Oigo los tiros cada vez más cerca, miro y le dispara a la chica al lado mío, estoy ahí caído pensando me toca, estoy muerto. Dispara cerca de mi cabeza, pero le pega a mi mano, me dispara de vuelta y me pega al costado de la cadera, no reaccioné, estaba preparado para quedarme ahí caído y que no supiera que estoy vivo”.

El puertorriqueño Ricardo Ne­grón Almodóvar pensó que lo que oía aquella madrugada era parte de una canción de reguetón. “Pero no paraban”, dijo el boricua sobre el momento en que supo que realmente se trataba de un hombre que había entrado al lugar a disparar a mansalva.

“Todo el mundo se tiró al suelo. Yo estaba cerca de una puerta que da al área del patio. Pudimos salir y correr por la calle lo más lejos posible”, contó al diario El Nuevo Día.

Jon Alamo dijo que estaba en la parte de atrás de una de las salas del club nocturno cuando un hombre con un arma entró en la parte de adelante. “Escuché 20, 40, 50 tiros”, dijo. “La música se detuvo”.

Entre las historias que comienzan a emerger hay también muestras de solidaridad. Joshua McGill se escondió bajo un coche mientras ocurría la masacre y logró ayudar a una víctima del tiroteo. Así lo vivió él:

Cuando estaba debajo del ve­hículo, contó en su espacio de la red social Facebook, un desconocido llamado Rodney tropezó con él. El hombre le pidió ayuda entre dientes, estaba débil porque había recibido varios disparos. McGill le dijo que no se preocupara, que él lo ayudaría y que intentaría mantenerlo a salvo. Finalmente lo logró y pudo entregarlo a las autoridades.

“Es horrible porque todo lo que tengo es su nombre y no puedo sa­ber si está bien porque no soy pa­riente. Si alguien conoce a un ti­po llamado Rodney que fue herido en la masacre… Por favor háganme saber si está bien. Siento que Dios me puso en el club e hizo que ayudara a un completo extraño. Por la razón que sea… No lo sé, pero espero que haya sido para salvar su vida”.

Algunos de los artistas que estaban esa noche se escondieron en los camerinos cuando empezó el tiroteo. Lograron escapar del edificio cuando la policía retiró la unidad de aire acondicionado y se arrastraron hacia afuera.

Por otro lado, una de las meseras dijo que se escondió bajo el bar. Cuando la policía entró buscando sobrevivientes y heridos ella los es­cuchó decir: “Si estás vivo levanta la mano”. Las autoridades pudieron sa­carla de allí a salvo.

Ramses Tinoco, un hondureño de 35 años, también confundió el sonido de los primeros disparos con fuegos artificiales, según recoge el diario La Tribuna.

Pero las detonaciones se incrementaron, se acercaban. Los vidrios del local se rompían uno tras otro mientras una estampida humana crepitaba desde el interior, desesperada por salir del lugar.

Una de las municiones atravesó el hombro de la camarera del bar que en ese momento le entregaba una bebida a Ramses. La sangre de la mujer alcanzó a salpicarlo un poco antes de que ella se desvaneciera instantáneamente a sus pies.

“En ese momento me di cuenta de que era real… en ese momento pensé que era el final del mundo”, contó.

“Me tiré al piso, comencé a arrastrarme. La gente gritaba ‘¿Qué pasa? Por favor, vámonos. ¡Auxilio!’. Ha­bía gente ensangrentada por todas partes”, continuó.

Ramses fue uno de los afortunados sobrevivientes que estaban cerca de la salida del club, y que de alguna forma lograron derribar la puerta cerrada con candado, mientras se arrastraban por encima de vidrios, piedras y sangre.

“Continué sin mirar atrás, corrí hasta que me di cuenta de que me faltaba un amigo y me regresé”.

El amigo era Christopher Brod­man de 34 años, quien todavía se­guía en la terraza del bar, agachado, gritando, pero ayudando a varias personas a salir del lugar. Desde allí fue testigo como la situación pasó a ser una toma de rehenes que se prolongó por tres horas. Ambos pudieron salir del lugar.

“Ahora siento que todas las personas en la calle me van a disparar. No sé si pueda volver a salir nunca”, dijo Ramses.

Norman Casiano se congeló, seguro de que el atacante estaba de pie a pocos centímetros de él.

Casiano y otras decenas de clientes en el club nocturno Pulse se habían encerrado en las cabinas de baño para esconderse del tirador. Ahora había una figura que asomaba justo afuera de su puerta del baño.

Se oyeron otros disparos. Luego, la persona que estaba delante suyo en la cabina se derrumbó.

“Era uno de los socios de Pulse, y estaba sangrando”, dijo Casiano. La víctima había recibido un disparo mientras buscaba un lugar para esconderse. Casiano dio un vistazo al piso para ver un charco de sangre que se extendía.

Entonces, lo oyó: una risa. “No sonaba como una persona”, dijo Casiano del pistolero. “Él no habló. El único sonido que oímos fue la risa”. Para Casiano, ese era el sonido del “mal en estado puro”.

“Eso era lo que parecía. Era como una risa de satisfacción”, le contó a CNN.

Aún los investigadores buscan los motivos que llevaron a Mateen a cometer los asesinatos, y las teo­rías van desde una operación de terrorismo internacional a una ra­dicalización independiente, pa­san­do por motivos homofóbicos e in­cluso contradicciones con su propia sexualidad.
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