En la etapa más cruda de la Guerra Fría, organizada y emprendida por Estados Unidos contra la Unión Soviética,  el campo socialista y todo lo que significaba  progreso y emancipación para los humildes del mundo, llega el triunfo  de la Revolución Cubana que muy pronto se convirtió en ejemplo y esperanza para  los más olvidados del planeta,  cautivada por el ideario martiano y POR aquel  glorioso Octubre de Lenin, inspirado en la obra teórica y dialéctica de Marx y de Engels

Con ella llegó el indiscutible líder que siguiendo los designios  del Maestro se enfrentaba con valentía espartana Al gobierno de los Estados Unidos: el más feroz y encarnizado enemigo de los pueblos.

El nombre de Fidel, desde mediados del  siglo  pasado, ya se identificaba como  el del paladín de la libertad y de un verdadero mesías que comenzaba  a cumplir lo prometdo en el programa del Moncada.

Por primer a vez los desposeídos fueron dueños de algo. Vendrían las incipientes leyes revolucionarias de beneficio popular que muy pronto  resintieron a la oligarquía nacional y lastimaron los mezquinos intereses del imperio.

Para  los prepotentes vecinos del norte era inaudito   que en una pequeña isla como Cuba, en sus propias narices, estuviera ocurriendo algo similar. Era la primera vez que triunfaba una Revolución verdadera en el continente americano y eso no podían perdonarlo.

Vendría la Reforma Agraria, después se abrió un proceso de expropiaciones, nacionalizaciones y confiscación de bienes mal habidos que afectaron fuertemente a la clase alta cubana y a algunas empresas estadounidenses. Inicialmente el Gobierno Revolucionario ofreció indemnizaciones pero en los Estados Unidos no las aceptaron.

La pérfida campaña anticomunista, como es costumbre, comenzó a satanizar a la Revolución y a sus principales líderes. Aparecieron así las  traiciones de los  blandengues y se iniciaron las presiones de todo tipo, sobre todo económicas, con la finalidad de ahogar al proceso.

Había que demostrar a toda costa, que “el comunismo es hambre, miseria y desolación”, campaña y pretensiones que se mantienen hasta nuestros días con el mantenimiento del criminal bloqueo contra nuestro país y similares estrategias aplicadas actualmente a los gobiernos progresistas de América Latina, con notable perversidad contra la República Bolivariana de Venezuela o con el malévolo desprestigio a los principales líderes populares como Nicolás Maduro, Dilma, Lula, Cristina, Evo, Daniel o Correa.

Antes lo hicieron con Chávez, a quien le propinaron un infructuoso golpe. Mientras, en Paraguay desaparecieron de la vida política a Lugo y en Honduras a Celaya, entre otros ejemplos demostrativos a los que no escapan los asesinatos de Emiliano Zapata y Pancho Villa en México,  de Sandino en Nicaragua o el derrocamiento del gobierno  de Jacobo Arbens en Guatemala, Janio Quadros en Brasil, y posteriormente la misteriosa muerte del  general Torrijos en Panamá.

Aquellos, primeros años posteriores a  la Revolución Cubana fueron decisivos en su consolidación. Vendrían momentos muy difíciles. Pero el máximo guía del pueblo continuaba allí, con la valentía que siempre le ha caracterizad, como todo un David, blandiendo su onda contra el poderoso Goliath.

El triunfante proceso daba fin a los explotadores. Los campesinos se hicieron dueños de la tierra usurpada, las industrias pasaban a manos del pueblo. En sólo un año se logró la histórica campaña de alfabetización.

Educación y salud gratis para todos, se eliminaban los casatenientes y se rebajaban los alquileres, entre infinidad de medidas, incluso, muy por encima de las previstas en el programa del Moncada y expuestas en el alegato La Historia me absolverá.

La campaña anticomunista era feroz, aún sin declararse oficialmente el carácter socialista de la Revolución. Recuerdo que, en su momento, hasta mi madre fue permeada por tal insidia, pues entre las absurdas acusaciones al proceso se encontraba que “le quitaban los hijos a las madres para mandarlos para Rusia a lavarles el cerebro” y muchas, sin el basamento ideológico necesario,  enviaron sus hijos para Estados Unidos en la criminal Operación Peter Pan, objetivo al  que no escapó mi progenitora, aunque  afortunadamente se quedó sólo en el intento.

Sin embargo, la inmensa mayoría del pueblo se mantuvo firme y en cada puerta de las casas se podía leer una pequeña placa rojinegra que decía “Esta es tu casa, Fidel”  y una décima de autor desconocido se trasmitía a lo largo y ancho del archipiélago cubano:

“Si las cosas de Fidel

son cosas de comunista

que me pongan en la lista

que estoy de acuerdo con él “

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