En unos de los ladrillos de la muy deteriorada Casa de los Refranes, del periodista y escritor Tomás Álvarez de los Ríos en la central provincia cubana de Sancti Spíritus,  reza un popular adagio popular que dice: “Detrás de la tormenta viene la calma”. Sin embargo, la certeza de esta frase queda sin efecto con lo que ocurre en la mayor de Las Antillas después del paso devastador del huracán Matthew.

Antes de cesar los fuertes vientos ya se dirigía hacia las provincias orientales un verdadero ciclón de trabajadores de los más diversos sectores para enfrentar los daños, -desafiando al peligro- aún sin conocerlos, ni siquiera imaginarlos.

Sin un ápice de calma y sí con mucha rapidez y  decisión se enfrentan a  los daños y se convierten en una verdadera tormenta de solidaridad, sólo posible en un país como el nuestro, donde sin grandes recursos materiales y  bloqueados prevalece el valor humano en su máxima expresión.

Muchos partieron del occidente y del centro al oriente del país antes del paso del poderoso meteoro con total  altruismo, sin pensar en las consecuencias, con el sólo objetivo de cumplir con la reflexión cristiana  de ama a tu prójimo como a ti mismo, tan cacareado por falsos  religiosos y práctica común de los cubanos, profesen fe o no, sólo con el humilde deseo de hacer el bien.

Imágenes dantescas  de lo ocurrido en Baracoa y otros lugares del extremo este de Cuba encogen nuestros  corazones , pero más pronto que tarde, dentro del menor tiempo posible, el terrible paisaje cambiará en lo  fundamental y miles de hombres y mujeres, como un enorme tsunami harán realidad nuestra aseveración –con el permiso de Don Tomás- de que “detrás de la tormenta NO vino la calma”.carro-basura-baracoa-1

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