Echa a andar oronda con el saco al hombro. El bulto baila en el viento y sus piernas descubiertas andan tan rápido, que ni se ven. Va rumbo al Toa, cuyas orillas aún están desnudas. Pronto llegarán las lavanderas para llenarlas de colores, como cada día. El agua que las consagra sigue su cauce, serena y cristalina, como si no hubiera pasado por allí, semanas atrás, un vendaval de desastres.

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Aún subsiste la ancestral costumbre. A lo largo del río Toa, decenas de mujeres han lavado cada mañana durante siglos la ropa acumulada, la de la familia o la del patrón, en otra época. No obligadas por la carencia de una moderna lavadora o porque la fuerza de un ciclón lo enmugreciera todo, o casi todo, lo hacen porque “la lavada de ropa en el arroyo” es una fiesta.

Suben y bajan con palanganas o sacos llenitos de ropa sucia y mojada. Paleta en mano desempercuden decenas de piezas, frotan el jabón tercamente, permanecen durante horas sobre el agua sin importar el clima. Es la misma rutina que han visto desde que nacieron. Tradición que se trasmite cual legado de generaciones.

Algunas llegaron de una ciudad cercana, después de conocer al esposo que las trajo para formar una familia a orillas del Toa. Y aprendieron, “donde fueres, haz lo que vieres”. Otras nacieron y crecieron en sus aguas.

Sobre la tabla de madera, el “lavadero”, repasan cada prenda una y otra vez. Tienen agua en sus casas, pero en la rivera, mujeres y hombres se dan cita para lavar y darse un chapuzón. No pocos amores han nacido de este rito, que seduce hasta al más citadino de los hombres.

Los sacos vacíos a las orillas del río más caudaloso de Cuba, el caldero hirviendo sobre cuatro piedras, el pomo de la lejía de cloro listo para blanquear, el jabón en mano, las risas y conversaciones gritan a los cuatro vientos que el trabajo es ameno cuando se comparte en familia.

Como hijas de Oshun, orisha del agua dulce, llevan ofrendas al río y le piden sus favores. No van solas, las acompañan hijas y nietos. Mientras las madres golpean con ahínco las camisas, las pequeñas se divierten y aprenden las mañas de una costumbre inherente a su idiosincrasia.

Echan las piezas dentro de la palangana e inicia la “danza”, que dura unos cinco minutos. Aseguran que sus movimientos son más efectivos para limpiar la suciedad, que las lavadoras. Luego, sacan la ropa y la sumergen en las frías aguas del Amazonas de Cuba, orgullo de los isleños de monte adentro.

El esfuerzo rudo deja lesiones: dolores en los huesos de las manos, pies y cintura, pero ellas seguirán lavando. Llevan puesta una gorra, un pañuelo o una camisa para evitar el sol de la mañana, por precaución porque no le temen, al contrario, le agradecen y piden su impulso en el secado.

A los forasteros los atrae el ajetreo de estas lavanderas, quedan prendados por las tonalidades de las ropas tendidas sobre matorrales o guijarros, atavío chispeante de las orillas del Toa. Bendita suerte del que por allí ha podido pasar.

Sé que la práctica no desaparecerá, pues siempre habrá una madre que le pida a su hija bajar juntas al río, para que la lección no se olvide jamás. Este sublime coqueteo en aguas dulces permanecerá allí, porque la fortuna de lavar en el río, es arte y patrimonio, del Toa y sus mujeres.

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