La una de la madrugada: suena el teléfono, y son esas casualidades de la vida, acababa de levantarme… era la triste noticia, fue un golpetazo que me daba mi colega Irma desde el municipio de  Fomento.

“Mira busca el teléfono de Delia… no, no, no lo tengo… no sé…”

Palabras entrecortadas, sollozos de uno y otro lado de la línea telefónica… aún no podía, no podía creerlo… Entonces Radio Reloj me lo confirmaba con la lectura de la alocución de Raúl.

De una manera u otra todos en el “verde caimán” y  más allá de las fronteras  nos enteramos de la realidad, de la dura realidad; los que estábamos ya dormidos o los  despiertos a través de las llamadas telefónicas, o de la INTERNET.

Quería seguir informándome,aunque sabía que nada se detendría… me senté frente al televisor, pasaron unos minutos y vi y escuché a Raúl con su voz triste, rajada,  y firme a la vez.

Después, la noticia  se corría como pólvora en las redes sociales: falleció el Líder de la Revolución Cubana Fidel Castro a las 10: 29 de la noche del día 25 de noviembre.

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En una noche larga, como la de tantos cubanos que no dormimos y esperamos las indicaciones de cómo sería el homenaje póstumo, luego de ser cremado su cuerpo por voluntad propia como explicó Raúl en su alocución al pueblo de Cuba.

Falleció ese hombre a quien hacía muy pocos días atrás le vi sonriente y pleno en las fotos departiendo con el Presidente de Vietnam TranDaiQuang, y con otros mandatarios que visitaron la Isla.

Dejó de existir FIDEL,  la persona a quien desde muy joven seguí, y desde pequeña escuché hablar a mi madre y a mi abuela canaria con tanta vehemencia; y las recuerdo poniendo  suma atención a cada uno de sus discursos transmitidos por la televisión.

Ahora lloro, sí lloro porque llegó ese momento al que tanto temor siempre le tuve, así lo confieso. Porque como a un padre le debo lo que soy, y le daré siempre las gracias eternas a mi Comandante, a mi querido e invicto Comandante.

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