La noticia me llegó como llegan casi todas las que no se quiere escuchar: mi teléfono sonó pasada la media noche de este 26 de noviembre. Cuando eso pasa, uno siempre advierte algo malo, y el instinto no falló…

La voz de una joven colega me erizó todo el cuerpo: “Javie, te despierto por algo muy serio, Fidel falleció”. Entre el sueño y el impacto del momento lo creí inverosímil, imposible. Pero no, era real.

Encendí el televisor para terminar de convencerme, y fue cuando vi a Raúl, nuestro presidente, al hermano de Fidel, dirigiéndose al pueblo para dar la noticia.

Su rostro, pero más su voz, denotaban dolor, y fue ese el momento en el que se me cerró la garganta y se me inundaron los ojos. Fueron unos 10 minutos de shock, hasta que asimilé que se había ido ese gigante, ese que absolvió la historia hace ya mucho, Fidel.

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Esquivó el embate de más de 600 intentos de asesinato, de enemigos poderosos, de otros no tanto que le rezaron hasta a las mil vírgenes esperando apagar su luz, siempre sin éxito. El paso del tiempo logró lo que tantos querían: su desaparición física, pero incrementa el brillo de esa luz, que ya es eterna.

La muerte llega a todos, y se espera más cuando alguien tiene 90 años, pero no con Fidel. Creo que nadie puede no impactarse con la noticia, porque a Fidel no lo mirábamos con los ojos de quien mira a un hombre vulnerable a la muerte. Quien diga lo contrario, ya sea seguidor o detractor, en mi opinión, miente.

Ni siquiera en este momento perdió la oportunidad de demostrar su luz larga, si visión de futuro, su vocación de profeta. En una de sus últimas participaciones en un evento público, durante la clausura del VII Congreso del Partido Comunista de Cuba en abril de 2016, dijo: “Pronto deberé cumplir 90 años, nunca se me habría ocurrido tal idea y nunca fue fruto de un esfuerzo, fue capricho del azar. Pronto seré ya como todos los demás. A todos nos llegará nuestro turno”, y añadió: “Tal vez sea de las últimas veces que hable en esta sala…”.

Y sí, fue la última vez que habló allí, pero no la última que estará presente en esa sala, o en cualquier pulgada de Cuba, su Isla. Nueve días de duelo nacional no serán suficientes para honrar su nombre.

Ya llevo unas cuantas líneas redactadas y escribo como quien habla de algo incierto. A ratos asimilo el momento y luego vuelvo a la negación. Hoy no me importa llorar, ni que me vean haciéndolo. No creo hoy en eso de que los hombres no lloran, y que te enseñan desde niño. He llorado y lo reconozco.

La reacción la sabe explicar cualquier cubano, los que crecimos escuchándolo, aunque dejáramos de ver los muñequitos por sus discursos, y en ese momento no entendiéramos que hablaba un grande, que fuimos privilegiados por oírlo.

El azar, o quién sabe si el destino, hizo que se fuera exactamente 60 años después de zarpar desde México en el Yate Granma para regalar libertad a Cuba. Coincidencias de la historia, que en Fidel ya no son tan casuales, pues a los grandes los persigue la gloria.

“A las 10:29 horas de la noche, falleció el Comandante en Jefe de la Revolución Cubana, Fidel Castro Ruz”, dijo Raúl, y con esa frase murió mi ilusión de abrazarlo, deseo que guardo desde niño y que no podré cumplir.

Solo me queda abrazar su legado, su estirpe de revolucionario, su imagen imponente de mis recuerdos. Me aferro a eso, pues por más que lo niegue, Fidel se fue a caminar, irreversiblemente, entre los inmortales.

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