«Este triunfo tiene una gran importancia de­portiva, una gran importancia sicológica, una gran importancia patriótica y una gran im­por­tancia revolucionaria».

Esas fueron las primeras palabras de Fidel en el recibimiento a los voleibolistas que en agosto de 1975 ganaron invictos las medallas de oro de los IV Campeonatos de Norte, Centroamérica y el Caribe, en Los Ángeles, California.

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Fidel dialogó a la llegada de los equipos en uno de los salones del aeropuerto. Foto: Foto: Ricardo López Sánchez

Quizá para el resto del mundo ese acontecimiento hubiera sido una competencia más que ofrecería a los equipos femenino y masculino ganadores de las medallas de oro sus clasificaciones para los Juegos Olímpicos de Montreal 1976. Sin embargo, para nuestra Isla, la cita entrañaba un significado especial: los jóvenes antillanos integraban la primera delegación deportiva cu­bana que entraría en territorio de Estados Uni­dos, a 16 años del triunfo de la Revolución.

Conocida su afición y amor por el deporte, Fidel se mantuvo atento a la preparación de los seleccionados y, días antes de la partida hacia Ciudad de México —allí el grupo hizo una breve escala antes de pasar a Los Ángeles—  sostuvo un animoso encuentro con los dos elencos, alentándolos a luchar por la victoria frente a los favoritos seleccionados estadounidenses. Les explicó qué representaba para la Patria esa lid, y los exhortó a comportarse de manera respetuosa con el público, que sobre todo colmó la Sport Arena de California en los juegos decisivos.

Aun cuando la temperatura era agradable en los campos de la Universidad de Irvine y el albergue de las delegaciones propiciaba un agra­dable descanso, los tabloncillos tenían sus límites cercanos a las primeras filas de asientos en las graderías, por lo que los deportistas quedaban muy a la mano del público.

Si bien los cubanos recibieron muestras sinceras de simpatías durante los juegos, también hubo insolentes provocaciones para molestarlos que no enturbiaron los minutos cuando en la ceremonia de clausura ondeó la bandera de la estrella solitaria y escuchamos dos veces las notas del himno nacional.

Al regreso de la delegación, Fidel y Raúl fueron los primeros en darles la bienvenida a los campeones al pie de la escalerilla del avión, en el aeropuerto internacional José Martí.

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Más allá de fotografiarse junto a los dos equipos, el líder de la Revolución soltó una andanada de preguntas a las muchachas. De qué provincia eran; qué pensaban sobre la rivalidad en el evento; cuál fue la calidad presentada por las ri­vales; cómo era la alimentación; si existían buenas condiciones para el descanso. También indagó sobre la organización del torneo; en tor­no al clima y el ambiente que rodeaba a la universidad pública californiana; cómo habían sido acogidos por los aficionados; si recibieron la visita de la Bri­gada Venceremos; amén de ofrecer sus apreciaciones sobre aspectos técnicos del voleibol.

Quienes participamos en el encuentro de La Habana, previo a la partida, sentimos aquel recibimiento como la continuación del  intercambio de opiniones diáfano, de padre a hijos.

El Comandante en Jefe tornó lo que muchos imaginamos como un breve contacto en una amena conversación extendida a más de una ho­ra en el salón del aeropuerto, acompañado por Vilma Espín, presidenta de la FMC; Celia Sán­chez, secretaria de la Presidencia; José A. Na­ranjo, ayudante del Comandante en Jefe; Jorge García Bango, titular del Inder, y Manuel Gon­zález Guerra, presidente del Comité Olím­pico Cu­bano.
Fue una hora hablando de deporte con Fidel. Y transcurrió tan rápida como a la velocidad en la que viajaba su pensamiento.

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