Acabas de llegar a Sancti Spíritus, donde eres aclamado por una multitud enardecida a uno y otro lado de la carretera. No es madrugada, pero igual se te espera desde antes de que el alba despuntara.

Se te espera con ansias, como aquel 6 de enero de 1959 cuando, de paso hacia la Habana en la Caravana de la Libertad, hiciste un alto aquí y dijiste que si las ciudades valen por lo que valen sus hijos, Sancti Spíritus no podía ser una ciudad más.

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El Hospital Camilo Cienfuegos, que inauguraste aquel 26 de Julio de 1986, mira, apesadumbrado, tu paso. Hay batas blancas, Comandante, en la hilera de gente que esta mañana te saluda, y personas sanadas gracias a ese empeño que pusiste en que los cubanos tuviéramos salud. Salud y escuelas, como esa de amarillo, parecida al Moncada, que está a un lado de la Avenida de los Mártires.

Camino al parque te escoltan hombres, mujeres, niños, ancianos. Hasta ciegos y ciudadanos que no pueden andar no han querido perderse esta última despedida. No te sorprenda la multitud aquí reunida. Vienes de verde olivo, como tantas veces, como casi siempre en tu existencia y escuchas los ¡Viva Fidel! o los ¡Yo soy Fidel! que no tienen cómo no escucharse.

Quienes te escoltan no son los barbudos, aunque hay entre ellos algunos de aquellos que venían contigo cuando viajabas repleto de sueños desde tu querido Santiago de Cuba hacia la capital. Esta vez ya no llegas desde el Oriente, sino que viajas hacia allá y aquí, a mitad del archipiélago, te detienes muy brevemente, para escuchar el Himno Nacional apenas, frente a la Biblioteca Provincial que lleva el nombre de Rubén Martínez Villena.

Ya no es la sociedad El Progreso para cubanos distinguidos, desde cuyo balcón hablaste aquella vez, sino un lugar para que el universo del conocimiento les llegue a todos a través de los libros. Los libros que tanto enarbolaste desde el Moncada incluso. “A nuestro pueblo no le decimos cree, le decimos lee”, afirmaste. Y el pueblo leyó, y también creyó.

Ese mismo pueblo ahora te aplaude y reverencia y se resise a decirte adiós. Hay a tu paso decenas, centenares de banderas en manos viejas, jóvenes, infantiles. Ondean las banderas, como ondean la esperanza y el amor. Todos saben que no te has ido y que apenas, en tu paso hacia la eternidad, quisiste saludarnos, quisiste darnos también el alto honor de saludarte, Comandante. Y mientras en este breve lapso de tiempo en que habitamos, junto a ti, el mismo espacio, te decimos, como el Che Guevara: ¡Hasta la victoria siempre!

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