Estas letras las estaba barajando después del impacto del viernes en la noche, pero aguardé al paso de la Caravana de la Libertad por la senda de mi ciudad para dedicárselas al Emancipador de Cuba:

Mientras yo construía corceles con la noche de mi viernes, el líder de pueblo se escurría entre los dedos de once millones. ¿Será que en el cielo llaman para hacer revoluciones? ¿Acaso debes marchar porque un tirano hace de las suyas en el reino del Glorioso, y obliga al Liborio del Paraíso a enjuagarse la boca con pan viejo y doce horas de trabajo?

Si así fuere, pues que se siembre Socialismo en las tierras vírgenes celestes. Mientras, aquí en el seno del lagarto verde reclamo tocar tu testamento, prenderme de las letras tatuadas en las hojas de palma en las que has ofrecido tu herencia. Deseo hacerlo porque preciso tener paz cuando sepa que nos has dejado, como patrimonio, pinceladas de una casta inalcanzable.

Tus botas repletas de arena de sierra dejaron de pisar suelo un día de partidas. La historia ha jugado una carta exótica que hará del 25 de noviembre una fecha de renacimiento. No es vana muerte. Muerte es si muero yo, mi perro o el adicto que se asesina todas las tardes dieciocho tragos en el barrio. Los héroes abandonan de cuerpo. Solo eso. No expiran porque dejan en el vestíbulo de la memoria de los pueblos una útil colección de obras llamada legado.

Se nos ha ido con los símbolos que le dan sentido a nuestra historia: con los Céspedes, Maceos, Martís y Ches. Compañía de lujo, porque precisamente la Tierra no es lugar para los Adelantados. La vida nos reserva sólo un minuto finito dentro la historia. Y Fidel, el suyo, lo dedico a mí, a ti.

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Edificó, temerario, el origen guerrillero de la Revolución Cubana. Mientras el pueblo soportaba tiranos de mayor o menor calado, y aguantaba, impertérrito, el paso de año tras año de vergüenza republicana, él y otros valientes vieron morir a sus amigos, y con la sangre de cada uno de ellos dibujaron en las repisas de la historia cada una de las letras del par de sustantivo y adjetivo que han venido a situar a esta islita en el mapamundi: Revolución Cubana.

En la hosca guerra, nadie piense que su piel aguardaba, todo el tiempo, la salvaguarda de una bendita escolta. Nada más lejos, en un trámite rancio de disparos que comenzó, y continuó durante todos los minutos del conflicto, con una desigualdad de fuerzas que hubiesen espantado al más bizarro de los héroes. El asunto es que las balas enemigas eran muy sensatas, y les era exigencia dejar vivo a uno de los hombres que hizo del XX un siglo más cercano a los pueblos, más lejos del egoísmo.

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Anidó las esperanzas de una república perdida, de un pueblo sin padre, le enseñó la vereda correcta y le dijo: República es esta, nación es esta, se llama Revolución y nada tiene que ver con las timideces nacidas con el 1902.

A partir del año 59 del siglo XX el pueblo reclama y el responde. Los desheredados, los Sin Tierra, los dueños del polvo clamaron y él sonríe: Tomen, es suya la tierra, el alimento, las industrias, el pupitre y los libros, las medicinas, las salas de cirugía. Ya nada estará regido por el dinero. No hay más privilegio en tierra de Socialismo. Todos recibirán la misma cantidad de oportunidades, y quien progrese solo lo hará por su sacrificio a la obra social.

Fidel no está ajeno, solo o abandonado a su suerte de excelente decisor político. Le acompañan unos siete millones de desclasados ávidos de cambiar el rumbo de su maltrecha historia republicana. Sus congéneres, esos que han sufrido el prostíbulo de América, serán el perfecto termómetro del próximo paso que tiene que decidir.

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El pueblo habanero recibe la victoria Caravana de la Libertad, símbolo de la naciente Revolución Cubana

Al rato, la envidia extranjera muele su carne de cañón, y manda a perecer insanos hijos a las costas de Girón. Monta en el tanque, hace otra vez de estratega de guerra y aplasta a la Roma del siglo XX. Los deja en evidencia, en ridículo.

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Una serie de desavenencias, incluida esta raquítica aventura militar, nuestras cuotas de azúcar, el plante del petróleo, el naciente bloqueo, el terrorismo que mata a nuestros hijos, y el resto de las acciones diarias que asesinaron el invaluable concepto de coexistencia pacífica, hacen insoportable la comunión de capitalismo ultraconservador y naciente Socialismo. En instantes, 90 millas se trasmutan en una distancia larga, larguísima… triste y mortuoria.

Decenas de años después, un 25 de noviembre ya hecho ocaso, la carne se vuelve frágil. En el último instante, él y su pueblo están impasibles, porque conocen que por el prójimo se ha ofrecido todo. Y es que el nacido en Birán, de hecho, nunca fue carne.

Es carne Ghandi, Hồ Chí Minh, Guevara, Mandela? No, de las estrellas de la historia el cuerpo es lo único prescindible.

Y Fidel, mientras la carne resistió, hizo todo lo posible para que su propia carne se volviera prescindible. Con los años perdió la uniformidad de su materia corpórea, alimentando millones de almas necesitadas de más y más moral. Fertilizó el campo, preparó nuevos arquitectos, dio uno que otro virón a la manija del balón de oxígeno para evitar una muerte abrupta del Proceso.

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Y sin embargo, a pesar de todo esto, a pesar de que ya Fidel no era Fidel ni era un hombre, sino el pueblo en sí, el proyecto en sí, la Revolución Cubana y toda su carga simbólica en sí, no hay alternativa más honorable para mi pueblo que el sollozo.

En estos días el artífice me ha achicado el alma. Me ha hecho levantarme en las mañanas por levitación, comer por biología básica y sentir alegría sólo, y sólo con el beso de mamá al despedirme al laburo. Fidel ha cometido un error, pero ha sido involuntario.

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Para la partida del amigo que nos devolvió la risa, no hay adiós definitivo ni finales de cenizas… (Raúl Torres)

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