Una ejemplar conducta en combate permanente por la independencia legó a la historia patria el intransigente y valiente patriota villareño Ramón Leocadio Bonachea Hernández, quien mantuvo vínculos con los insurrectos espirituanos, aunque había nacido en Santa Clara el nueve de diciembre de 1945.

RAMÓN LEOCADIO BONACHEA

Con solo 23 años de edad Ramón Leocadio se incorporó en Camaguey al primer alzamiento independentista unos días después del 10 de octubre de 1868. El entonces joven insurrecto participó en numerosos combates durante la Guerra de los Díaz Años, en la que llegó a Teniente Coronel del Ejército Libertador.

El fin de la primera contienda independentista mediante el bochornoso Pacto del Zanjón no fue del agrado del valiente mambí, quien continuó combatiendo con su heroico destacamento, perseguido y acosado por más de 20 000 soldados españoles, en una zona de operaciones que comprendía Trinidad, Sancti Spiritus, Remedios, Ciego de Ávila y Morón.

Así se mantuvieron el jefe mambí y algo más de un centenar de combatientes durante 14 meses de la llamada Guerra Chiquita, en muy difíciles condiciones sin recursos ni apoyo alguno.

Obligado por las adversas circunstancias y y siguiendo el consejo honesto de su amigo el entonces Coronel Serafín Sánchez Valdivia y otros patriotas que temían el asesinato del valiente villareño, este depuso las armas de formar honrosa mediante la contundente Protesta de Jarao, cerca de ese poblado espirituano, el 15 de abril de 1879, en oposición al Pacto de Zanjón y en disposición de continuar la lucha en otra oportunidad.

El digno documento firmado por Bonachea, Serafín Sánchez y otros patriotas constituyó una vibrante réplica en el centro de Cuba de la intransigente Protesta de Baraguá encabezada por Antonio Maceo en la región oriental.

El historiador y abogado espirituano Rafael Pérez Luna recogió el contenido del texto, en un documento, conocido después como Acta de Jarao:

“Acta. En el lugar denominado Hornos de Cal, inmediato al poblado del Jarao, a 15 de abril de 1879, el general cubano Ra­món Leocadio Bonachea reunió en su presencia a los jefes, oficiales y demás patriotas que hasta la fecha han estado sirviendo a sus órdenes, y les dirigió la palabra haciéndoles presente que cuando a principios del año próximo pasado tuvo conocimiento de las estipulaciones hechas en el Zanjón, no las aceptó por considerarlas perjudiciales para el país, y porque mantenía la creencia de que no contentos los habitantes en su generalidad con la dominación española ni con la preponderancia que en virtud de ella habían de ejercer en los pueblos de Cuba los hombres procedentes de la Península y especialmente los mi­litares y empleados, pronto se reunirían a su alrededor pa­triotas en nú­mero suficiente, y se organizarían fuerzas más o menos numerosas que harían recobrar a la Revolución la pu­janza de sus mejores tiempos. En tal concepto e inspirado sólo por su amor a la patria, continuó luchando por la libertad e independencia de ella, arrostrando todos los peligros y dificultades consiguientes al aislamiento a que había quedado reducido después de verificadas las mencionadas estipulaciones (…) ha creído conveniente y beneficioso para el país deponer las armas, abandonar la actitud hostil y retirarse de la Isla con aquellos de sus compañeros que así lo deseen, pudiendo los demás tornar a sus hogares, aprovechando las palabras, las promesas y la buena fe del gobierno, que se muestra dispuesto a dar a todos acogida y protección franca; con la cual aspira a que, restablecida la tranquilidad en el territorio, puedan sus conciudadanos dedicarse a la reconstrucción de sus fincas (…). Declara en consecuencia, que sus intenciones son conforme a las explicaciones aquí contenidas, y que su resolución de dejar las armas y retirarse obedece solamente al deseo de no interrumpir la reconstrucción del país sin beneficio alguno para la causa de su independencia, bajo la inteligencia de que de ninguna manera ha capitulado con el gobierno español, ni con sus autoridades, ni agentes, ni se ha acogido al convenio celebrado en Zanjón, ni con éste se halla conforme bajo ningún concepto”.

Con Antonio Maceo y sus más próximos seguidores ya en el exilio, a los españoles solo les quedaba en Cuba el foco insurgente comandado por Ramón Leocadio Bonachea, en la región central del país.

Como las autoridades españolas conocían que no podrían obligar a Bonachea y sus compañeros a acogerse a pacto alguno, aceptaron proporcionarles los medios necesarios para marcharse al extranjero.

Fue así que pudo partir rumbo a Jamaica desde el puerto espirituano de Tunas de Zaza, junto con su esposa, sus dos hijas y varios oficiales de su tropa y algunos amigos de confianza.

Ubicado en la capital jamaicana se incorporó a los preparativos insurrectos, encabezados por el General Calixto García Iñiguez, entonces Jefe del Comité Revolucionario Cubano en el exilio, quien había ascendido al heroico villareño al grado de General de Brigada del Ejército Libertador.

Pero esa comunicación nunca le llegó al heroico jefe insurrecto villareño, pues se quedó en las manos de Ángel Mestre, jefe del Club Revolucionario de La Habana, quien veía en Ramón Leocadio un estorbo para los planes de un nuevo levantamiento independentista.

Ramón Leocadio Bonachea se enroló así en un pequeño destacamento independentista, que salió de Montego Bay, Jamaica, con el propósito de llegar al litoral sur de Camaguey. Pero cuando estaban tratando de buscar el lugar apropiado para el desembarco, fueron sorprendidos por una nave española que los buscaba, por lo que tuvieron que arribar el dos de diciembre de 1884 a Las Coloradas, por donde mismo desembarcaron los expedicionarios del Granma comandados por Fidel Castro, 72 años después.

Para poder desembarcar tuvieron que lanzar al mar el armamento y demás pertrechos de guerra y un día después fueron capturados. Terminaba así este intento de continuar la lucha, objetivo que siempre mantuvo Bonachea, después de terminada la Guerra de los Diez Años.

El siete de marzo de 1885 murió fusilado por los españoles el General de Brigada del Ejército Libertador Ramón Leocadio Bonachea, uno de los patriotas más prominentes de la región central de Cuba y de mucho vínculo con el territorio espirituano.

En los fosos del Castillo del Morro de Santiago de Cuba se ejecutó el fusilamiento del prócer villareño sentenciado por un Consejo de Guerra español junto con otros cuatro de los 14 combatientes cubanos capturados hacía algo más de tres meses, cuando trataron de desembarcar por la costa Sur oriental en una expedición independentista.

El intransigente y valiente patriota villareño Ramón Leocadio Bonachea Hernández legó así a la historia patria una ejemplar conducta en combate permanente por la independencia.

Solamente por su protagonismo en la Protesta de Jarao mereció elogios de José Martí, quien escribió: “El hombre de Hornos de Cal no tiene igual entre los que protestan de la paz. Con menos recursos que Maceo, menos prestigio, menos ascendiente, persistió por más tiempo, en el gesto supremo y no arrojó nunca un ápice de sombra sobre aquella página que no cede ni ante la hazaña estupenda de Baraguá”.

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