Sancti Spiritus fue una de las privilegiadas ciudades cubanas donde actuó el célebre violinista Claudio José Brindis de Salas y Garrido, conocido en toda Europa como El Paganini Negro o el Rey de las Octavas.

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Ese relevante acontecimiento ocurrió en esta localidad del centro de Cuba el 11 de diciembre de 1894, en la sede de la entonces Sociedad de Instrucción y Recreo La Unión, cuyos salones fueron abarrotados por el público.

El famoso músico criollo interpretó danzas de autores cubanos, acompañado por el pianista Miguel González Gómez. El concierto fue matizado constantemente por largas ovaciones de las personas que disfrutaron de la maestría del insigne violinista.

De igual modo, una multitud le había dado la bienvenida a la ciudad en una explanada de la estación ferroviaria de entonces. De allí Brindis de Salas fue trasladado al desaparecido Hotel Correo, situado en el centro urbano, donde se le ofreció una recepción de bienvenida.

La presencia y la actuación del excepcional artista cubano en Sancti Spiritus constituyó un relevante acontecimiento en la limitada vida cultural de la época, en una localidad alejada de la capital del país y por ende de los centros artísticos más prominentes.

Porque Claudio José Domingo Brindis de Salas y Garrido fue un artista excepcional, en quien descubrieron desde temprana edad su vocación, que milagrosamente pudo cultivar en aquellos tiempos en que su raza negra era un estigma excluyente. Pero, el padre director de orquesta se encargó de orientar debidamente el talento del niño en los estudios musicales.

A los once años debutó Brindis de Salas en el Liceo de La Habana, con un concierto en el que estrenó La Simpatizadora, pieza escritas por él a los ocho años de edad. Había nacido en La Habana el cuatro de agosto de 1853.

Gracias a su innegable talento pudo continuar estudios en Francia, donde ganó el Primer Premio en Violín del Conservatorio de París, lugar de formación de los intérpretes más virtuosos de la época.

Ese fue el comienzo de una sobresaliente carrera que se extendió por las más célebres salas de concierto del mundo: París, Berlín, Madrid, Milán, Florencia, San Petersburgo, Viena, México, Buenos Aires, América Central y Venezuela.

El gran violinista negro cubano poseía una singular técnica en la ejecución del difícil instrumento, abundante en recursos expresivos y demostrada elegancia, según los más exigentes críticos de su época, que elogiaron hasta el cansancio la maestría interpretativa, el entusiasmo y la fuerza de su arte.

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Por eso Brindis de Salas cautivó con su música a los más diversos auditorios. Hubo hasta quienes aseguraron que el violín se había hecho especialmente para él.

Así conquistó diversos lauros y reconocimientos. En Francia fue condecorado con la Cruz del Águila Negra y como Caballero de la Legión de Honor. El emperador Guillermo Segundo de Alemania lo nombró Barón de Salas. El Rey de Portugal le confirió la Orden del Cristo y en Haití fue designado Director Honorífico del Conservatorio Nacional.

Después de muchos años de éxitos por numerosos países de Europa y América, Brindis de Salas comenzó a sentir nostalgia y muy deprimido lo abandonó todo y regresó a Cuba. La gloria conquistada se deshizo en el olvido y se hundió en la miseria, que también debilitó su salud.

Pero en 1911 trató enrumbar nuevamente su vida artística y viajó a Argentina, donde había cosechado muchos éxitos en el pasado. Pero, en esta ocasión llegó a Buenos Aires sólo, deshecho y tísico, hasta que unos días después cayó en coma hasta que falleció el dos de junio de ese año.

Sus restos mortales están hoy en una bella urna de bronce, en la Iglesia de Paula, en el centro histórico de La Habana.

Y más allá de donde reposa eternamente Claudio José Domingo Brindis de Salas y Garrido, su paradigmática vida artística debe ser monumento constante en la memoria de su pueblo, al que honró de manera brillante por todo el mundo.

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