1. Transcurren los primeros días tras la exitosa guerra que susurró en la intimidad a Fulgencio Batista, que mejor o huía de Cuba cual rata de su agujero, o la justicia le metía un tiro, o varios, en su golpista anatomía.

Cuba, un país bandera en la trasmisión de televisión, tiene ahora la oportunidad de mostrar la verdad de su proceso en señal tv. En este contexto, un afortunado periodista norteamericano gestiona una entrevista con el joven abogado flamante vencedor de la guerra isleña.

Fidel Castro, 32 años. Un muchacho sin conocimientos profundos de tácticas de guerra, había decidido el blanco de algunos miles de fusiles en su disputa con decenas de miles del enemigo. Luego de un nocaut en dos años y pocos días, Fidel se probaba los guantes de siete millones ansiosos de un futuro distinto al presente vergonzoso republicano.

Con todo este aura impresionante, el 6 de febrero Edward R. Murrow, periodista estadounidense y locutor de noticias en la CBS, logra colarse en el pasajero lecho casero del mismísimo jefe de la revolución. Hablan el mismo idioma. Fidel es un hombre culto, el inglés ha formado parte de su exquisita formación educativa.

Edward R. Murrow, periodista estadounidense que entrevistó al líder de la Revolución Cubana Fidel Castro

Las imágenes han sido trasmitidas por la televisión cubana. Un atrevido estadounidense, acostumbrado a la rutina periodística norteamericana de tocar los asuntos más morbosos del tema en cuestión, pregunta al guerrillero si volvería a la patria de George Washington con barba o sin ella. La respuesta derivará en una insignia de la Revolución Cubana.

Fidel dijo SI, que volvería, pero con rostro sombreado por el varonil atuendo. Humilde, con facciones de ternura y compasión hacia el huésped norteamericano, Fidel explicó calmadamente que la barba representaba mucho para el pueblo, que cuando el cumpliera su promesa de buen gobierno la barba desaparecería.

Y a pesar de que los puntos flacos de la nación que el artífice denunció en La Historia me Absolverá, fueron solventados algunos años después, la barba nunca fue destruida del rostro garboso.

¿Acaso alguien, alguna vez, ha presentado mociones para cambiar el aspecto de la bandera nacional y el escudo patrio?

¿En algún instante de la historia independiente cubana, algún nacional ha sugerido que la mariposa blanca o el tocororo no son la biología exacta que define el rastro de esta isla en la historia del Homo Sapiens?

Pues así es cubano, nadie es capaz, en su sano y patriótico juicio, de ir en frontón en contra de los símbolos que dan sentido a los pueblos.

Y precisamente la barba, esa de Fidel y sus hermanos nacidos bajo el grito doloroso y complaciente de la madre Sierra Maestra, emergió en piel hace decenas de años para nunca caer al suelo de ningún barbero asesino de virilidades. Los símbolos son invaluables. La barba guerrera es patrimonio de la Revolución.

El pueblo cubano, a grito de cuna, le da su derecha y su fe. Y yo, si me alcanzara, tendría sobre mi rostro algún pariente lejano de esa magnífica barba guerrillera. Pero Dios es astuto, solo le ofrece a los grandes el placer de interpretar el guion escrito sólo para leyendas.

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