La primera vez que estuve junto al Comandante en Jefe no fue precisamente en mis funciones reporteriles, sino cuando me desempeñaba como profesor en la Escuela Pedagógica Rafael María de Mendive, a mediados de la década del 70 del siglo pasado.

Como buen “comecandela” –así le decían entonces a quiénes no teníamos visibles perspectivas de desarrollo – incursioné por disímiles trabajos desde estibador, ayudante de albañil, “hale” pellejos en estado de descomposición para fabricar piensos y rodé tanques de media tonelada en la licuadora Mártires de Chorrera a la que le decían Tankaje, dónde la pestilencia era tan grande que a veces se sentía a kilómetros de distancia, ¡Imagínense dentro!

Esas labores las compartía con mis actividades de artista aficionado en la música y el teatro. En los últimos años de la década del sesenta, siendo muy joven aún, me incorporé al grupo de teatro aficionado Los Bufones que dirigía voluntariamente Pablo Dalmau, quien entonces era trabajador del combinado alimenticio Río Zaza.

Algunos lectores dirán: “¿Y esto que tiene que ver con el momento en que estuvo en la tribuna con Fidel?”.

¡Pues sí, si tiene que ver!

Durante varios años constituimos unas brigadas artísticas que durante las zafras azucareras cortábamos caña por el día y les ofrecíamos actividades a los macheteros por las noches en sus campamentos, en una labor totalmente altruista, pues no cobrábamos nada ni por una cosa ni por la otra.

Ello propicio que fuera seleccionado nuestro grupo teatral en el año 1968 o 1969 para participar en lo que se denominó, la Caravana Ejemplar de la Juventud, que se trasladaría en tren desde Pinar del Río hasta Santiago de Cuba para participar en las actividades por el 26 de Julio.

Nuestra misión era ofrecerle actividades culturales a los caravanistas durante el viaje. Imagínense, yo “comecandela” por excelencia, nunca imaginé esto: ¡Ser elegido en un grupo tan selectivo para participar en un 26! Nunca lo había imaginado en mis tiempos de “jodedor” por el parque Serafín Sánchez y -en algunas ocasiones- hasta vago, que iba a tener tan alto honor y lo más relevante de todo era que iba a estar allí, en un lugar prominente, junto a Fidel.

Viajamos hasta La Habana y después de estar dos días en la capital, casi al salir para Pinar del Río, nos comunican que había que reducir la plantilla del grupo para hacer el viaje -no sé por qué razones- por tanto a Dalmau no le quedó más remedio que escoger entre los que teníamos papeles menos protagónicos en la obra El Velorio de Pachencho, en la que yo no tenía ningún rol fundamental por lo que me vi en “la calle” ¡Y así mismo fue! Por tanto perdí mi primera vez de compartir espacio con Fidel. Nos dijeron que nos consideráramos caravanistas porque habíamos sido seleccionados, pero… no era igual.

AL FIN EN UNA TRIBUNA CON FIDEL

Varios años después me hice Instructor de Teatro y posteriormente me desempeñé como maestro de educación primaria y roté por varias escuelas en la ciudad de Sancti Spíritus: Panchito Gómez Toro, Serafín Sánchez, Mártires del Granma y retorné a Serafín Sánchez.

Ya no era el “comecandela” de antes, aunque tanto en las funciones teatrales como del magisterio lo hacía de manera empírica, como todo lo que he hecho hasta ahora, incluso el periodismo.

A mediados de la década del setenta del siglo pasado comencé a trabajar como profesor de Español, Literatura y Lingüística en la Escuela Pedagógica Rafael María de Mendive, gracias a la recomendación de mi buen amigo Félix Pestana, ya fallecido, quien, no obstante mi empirismo, confió en mí y no lo hice quedar mal.

Habían transcurrido sólo unos seis meses y fui seleccionado como uno de los profesores más destacados entre las tres escuela pedagógicas del centro del país, o sea, la Manuel Ascunce, de Santa Clara, la Conrado Benítez, de Cienfuegos y la Mendive, de Sancti Spíritus.

Este importante logro laboral y profesional permitió que fuera seleccionado por el Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación y las Ciencias para participar en las actividades por el Primero de Mayo en La Habana y compartir la tribuna con Fidel, junto a los más prominentes hombres y mujeres de la clase obrera cubana.

Al fin, mi sueño se había hecho realidad y nada más y nada menos que compartiendo la enorme tribuna que, escoltada por el conjunto escultórico a Martí, nos hacía vibrar de emoción la presencia de su principal y más fiel discípulo.

Todavía no me lo creía y me preguntaba para mis adentros: “¿Qué hago yo aquí entre todas esta personas?” A mi lado los mejores macheteros de la nación, Héroes del Trabajo, los innovadores más distinguidos del país, los artistas más prominentes y yo allí, entre ellos. Me sentía fuera de ambiente, empequeñecido, rodeado de tanta gloria.

Y lo más importante. A sólo unos pasos de mí ¡Fidel! Imponente, con su brazo extendido moviéndolo de un lado a otro en señal de saludo a la multitud que, como siempre, lo aclamaba. De vez en cuando miraba la larga marcha a través de unos binoculares.

Al fin pude compartir espacio con el hombre más importante del siglo veinte cubano, una de las figuras más prominentes de la Historia de América. Fidel, nombre que marca el inicio de los cambios políticos acontecidos, no sólo en nuestro continente sino en una buena parte del mundo. Y yo, aquel indolente joven que fue un “comecandela”, por primera vez a su lado, sin imaginar que en un futuro tendría otras oportunidades, pero de lo que sí estaba convencido era de que estaría junto a él en aquel momento y… por siempre.

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