Marca en 2008 lanzaba el lazo en una de sus portadas con declaraciones de un directivo merengue:

“Queremos que Cristiano Ronaldo sea el emblema del Madrid”

Me tomo un trago en honor del jefe de redacción que orientó colocar el titular, para después dibujar con pincel en el cenit de la historia deportiva del Homo Sapiens el numerónimo CR7.

No puedo inspirarme a otra cosa que no sea eso. 1.85 metros de calidad cuársica de futbol zambullidos en un lago donde solo habitan él y otro marciano. Lanza su ancla brillante, cuatro pequeños balones de futbol metálicos labrados de oro y diamantes de talento y esfuerzo muscular.

Queda quieto, mientras el otro revolotea por la superficie. Aprovecha un instante y observa su reflejo en el ancla. Interpreta las huellas del cruel e instantáneo transcurrir de los años en el deporte de alto rendimiento. Solo algunas decenas de meses más y parará de constituir portadas de diarios.

Angustiado, pero con plus de sonrisa de marfil, aparente e ilusoria, levanta al rostro al horizonte, coloca su palma en el hombro del más mágico, y le espeta:

“Estás allá muy lejos, a donde mis pupilas no alcanzan, mis pies se rindieran si se propusieran la travesía y a donde, de hecho, no puedo ir porque no conozco la dirección. Todo eso es verdad, pero nada más que me falta uno Pulga. Uno y el pareo se parea en el paripé de la competitividad extrema”.

Tiene dos apellidos, como cualquier y ordinario mortal. Ahora mismo exprimo un jugo de sinapsis y no logro agarrar lo que sigue después de dos palabras que, desde hace quien sabe cinco, siete o nueve años, constituyen de lo más buscado en esa jungla de red social de mote Internet.

No interesa, no importa ni un palmo. A nadie le molesta, excepto a bendita madre y EPD padre, que sus dos apellidos ya no se conozcan ni en el registro civil de Madeira. Cristiano Ronaldo. Dieciséis letras y ya, bastan para decir lo que con dieciséis letras no se puede decir.

No estaciono en selva de numeritos, en records serios y otros tantos exóticos. No giro mi cuello para hacer caso a comparaciones, cuando precisamente las comparaciones no se pueden realizar cuando uno de los dos miembros de la comparación no está confirmado aún como ser humano.

Es injusto con Cristiano. El compite sólo contra si mismo. Hacer que juegue al agarrado con su amiguito de barrio es sólo humillarlo, tanto como que usted amigo lector le coloquen un tutú de bailarina y le pidieran que bailara un poco de ula ula. Tanto así es la lástima que sólo puede expedir él si lo ponen a boxear con el Mesías de la Patagonia hasta el Río Bravo.

Como no me gustan las calculadoras, plasmo en la hoja electrónica los dígitos trascendentales. Más de un gol promedio por partido desde que solicitó cambio de dirección para el Consejo Popular donde más exquisitamente se practica el futbol. Tres Champions. Una Eurocopa. Cuatro Balones de Oro. Basta. ¿Por qué? Porque ya con eso basta para que a la cola solo le reste hacer pucheros.

Y ahora, algo llamado The Best. Algo, sin algunos que decidieron que ese algo les importaba un bledo, sin considerar que deslucían la gala anual. Pero bueno, sin rencores. El tema de la clase es Cr7, y el estudio individual de hoy es un quinto Balón o un segundo The best…ia.

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