En la tarde me orientan un trabajo más. Un trabajo más porque al leer de que se trataba, una gala, imaginé que, efectivamente, no merecía mas ningún título que el de un trabajo más. Leo en el plan de coberturas el apellido, me acerco porque a pesar de mis ventitantos, ya no puedo sin susurrarle a la vista un por favor acotéjate, interpretar ningún tipo de letra sea del Times New Roman o Arial que sea.

No está nada mal, me digo. Si tengo que escoger cual gala cubriría por el resto de mi vida periodística, creo que escoger una gala (en el argot del periodismo cubano entiéndase gala como aquel acto cultural que agasaja el trabajo de determinado sector de profesionales) donde aparquen científicos, y sus viceversas huéspedes de montes de venus, no es un asunto para desechar.

A lo mejor cazo una buena plática, esas doctoras por ninguna excusa están para tirar al latón, me repito mientras digo a mi jefa que estoy totalmente de acuerdo con hacer el trabajo, que me coordine el turno de edición que para pasado mañana Centrovisión ya tiene, sonante y campante, su Gala por el Día de la Ciencia Cubana…

La ciencia

En mis confabulaciones mentales, nunca me he visto metido en los pantalones de un científico. Pude ser, con una súplica a que la modestia se vaya a vivir a otro tercer mundo, lo que hubiese querido escoger en mi época de adolescente tardío. Bueno, todo menos deportista, pero de las profesiones que gritaban el aprobar o no aprobar algún tipo de examen de papel y lápiz, de esas, lo que realmente, con ojos vendados, a mi índice se le hubiese antojado.

Para mí el dedicarme a la ciencia era algo, si lo tuviera que definir, abrumador. Si deseaba ser el mejor, no menos de cuatro horas dedicadas al estudio post jornada laboral. Ser el mejor en tu área es el sueño de todos, pero ser el mejor en el mondoflex de los científicos me sonaba a, honestamente, cansón y poco entretenido. Esas cuatro horas me acuchilleaban, me dejaban tirado, me levantaban y me volvían a acuchillear. A todas estas, ni imaginen que soy la punta de lanza del periodismo, creo que, por ahora, vengo siendo el mango.

La ciencia, para otros. El aspirante a artista ni tiene ni debe rendir cuentas a un reloj, a cuatro paredes, a equipos nanométricos o a ecuaciones calculadas por computador. Es más como un átomo un poco atolondrado que anda sin ataduras, sin rumbo, y muchas veces, sin dinero.

Científicos? Mi familia. Rodeado de ellos, sí puedo decir que son el reflejo exacto de la consagración, un estandarte que no aspiro a lustrar cada fin de semana y enseñar a la prole, pero que sí sé apreciar cuando luce bien en el remanso del que lo merece. Para mí un científico, uno bueno, es rodilla en tierra y veneración.

Metralletas de actos de fe aguardaban por mi esa noche.

La noche

Como cada cobertura nocturna, no me acompañaban mucho las buenas ganas de mi equipo. Aquejumbrados, maldiciendo, caminaron hacia el carro, un extraño vehículo de nariz larga y marrón ocre, a paso de pitufo y confiando estirar los segundos hasta hacer insoportable la distancia que los separaba del chico de combustión interna.

Partimos. Lo de siempre.

-¿Hiciste el reporte? (Papel que indica la realización de la cobertura)

-Estaba esperando que me lo dijeras

-Acuérdate que ese es nuestro dinero

-Después reúnen un poco de sus billetes y me hacen un salario decente, nos reunimos a fin de mes para analizar este asunto.

Algunos se rieron. Otro, inmerso en una plática que llevaba de la mano él solo acerca de la probable hora de retorno, no advirtió como tomaba como jarana el hecho de que todos a mi alrededor cobraran el doble que yo.

Nos aproximamos al Teatro Principal. El claxon hace un estruendo agudo. Una persona mayor no ha mirado a ambos lados de la calle, y casi canta sus últimas tonadas. Le digo al chofer que mejor no le espete nada, que además de que es bastante más que abuelo cabe el chance, por el rumbo al cual se dirige y por sus galas, sea uno de los hombres de la noche.

Una hora con tres minutos después, el mismo que tomaba la calle solo para sí subía a las tablas del Principal y finiquitaba, junto a tres agasajados, los mayores honores del Dia de la Ciencia en predios del centro de Cuba.

El chofer me mira, le asiento con la cabeza. Un desliz sesenta minutos antes y, o dejábamos uno menos en el reconocimiento por la Obra de Toda la Vida, o abochornábamos a un tipo, que a juzgar por el bulto del premio y la cantidad de brazos que agitaban aplausos, tenía recorrido un trecho en la vida que ni juntando el de todo mi equipo de prensa.

Pero las lunetas del Teatro Principal no solo reciben el golpe de la carne de los consagrados en el deporte exhausto de dedicar mitad de vida a descubrimientos, libros y conferencias. Ellos se cuentan por algunos afortunados, porque la alberca llena su morral en serio con algunos iniciantes en este alto rendimiento. No hay quien que con mi edad, tenga el mundo rendido a sus pies. Ni con la edad de medio salón. En la vida lo verdaderamente trascendente suele llegar a edades menos tiernas.

Precisamente, para los más tersos, es el próximo segundo que la premiación dedica. Anuncian por el equipo de amplificación de audio los premios Academia de Ciencia e Innovación Tecnológica.

Casi medio salón se para. No es repartir por repartir, me consuelo convencido. Es que de alguna manera, medio salón había aportado, por lo menos, un renglón a la historia de la ciencia humana en el 2016. No es repartir, por repartir, me consuelo otra vez. No es hacer bulto, me repito maniáticamente. El asunto es que a veces reacciono de la misma manera ante situaciones similares. Sin embargo, este no era el caso. La noche de la ciencia no era el caso.

También el guión nocturno registra hacer méritos a una institución que, desde hace decenas de meses, está en la cresta si de ciencia yayabera se comenta.

Mientras se levanta el director del Centro de Ingeniería Genética y Biotecnología para ejercer protocolo, aprovecho, con semblante de: es con la cámara la entrevista pero tú vas a ver que eso es una bobería (los que laboran en televisión conocen hasta donde es necesaria la “coba” para convencer a una persona de que una entrevista en cámara es un asunto ligero, aunque de sobra entendemos que no es una bicoca) y le comento que las mismas cosas que segundos antes hemos conversados me las diga ahorita cuando su momento, y el de su institución, hayan terminado.

Me comenta que acordó un compromiso minutos después de la hora que planea terminar la premiación, que va a estar difícil. Lo entiendo, insisto, me lamento, y lo vuelvo a entender de nuevo. Hago correcciones en mi cabeza porque han aparecido altibajos para la información. En medio de mi sinapsis, tejiendo mi nueva película de minuto y medio con la ausencia de uno de los protagonistas, uno de los hombres de la noche toma las flores y el diploma, sonríe, saluda y vuelve a bajar escaleras. Las señas de su cuerpo prometen acomodarse otra vez en la luneta, mientras yo sigo a la caza muy cerca suyo. Al acercarme, despierta del letargo su celular, habla con premura y en susurros, me hace un ademán arquetipo – lo siento- y se marcha apresurado.

Sin embargo, allí estaban los consagrados para salvar mi turno de edición. Sus verbos fueron exquisitos, hasta hubo cupos para bromas sobre el carro narizón y un abuelo despistado. Lástima que ese tipo de cosas no se puedan transmitir. Sé que no tiene nada que ver con mi trabajo, pero a veces imagino como aumentarían los ratings si se empezaran a inducir sonrisas en lugar de la habitual reacción del público al observar la programación noticiosa de la televisión cubana. Nada, sueños anárquicos imposibles de hacer gatear.

La noche gala terminaba. Entre mi obsesión, exhausta e inconclusa de obtener el número de teléfono de una científica que dopó mis hormonas visuales, y la materializada faena de hacer mijas con la representante en esta ciudad de la oficina de Derechos de Autor, se iba desafortunadamente a pique otra de mis galas, reconvertida, por aquel hecho o dicho que dicta que hay que hacer que cada día cuente, en un suceso graduado para militar en esquinas de diarios personales.

Por cierto, siguiendo la lógica de mi memoria de pez, confirmada una y otra vez por los sucesos que galopan de mi cabeza al paso de dos o tres minutos, también extravié el nombre y número de la dama que recién les comentaba. Pero bueno, para el caso no debe emigrar. Ya ni se me secan los pies ni se me mojan, asi que quieta debe mantenerse en su oficina para cuando su amigo la reclame.

 

No hay comentarios