El último de los grandes maestros de la trova tradicional espirituana nació el 26 de enero de 1910, en la ciudad de Sancti Spiritus, la cuarta villa fundada por los españoles en Cuba hace cinco siglos

La música lo sedujo desde muy temprana edad, cuando asistía asiduamente al Club La Yaya, liderado por el maestro Juan de la Cruz Echemendía, precursor de la canción trovadoresca y de los coros de clave en Sancti Spiritus, donde una y otra modalidad se complementaban con sustancial creatividad. Allí se reunían los más connotados bardos locales y visitantes de otras comarcas.

Por eso Rafael Rodríguez recordaba siempre al Coro de Clave de La Yaya como una especie de escuela de trovadores. Por aquellas animadas y enriquecedoras tertulias nocturnas desfilaron Rafael Gómez Mayea (Teofilito), Alfredo Varona, Miguel Companioni y otros relevantes creadores musicales.

Ese ambiente entre cuerdas, voces y sensibilidad artística despertó la vocación musical y la formación del futuro artista, que desde la adolescencia comenzó a desgranar acordes en la guitarra y con sorprendente dominio de la poética compuso a los 15 años una bella canción titulada La verdad desnuda, que todavía se canta.

Aquel parto autoral marcó el inicio de la primera etapa de la vida artística de Rafael coincidente con sus años juveniles. El período de madurez estuvo presente en las décadas de los años 40 y 50, y a partir de ahí el compositor se afianzó en su proyección creadora y sintió el reconocimiento social por su obra, que pudo ampliarse por las posibilidades abiertas en la política cultural de la Revolución Cubana.

En los difíciles tiempos precedentes su vida cotidiana era similar al resto de los demás trovadores , que trataban de ganar el sustento diario en bares, serenatas, descargas familiares y obras por encargo, casi siempre de temas amorosos.

Era la época neocolonial en Cuba, cuando el arte pujaba por sobrevivir por medio de esfuerzos privados, lo que obligada a los cantores y otros músicos a deambular por las noches en busca de alguna oportunidad. Y por el día tenían que dedicarse a otras ocupaciones y oficios.

Pero todos impusieron su sensibilidad artística y la pasión en el quehacer trovadoresco, como lo demostró el propio Rafael Rodríguez, cuyas canciones poseían atractivas metáforas, lenguaje cuidadoso demostrativo de lecturas adecuadas, todo arropado con certeras melodías.

Rafael coincidió con otras cumbres de la trova espirituana y cubana, como Rafael Gómez Mayea (Teofilito), Miguel Companioni, Alfredo Varona y Manolo Gallo, entre otros. Siempre muy estudioso de la guitarra y su característico andar tranquilo, sosegado, de hablar pausado, respetuoso y sencillo.

Su obra autoral es numerosa y espléndida, ocupó varios géneros, pero especialmente trabajo la canción y el bolero. Títulos como Invierno y primavera o La verdad desnuda son demostrativos de su hermosa creación musical, a la que se suman Insolencia, Recuerdos del ayer, Con fuego en los labios, Tus besos, Miedo a perderte, Vana esperanza y otros muchos.

Rafael sumó también a su trayectoria artística una labor interpretativa, tanto de solista como integrantes de dúos, como el legendario Rodríguez-Puig, que integró con el también trovador Juan Manuel Puig.

La vida artística y social del querido creador fue reverenciada y diversos reconocimientos y condecoraciones, entre ellas la Distinción Por la Cultura Cubana, que otorga el Consejo de Estado a propuesta del Ministerio de Cultura.

Rafael Rodríguez Muñoz tenía 89 años cuando el 26 de octubre de 1999 se despidió de su mundo de melodías y poesía, que embellecieron su vida y la de su pueblo. En Sancti Spiritus está su legado artístico y humano para todos los tiempos.

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