Y la reciente crisis del Barcelona continúa. Lionel no quiso celebrar el gol que los mantiene en disputa por el primer puesto en la Liga Santander. Su actitud constituyó la moraleja del partido: los azulgranas ganaron pírricamente. El juego ante el penúltimo de la tabla mutó, de trámite ligero en las valoraciones prepartido, a presentación anémica en las consideraciones post.

Todo comenzaba de idilio. Un gol otra vez germinado por el frente de ensueño a la hora del alba. Minuto cuatro, Suárez volvía a hacer a un lado al resto de los nueve del mundo con un pase de arrulladora técnica con el exterior y Messi empujaba con exactitud, ganándole la posición al defensa leganés.

A partir de allí sucedió lo que puede acontecer cuando empiezas ganando tan rápido: o haces goleada, o te dejas caer en la hamaca, duermes la siesta y para cuando te despiertas ya es demasiado tarde para el lunch. El Barca se deshojó en transiciones lentas de balón, pases sin peligro y solo ocasionales arremetidas de un frente de ataque que cada vez está más divorciado de su mediocampo, ligero e intrascendente que ni robaba ni creaba en los primeros cuarenta y cinco minutos.

Mientras, el Leganés se creía lo que no era, un decente equipo, y empujaba hacia adelante con confianza adquirida minuto tras minuto. Más de una vez Guerrero y El Far faltaron al respeto de Cataluña y tuvieron al Camp Nou al bordo del bochorno, con jugadas bien diseñadas de ocasiones claras de gol. Ter Stegen tapaba, por el momento con malabáricas atajadas. Por el momento.

Fuera el descanso y segunda mitad de más de lo mismo. El Barca diluido en lo pasivo y la falta de verticalidad, mientras el Leganés probaba como quien no tiene nada que perder. Como quien probablemente descenderá y entonces marcar en feudo azulgrana se antoja como mañana dominguera de siesta.

El 70 dibujó la mueca en Luis Enrique. Terstegen perdió la barita y se deshizo en una jugada de aficionado. Sin embargo, su crasa metida de pata sirvió como excusa para almidonar la insolencia más obvia: el Barca ofrecía la oportunidad, una y otra vez al casi colero para que, en campo ajeno, se acerca con cada vez mas peligro al arco del alemán. Su error embadurnó la jugada y la colocó ante los ojos del público como su total responsabilidad, cuando lo cierto era que constituía una alerta de un cismamayor.

El error adolescente del arquero valió hasta para ofrecerle cordel al cuerpo técnico. Este, sintiéndose ajeno al descalabrado juego del equipo, a la falta de titulares (sea por la razón que sea), a la insistencia con un sobrevalorado André Gómez, ofrecía a las cámaras sonrisas burlonas y gestos faciales satíricos. El mayor ejemplo de lo que avisan los medios: vestuario y burócratas hoy no son el más feliz de los matrimonios.

El Barca gemía otra vez en los finales de partido. Así por veinte minutos más, hasta que un brasileño mágico llevó al árbitro al lago y lo hizo picar de su caña. Garabateó al extremo derecho del Leganés con uno de sus acostumbrados e instantáneos regates, el defensa no le quedó otra que estirar el pie y retirarlo a tiempo, mientras se resumía sobre sí mismo en un agacho cómico y patético ante lo fulgurante de los movimientos de Neymar. Mas, para su fortuna, o teórica fortuna, ni arremetió a Ney ni cambió la latitud de sus músculos para evitar que pasara. Quieto, mantuvo su posición.

Lo que sucede es que Neymar, a pesar de sus 24, en término de picarez deportiva es el uno de la clase. Voltereta de consola de videojuegos, penalti soberbio de Rosario Cuccittini adornado de celebración resignada, y un juego de tres puntos con cara de cero.

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