Es una archa, dirían los archeros de la cuchilla, la usa para desmenuzar a su contrincante. Es su Beretta 92, boconearía el enemigo, con ella se defiende de nosotros. Es su barco de papel, resuelve un niño cubano.

Desde que revolución lleva apellido caimán, y desde que un bizarro ya no tuviera nunca más un rostro lustrado en porcelona; un dedo, un gesto, o una manera de combinar un gesto con un dedo, ha sido una de las firmas del que llamaron desde arriba. Había un tirano en el cielo que, infalible, usaba las calles como fosa común, y a los vivos, les enjuagaba la boca con pan viejo y doce horas de trabajo. Tal el Che, tal el autor intelectual del impetu irreverente,  marchó a donde los pobres de esta tierra no tienen suerte qué echar.

El carisma de cada Homo Sapiens puede ser llevado al acto de maneras insospechadas. Ahora mismo, empiezo a dar clic en el play de mis últimos recuerdos sobre políticos latinoamericanos, e imagino la sonrisa de Rafael Correa, la inocencia de Evo Morales, o la entonación dramática-guerrera de la oralidad de Hugo Rafael Chávez Frías. Pero Fidel, el collage de todos, montaba la escenografía de su verbo honesto sobre aquel gesto inconfundible.

¿Un dedo acusador? Quizás. Cuando el imperialismo resultaba el protagonista, cuando un acto de mala fe consumía el bienestar instantáneo del líder, o cuando la guerra, el hambre o la muerte prematura de un niño apenaban los segundos de su discurso, el dedo levantaba vuelo y acusaba. Y sí que acusaba.

Pero también el vaiveneo del brazo presidencial resultaba un recurso reservado para segundos más placenteros. Las conquistas de la Revolución manaban de aquel dedo levantado, perpetuo a ratos, a instantes dirigido en ráfaga. Cada logro, número, detalle que luciera el terciopelo del proyecto socialista, constituía un momento para festejarlo con el gesto célebre.

Todo, como decía antes, en Fidel era un collage. De terso, animaba aquel uno con una voz más rápida, ideas en brote una tras de la otra con velocidad fulgurante y coherencia exquisita. Del de hace escasos años, ese que más recordamos, un discurso con la reflexión oportuna, con verbo sosegado, con calma, exacta lucidez y palabra dicha siempre en justa medida del momento oportuno.

Esas son las marcas del jefe revolucionario. Sus señas. Al menos, las públicas. Algún día, en un intento de acercar Fidel a la gente, de hacerlo más cotidianamente real, tangible y familiar, me gustaría leer acerca de sus detalles más carnales. No sé, que qué tan bien disparaba en la sierra, que cómo nació el amor hacia su viuda trinitaria, que qué degustaba con más voracidad o qué por qué de un momento a otro los habanos no sintieron nunca más el examen de sus labios.

Son asuntos que me debe la historia, porque a Fidel quiero recordarlo como un padre. Y no solo como el padre de la nación.

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