Uno de los grandes de la trova tradicional cubana es y será siempre el espirituano Miguel Companioni, quien falleció el 21 de febrero de 1965, hace 52 años. Más de 200 piezas legó al patrimonio musical de Sancti Spiritus y de Cuba.

Muchas de esas composiciones continúan enriqueciendo el repertorio de numerosos cantantes y agrupaciones dentro y fuera del territorio cubano.

Gran parte de las canciones creadas por este bardo popular son tituladas con nombres de mujeres, como Rosalba, Herminia, Mercedes, Angelita, Teresa, Amelia y muchas otras.

La causa de esta peculiaridad estriba en que esas canciones nacieron en las serenatas, cuando los sábados por la noche los cantores eran solicitados por los enamorados y les exponían los motivos para cantarles a sus amadas al pie de las ventanas. Así se inspiró muchas veces Miguelito Companioni ante el reclamo amoroso.

Luis Farías, un espirituano cantante de música trovadoresca y que participó muchas veces en aquellas tradicionales serenatas, recordaba en una ocasión: “Nos encontrábamos juntos y de repente daba un golpe con su bastón y me decía: ¡Escribe! Más tarde pulsaba la guitarra y aparecía la melodía de aquellos versos que me había dictado”.

Esa facilidad que tenía el trovador para componer puede sintetizarse en la opinión que una vez manifestó esa gloria de Cuba que es Sindo Garay, cuando refiriéndose a Miguel dijo que era uno de los más fecundos compositores cubanos y el más espontáneo.

La grandeza de este creador va más allá de su extraordinario catálogo autoral, porque está presente en su fecunda existencia de 84 años, casi todos dedicados a la música.

CON GUITARRA Y MUCHO MÁS

Miguel Rafael Companioni y Gómez nació en Banao, caserío cercano a Sancti Spiritus, el 29 de julio de 1881. Desde los 11 años tuvo que enfrentar la dureza de la pérdida de la visión. A partir de ahí comenzó su afición y pasión por la música, que lo llevó a estudiar la guitarra, con mucho esfuerzo y tesón, hasta convertirse en un buen ejecutante del instrumento, del que después fue profesor.

Su primera canción la compuso en 1906 y la tituló La fe, al parecer en referencia al deseo de enfrentar un destino con la oscuridad de la ceguera.

Al influjo de Juan de la Cruz Echemendía, el precursor de los coros de clave en Sancti Spiritus, fundó con este el de la barriada de Bayamo. Y siete años después lideraba el de la calle Santana, para el que también componía.

Ese otro inmenso trovador que siempre será Rafael Gómez Mayea (Teofilito) dejó expuesto que “el coro de Santana casi siempre fue de primera clase, mucho más por su director que era mi viejo amigo; sus composiciones eran fruto de la inspiración de Miguelito, que muchas veces en forma imprevista, momentánea, extraía de su numen la clave que se cantaría aquella noche”.

En 1918 compuso su célebre Mujer perjura, que desde entonces y hasta ahora ha trascendido el tiempo y el espacio, como una de las piezas antológicas de la trova tradicional cubana de todas las épocas.

Su bagaje musical se enriqueció al estudiar piano. Así fundó y dirigió varias orquestas como la Francesa en 1920 y La Argentina en 1921, dedicadas a amenizar bailes y fiestas.

Companioni fue también un activo promotor de los tríos, de los que formó parte en las noches de serenata y luego dirigió el nombrado Pensamiento desde 1953 hasta su fallecimiento en 1965.

Además de muy fecundo compositor de antológicas piezas de la cancionística cubana, su vida transitó por el arte musical con integralidad, a pesar de tocarle una época difícil para los verdaderos creadores cubanos.

Miguel Companioni brilló con intensidad propia. La luz que le faltó a sus ojos desde la adolescencia, le sobró en su natural talento musical, que lo elevó con mucho esfuerzo y dedicación, lo que él tenía que multiplicar por su condición de ciego. Su talento musical se   impuso a la ceguera que padeció desde niño. Con su obra le ganó la pelea a las tinieblas.

El legendario Miguel Companioni, protagonista del Coro de Clave

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