Cuentan que la finca Las Minas, a un costado de El Algarrobo, en pleno lomerío de Trinidad, era hace dos décadas un cafetal perdido. Pero aquel panorama comenzó a cambiar a partir de 1995 cuando llegó a la zona el matrimonio de Leobanis Hernández Batista y Yaimara Silva Hidalgo, por entonces una joven pareja venida desde la región oriental del país.

Los animaba abrirse camino con la única fortuna al alcance de sus manos: trabajar en lo que apareciera, a fin de cuentas, del campo no los asustaba nada, pues nacieron entre cafetales y otros cultivos.

“Esto nadie lo quería, porque son tierras de relleno de cuando se construyó la carretera; la primera vez que entramos teníamos que apartar el marabú, nosotros habíamos pedido terreno y nada más quedaba este; oiga, metía miedo, era un monte”, relata Leobanis.

Tanto él como Yaimara dan poca importancia al rasgo característico del sitio: la irregular topografía en esas lomas que sitúan a la finca entre las de relieves más inclinados en toda la Cooperativa de Créditos y Servicios (CCS) Rafael Saroza.

A primera vista parece imposible cultivar en las pendientes y casi hay que ser acróbata de circo para no rodar cuesta abajo. “Claro que me he dado mi caída —describe Yaimara—, pero te paras y sigues, ya me adapté, me paso el día en el sube y baja, con el tiempo se desarrolla la habilidad, el equilibrio”.

Ellos prefieren no revivir aquellos primeros años de desmonte y limpieza; tampoco desean recordar las duras faenas para borrar la improductividad, la maleza y hasta los mitos de que “esas lomas no servían”, aclara él. Entonces hablan del progreso de hoy, de la casa, los dos hijos, del bello paisaje al alcance de la mirada; sienten orgullo por conquistar la vida a fuerza de trabajo.

El matrimonio que llegó allí al borde de los 20 años, poco a poco fue transformando el entorno, crecieron nuevas matas de café, empezaron a empinarse los frutales, los cultivos de viandas: “Vivimos de lo que producimos aquí, menos arroz, azúcar y sal, lo demás sale de estos suelos, hasta frijoles cultivamos”, señala Leobanis.

“Hemos quitado piedras para sembrar, te aseguro que la pila puede dar para llenar 10 camiones, lo otro es mucha fertilización y barreras vivas para el suelo porque en este relieve es una medida imprescindible. En el llano y en tierra fértil produce cualquiera, pero en un terreno así, solo a fuerza de voluntad hay cosechas, yo le digo a la gente que cuando se trabaja duro hasta arriba de las piedras la tierra pare”, sentencia Leobanis.

En la finca Las Minas todo es difícil, agrega el productor y, como si adivinara la pegunta expone lo argumentos: “la siembra es a pico, la recolección de café es brava, tienes que ir tres o cuatro veces a la misma mata, luego prefiero echarme el café al hombro y subirlo, porque no me gusta andar con bestias”.

En la cooperativa de El Algarrobo aseguran que la finca Las Minas es de las mejores de la CCS, sobre todo por la diversificación productiva, de allí salieron en la última cosecha más de 100 latas de café de primera calidad, además, se entregan plátanos y frutales.

“Es un lugar apartado, pero aquí no tengo tiempo para aburrirme, me gusta todo lo que hago, claro, hay que trabajar mucho, lo mismo chapear, que cargar agua, café, viandas, lo que sea, pero hasta ahora no me he muerto por eso y me siento feliz en estas lomas; si un día lograra poner el agua en la casa, qué más pedirle a la vida”, comenta Yaimara, mientras localiza en la mata un aguacate maduro para el almuerzo de esa jornada.

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