Nunca sentí la  imprescindible paternal caricia, ni tan siquiera el fastidioso pero educador regaño de la emblemática figura,  ejemplo para todos menos para mí. Cuánto extrañé siempre la austera voz varonil imponiéndome un castigo que tal vez  después agradecería.

Cada tercer domingo de junio envidiaba la alegría de mis amigos y de sus padres, para mí ajenos y el solitario y triste  sollozo siempre aparecía. O cuándo la mentira afloraba en mis labios al preguntarme por los inexistentes regalos que mis manos nunca ofrendaron al autor de mis días

Cuando mi pesada pero buena tía Lutgarda me compraba un estuche de pasta dental Colgarte para regalárselo a mi progenitora por su dualidad de madre y padre, idéntica dádiva que me proporcionaba también el segundo domingo de mayo, pues no tenía los recursos finacieros necesarios para comprarlo

Quizás por ello hoy se multiplique la importancia que le ofrezco a este día, al tener hijos y nietos que amo,  que han sentido la paternal caricia, han tenido que soportar los fastidiosos e imprescindibles regaños, e intentando  ser el mejor ejemplo que pueda influir en el digno actuar presente y futuro de sus vidas.

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