Por suerte no son todos e incluso representan una pequeña minoría quiénes se van tras lo cantos de sirena y olvidan a su patria. No me refiero a quienes emigran por diversas razones personales, económicas, familiares o sencillamente sólo por el deseo de experimentar  la lejanía o las bondades de otras zonas del planeta.

Decir Cuba es mucho más que pronunciar una simple palabra, pues ni tan siquiera conocemos su real significado, como no sea el del nombre de nuestra patria, que es mucho más que amar  al suelo que pisan nuestras plantas, al decir del Maestro.

Cuba es también el pedacito de tierra donde vivimos, el vecino al que saludamos todos los días  y hasta el bodeguero  con el que peleamos cuando nos falta una bolsa de leche o nos “tumban” unas onzas de arroz, de frijoles  o de azúcar de la canasta básica.

Ser cubano no es la sola  expresión de un gentilicio, sino el  orgullo de serlo por encima de todas las cosas,  por haber nacido en un sitio que nos vanagloriamos de ser  únicos,  sin similitud con nadie, pues nadie dice como nosotros el asere y la palabra socio adquiere un amplio y diferente contenido.

Por eso, quienes están lejos de Cuba la añoran tanto, al ser el momento preciso en que nos damos cuenta de cuanto la amamos, incluso cuando nos  alejamos hacia otros sitios, aún dentro de ella, evocamos el momento del retorno porque ese lugar nuestro de todos los días, que muchas veces hasta criticamos,  es el primer concepto de Cuba, que es decir el sentido primario de pertenencia por la Patria.

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