Cuando se hable de los inicios de la pintura moderna en Cuba, más allá de La Habana, no podrá prescindirse del aliento fundacional y precursor de Oscar Fernández-Morera y del Castillo, quien nació en la central provincia de Sancti Spiritus el 31 de octubre de 1880.

 Oscar fue uno de los hijos del matrimonio de Jacinto y Osoria, de familia acomodada y notable ascendencia. Fue el único que se dedicó por entero a la pintura, la que aprendió y ejerció de forma autodidacta, pues jamás intervino en su labor artística algún tipo de aprendizaje.

 Fernández-Morera fue el primer pintor reconocido de la villa de Sancti Spiritus y se convirtió en el artista de más prolijo desempeño dentro de las artes plásticas espirituanas, con más de mil obras creadas durante su corta vida de sólo 46 años.

En esa producción aparecen la pinturas de caballete, creyones, acuarelas, pasteles y plumillas. Pintó también telones para escenografías de compañías teatrales que actuaban en Sancti Spiritus. Además, realizó numerosos estudios a partir de la fotografía e ilustró revistas y catálogos.

 Desde 1911 se dedicó por entero a la pintura y en la década de los años 20 desempeñó una función importante en el movimiento de artistas aficionados, en el que luego continuó como promotor y organizador de exposiciones.

 También se vinculó a numerosas exposiciones dentro y fuera de Sancti Spiritus. En este aspecto se destacó en 1923 la exposición con motivo del VIII Salón de la Asociación de Pintores y Escultores de Bellas Artes, en La Habana. En ese acontecimiento participaron prestigiosos artistas como Rafael Blanco, René Portocarrero, Leopoldo Romañach y Amelia Peláez.

 La representación de la luz, la atmosfera y la ingravidez atraparon su obra en las décadas de los años 30 y 40, según los especialistas y críticos de arte. Pero el paisaje urbano aglutinó siempre su creatividad, la que dignificó el entorno de su ciudad natal, que le confirió el título de Hijo Ilustre.

 Los paisajes de Oscar Fernández-Morera se distinguen por el protagonismo de la luz, la reverberación del sol y la exuberancia de la naturaleza, elementos que contrastan con la falta de estos elementos en sus contemporáneos habaneros, dados a los tonos velados al estilo de los artistas europeos.

 De ese análisis comparativo se desprende la marcada cubanía que presenta toda la obra del insigne artista espirituano.

 Las artes plásticas cubanas se incorporaron a la pintura contemporánea mediante las obras de artistas como Víctor Manuel, Amelia Peláez, Abela, Carlos Enrique y otros, que tuvieron posibilidades de establecer contactos con los vanguardistas en sus viajes a Europa.

 Los ecos de esa renovación llegó tarde a Oscar en Sancti Spiritus, cuando ya había declinado su quehacer artístico, debido a la depresión que le ocasionó el deterioro de su salud.

 De todos modos está clara su proyección artística y su protagonismo como precursor y promotor de las artes plásticas en la ciudad de Sancti Spiritus de su época.

Esa trayectoria artística demuestra que Fernández-Morera y del Castillo puede considerarse un creador abierto a los aires renovadores que trajo la pintura moderna a esta parte de Cuba y es el Pintor Insignia de la plástica espirituana.

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