Pablo Aimar se despidió donde comenzó todo. Con eso debería bastar para cualquier tipo de final, incluso, para los finales que parecen únicamente finales, como los que prescriben cuando acaba el cierre semántico. El final de todos los mediapuntas es, por lo general, el punto máximo de una metonimia común. Tiene que ver con los atributos de las despedidas: el cambio definitivo, los símbolos si solo parecen significar lo que simbolizan. Cuando se va un mediapunta, se va ‘el pasador’, ‘el mago’, ‘el 10’. Cuando Aimar decidió irse, la metonimia se volvió distante, pero no por ello dejó de serlo: el que se iba, no era ni una cosa, ni la otra, y era, a la vez, todo. Se iba ‘el payaso’, una divagación campechana del mediapunta ecuménico. Desde lo ecuménico, determinaba la individualidad del resto, o la identidad del colectivo. Alguna vez dijo: “si vos conseguís darle una solución al compañero y que él salga en la tapa y vos ni pintes, bárbaro”. Se erigía a partir de las subordinaciones, de las pleitesías al otro, de las reverencias y los movimientos constantes.

El ‘enganche’ es, por definición, un nómada modal. No pertenece a ningún lugar específico y eso los vuelve cuestionables. No se complace, generalmente, con el sacrificio y transforma al nomadismo, de una forma de vida a un capricho táctico: hablamos, por ejemplo, del Aimar que da dos pasos, filtra un balón para que Mendieta derribe a Barthez, y luego no volvemos a saber de él. En eso confían los errantes: en administrar el sedentarismo para convertirse en extraños temporales, casi efímeros. Cuando se sabe que no estarán más, aparece una sensación de inadmisibilidad similar a la que sufre el detective Philip Marlowe al final de una novela de Raymond Chandler: “nunca volví a ver a ninguno de ellos…, excepto a los policías. A éstos todavía no se ha inventado la forma de decirles adiós”.

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