José Ramón Placencia Cruz sabe la confianza que en él han depositado las familias espirituanas. La escuela va más allá de materias y sapiencias, es templo de la formación de valores, carácter y personalidad.

Lo conoce bien este maestro, artífice de aulas durante 35 años en la escuela Primaria Julio Antonio Mella.

“Ser maestro primario es algo más que enseñar las asignaturas. Ante todos somos educadores, encargados junto a las familias de enseñar a las nuevas generaciones a amar, respetar y comportarse”

“Nuestra gratitud radica en ver cómo cada padre marcha tranquilo hacia su trabajo por las mañanas al notar que está en las mejores manos”

Así habla el educador. El padre, ante todo. Honrado con la distinción por la Educación Cubana, José Ramón cuenta que, desde niño, lo suyo era enseñar.

“Mis juegos infantiles siempre incluían el borrador, la pizarra, y ya desde que aprendí las primeras lecciones me entretenía enseñando cada asunto nuevo que aprendía en la escuela a mis amigos del barrio”

No todo empezó en la Mella para este maestro. Casi una década antes y desde Cabaiguán, ya asumía a los diecisiete años la educación de espirituanos.

“Ahora miro hacia atrás y –comenta sonriendo- me percato que aquellas primeras clases no debían haber sido buenas del todo. Eran un adolescente, menos paciente, que aprendía en el camino y percatado de que aquello de enseñar y hacer las veces de figura paterna durante el horario escolar no era asunto sencillo”

Placencia Cruz, que domina el francés, que ha impartido maestrías en la universidad y recibido disímiles propuestas de trabajo simplemente, tiene una historia de vida, genuinamente atada a los niños.

“Sucede en ocasiones que la gente no valora en su más amplia dimensión el trabajo con niños. A veces comienzan los maestros en la educación primaria, pero luego marchan hacia otras enseñanzas”

“Yo, que te digo que he palpado con mis manos cualquier tipo de oferta distinta a las aulas con estos pequeños, escogí, y siempre escogeré, educar y formar la semilla de la nación cubana”

Las palabras sobran cuando se habla con la honestidad de velo. José Ramón prefiere las ciencias, tutorea noveles profesores y no acepta cuando alguien vilipendia a las nuevas generaciones de maestros.

Para él, la clave de un buen maestro es la paciencia, madurez y el hábito de estudio, características que permiten sortear con la no poca difícil tarea de educar y enseñar un buen puñado de escolares que muchas veces sobrepasan las varias decenas.

“Periodista, le digo que nací para esto”, termina así mi contacto con este maestro de a todas todas. Alejándome, ladeo el rostro sobre mis hombros porque a lo lejos no desea que me marche sin convencerme aún más que lo suyo es criar, entre lápices y polvillo de tiza, los hijos de Sancti Spíritus:

“Mi estomatóloga la enseñé a leer y escribir en esta escuela –comenta humilde pero satisfecho-. A mi médico le enseñé también los números y las letras y sabe algo, cuando tenga asuntos jurídicos que tratar puede llamarme que le puedo prestar dos de mis abogados, que ya con uno de los que enseñé a leer y escribir me basta”

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