Las chinas pelonas de Trinidad sienten cada mañana sobre sí los pasos trémulos de Salomé y de su inseparable Milagros. Ambos recorren la villa para probar suerte. A su paso quedan en la memoria de cámaras foráneas, se pierden en la algarabía de los niños y llaman la atención, incluso de quienes conocen de sobra la música singular de las pisadas de Milagros en su ir y venir de cada mañana.

A juzgar por los nombres, podría pensarse que se habla de dos mujeres con pintas estrafalarias, disfrazadas de arlequín o con inclinación hacia alguna otra modalidad del circo. Pero nada más alejado de la verdad: el dúo atrae no por hacer reír; lo que encanta es la dulzura de una amistad que va más allá de la biología y que ha permitido unir a Salomé Lema, un señor de 84 años, con un burrito al que llamó Milagros y que es parte de su familia desde hace muchos años.

Sin importar las distancias, llega montado en el jumento desde su barriada natal de La Pastora. “Vengo muy a menudo a buscar los mandados con él, es quien los carga y además me acompaña, entonces aprovecho y doy una vuelta por el parque”, relata. Así desandan la Plaza Mayor, la calle Real y sus alrededores; posan para alguna que otra cámara y puede que se presten para el antojo de quienes deciden probar la experiencia de encaramarse en el animal.

“No le cobro a nadie por subirse a él, aunque los extranjeros a veces me regalan cualquier cosa. Algunos se han montado y no me han dado nada, pero eso no tiene importancia”, detalla. Según cuenta, definitivamente Milagros es un burro muy selectivo y su lomo no está al alcance de todo el que aspira a probar suerte. “Milagros sabe mucho, no sé cómo se las arregla: si es un extranjero quien se sube, él se queda quietecito, pero un cubano no se puede montar, el cubano que se monte lo tira al suelo”, revela jocoso.

Me mira con nostalgia cuando indago por el origen del vínculo con su cuadrúpedo, se quita la gorra para sentirse más cómodo y, como quien no quiere olvidarlo nunca, me cuenta:

“Lo crié desde que tenía un mes de nacido, su madre pertenecía a mi familia. Un día un tren la mató y él se metió debajo de uno de los vagones, junto a ella; de no haber sido por un hombre que le advirtió al maquinista sobre la burra y la cría que tenía debajo no hubiésemos podido salvarlo. Fue un milagro y por ello así le puse. A partir de ahí ya han pasado 38 años en los que hemos estado siempre juntos”.

Pero el cariño que siente Salomé por el borrico es algo ancestral, y es que comenzó con la madre de su amigo. Tanta fue la cooperación, que junto a ella llevaba mensajes y todo aquello que estuviera a su alcance a los rebeldes que en 1958 luchaban en las montañas trinitarias por el triunfo de la Revolución Cubana. Entre ellos se encontraban el Che con su Columna No. 8 Ciro Redondo y los miembros del Directorio Revolucionario 13 de Marzo.

El traslado, en 1958, de mensajes y de un arma a los rebeldes en el lomerío, montado sobre la madre de su burro, es una de sus historias. Foto: Leisa Verónica Fritze/ Escambray

“En una ocasión – narra el octogenario – tuve que llevarle a Faure Chomón una pistola. Cuando iba de camino me detuvo la policía; el arma estaba en la alforja de la burra y uno de los agentes se recostó a ella”. Su voz cobra un matiz para mí desconocido y habla como si lo que cuenta estuviese pasando en este preciso momento. “Yo estaba en un temblor, pensaba: ¡Ay, Dios mío!, ¿y ahora qué hago?”. El susto me dio por meter la mano y coger la pistola, pero ellos no se dieron cuenta de nada, me dejaron tranquilo y se fueron. Luego llegué a Dos Arroyos y le di el arma a Faure. Pasé tremendo sofoco”.

Cuando camina, canoso, pequeño y con una delgadez acentuada por la labor de toda la vida, no es difícil imaginar las historias que esconde y los aprietos que le han hecho temblar. Se piensa, al verlo, en cómo ha llegado hasta aquí y en todo lo que le ha enseñado su andar por el tiempo. Permaneció entregando su fuerza durante 30 años en el tejar de Trinidad, donde “sí se trabajaba de verdad, desde las seis de la mañana hasta las cuatro de la tarde”. Luego de jubilarse halló el entretenimiento en mostrar su burrito, como una joya más del cúmulo de singularidades de la tercera villa fundada en Cuba, y admite que es este su hobby predilecto.

Milagros se muestra manso, obediente ante los reclamos de su dueño, pero este se apura en advertirme que no siempre ha sido así. “Un día me fajó: él relinchaba porque estaba en celo, yo tenía que salir y mi mujer me sugirió que lo trancara en el corral; le dije: ‘deja que relinche, si le doy un planazo él me respeta’. Debí haberlo dejado encerrado. Cuando volví se paró en dos patas, me mordió el hombro y me tiró de cabeza. Tuve que luchar para poder guardarlo; al otro día no me quedó más remedio que castrarlo”.

Durante la entrevista recorremos juntos su camino habitual, nos detenemos alguna que otra vez para que les hagan fotos y escuchamos el cantar de una niña: “Con su burrito, Salomé va camino de Belén”.

Cuando acaba la ciudad, me dice adiós, se aleja hasta su tierra, donde lo esperan esposa, hijos, nietos y bisnietos. Lo veo perderse en el camino y tengo la certeza de que volverá al día siguiente, como lo hizo la primera vez, hace más de 20 años.

(Tomado de Escambray)

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