Accidente en Villa Clara. Foto: Abel Falcón.

En el kilómetro 316 de la Autopista Nacional, en el municipio de Placetas, Villa Clara, habita un bache que por su fisonomía clasifica como histórico: es de tan larga data que ya cubre dos de los tres carriles con que cuenta la vía en este lugar; solo puede ser superado con éxito si usted reduce la velocidad a 0 km/h, es decir, si detiene de manera total el vehículo, y por su evolución todo hace suponer que muy pronto pudiera ganar todavía mayor notoriedad.

Contradictoriamente, para muchos de los conductores que viajan en dirección al oriente del país, el susodicho hueco se ha convertido en una suerte de faro en medio del pavimento que anuncia la llegada a un tramo mucho más peligroso, establecido entre este punto y los límites con la provincia de Sancti Spíritus, donde, dado el estado deplorable de los carriles exteriores, los choferes se disputan el del centro –destinado solo para adelantamientos– en una aventura loca y zigzagueante que parece más un videojuego que un episodio de la realidad.

Por razones personales, en los últimos meses he circulado de manera regular en horas de la madrugada por esta zona y me confieso dichoso de poder hacer el cuento luego de ver el comportamiento bárbaro con que se desplazan muchos camiones, rastras, ómnibus de pasajeros y autos de renta por una vía que en determinados segmentos no está como para exceder los 60 km/h.

Hace casi 30 años, la Autopista Nacional, un megaproyecto diseñado para atravesar Cuba de Occidente a Oriente, quedó interrumpida por las carencias económicas que impuso el periodo especial, cuando sus dos sendas –con ocho carriles en las cercanías de la capital y con seis desde el kilómetro 32 hasta los predios de Santa Clara– habían avanzado solamente hasta el kilómetro 267,7.

Desde este punto y hasta la localidad de Taguasco, en Sancti Spíritus, solo existen la senda sur y algunas “islas” de lo que sería la norte, obviamente lastimadas por las propias condiciones de una obra a medio concluir, la falta de mantenimientos profundos, el sobreuso que implica circular por un solo carril y el azote de los temporales de los últimos meses.

Aunque esta situación resulta consustancial prácticamente a casi toda la llamada A-1 –la mayor arteria del país que conecta seis de sus 15 provincias– y persiste también en las restantes carreteras de la nación, no hace falta ser un experto en vialidad para comprender que, por sus características y su valor utilitario, el tramo de marras requiere de una mirada diferente.

Que cualquier intervención que se realice en una vía como esta resulta sumamente costosa lo prueban los trabajos de rehabilitación que se acometen por estos días entre los kilómetros 91 y 166, en Matanzas, reportados en fecha reciente por nuestro diario, que solo por concepto de sellado de grietas, bacheo, supresión de ondulaciones y restitución del pavimento dañado demandan un volumen cercano a las 10 000 toneladas de hormigón asfáltico, con un valor superior al millón de pesos.

Después de la arremetida de un huracán perverso que en tres días le chupó al país 13 000 millones de pesos y diezmó las reservas preservadas para una contingencia como esta, seguramente el Gobierno no dispone de toneladas de asfalto y millones de pesos para tapar todos los baches que molestan en la Autopista, pero ello en modo alguno significa que no se pueda hacer algo para remediar el mal.

Establecer regulaciones excepcionales de velocidad en los puntos más vulnerables, mejorar la señalización, lo mismo la vertical que la horizontal, y sobre todo incrementar la efectividad del patrullaje en territorios específicos, un ejercicio que muchas veces se realiza de manera puramente formal, pudiera contribuir a contrarrestar el desfavorable estado de la vía y a preservar la seguridad de sus usuarios.

Tras el más reciente accidente ocurrido en este tramo el pasado 13 de febrero (kilómetro 268), que costó la vida a seis personas, cuyas causas aún no se han hecho públicas, un forista de nombre Carlos refería en Granma que, con independencia de los móviles que dieron lugar al siniestro, la alternancia de una o dos sendas en la vía se convierte en un verdadero dolor de cabeza hasta para los conductores profesionales de la región, una circunstancia agravada por la insuficiente señalización en esta zona, donde debieran ubicarse indicaciones más llamativas.

Harina de otro costal resultan la proliferación de tractores y carretones con su habitual falta de iluminación, la carencia de vallas o barandas en lugares que lo requieren, la total ausencia de cercas, la abundancia de caminos rurales que se cruzan con la vía principal y la existencia de verdaderos potreros en las cunetas y la faja más cercana a la carretera, donde a diario pastan decenas de vacunos sueltos lo mismo de día que de noche, algunos de los cuales, incluso, hasta descansan sobre el asfalto.

Obviamente, para sanar los males de la A-1 y específicamente los del tramo que se inicia en el kilómetro 267,7, se requieren toneladas de hormigón y decenas de patrullas, pero también agilidad, mucha agilidad, porque de lo contario seguiríamos construyendo entre todos este cementerio sobre el asfalto que ya se ha extendido por demasiado tiempo.

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