Fueron por tres meses; pero, como casi siempre sucede, la solidaridad extendió sus manos grandes y fraternas hasta donde se le pidió, por eso permanecieron durante 60 días más, y no es de extrañar, porque en medio de la destrucción causada por el huracán Irma en la isla de Dominica la brigada de espirituanos, perteneciente a la Unidad Empresarial de Base Centro de Operaciones de la Empresa Eléctrica, solucionó en 21 jornadas lo que estaba previsto para 90 días.

De vuelta a Cuba, sentado en el sillón de su casa ubicada en el reparto La Ford, Cándido López Navarro siente a veces la lejana sensación de las náuseas, como cuando estaba en el barco, 15 días de viaje casi interminables. Y esa experiencia es insignificante, pues al hacer un recuento de la ayuda humanitaria de la que formó parte lo importante fue haber regresado con todos sus muchachos sanos y salvos, porque sobre sus hombros recayó y recae la guía de la brigada especializada en labores con la línea en caliente y, aunque en Dominica no fue necesario correr ese riesgo, la topografía de la isla constituye un peligro permanente.

“Todo el terreno es montañoso, creo que no llega ni a un kilómetro de llanura. Debíamos restablecer una red primaria que se interconecta desde la central diésel de la capital, Roseau, hasta la hidroeléctrica de Trafalgar para incrementar la potencia del sistema eléctrico; ese es uno de los cinco circuitos que abastecen todo el país”, así resume el eléctrico yayabero la primera misión asumida por el grupo, que trabajó en apoyo mutuo con la brigada de Pinar del Río.

La recuperación consistió en trabajar más de 15 kilómetros de la línea de Trafalgar, en un inicio prácticamente sin recursos materiales, con la obligación inminente de recoger hasta donde fuera posible: crucetas, aisladores, tirantes planos, dispersos dentro de los montes y encima de las casas.

“A veces teníamos que realizar los trabajos a mano, tirar sogas por dentro de las casas para halar la línea hacia atrás, amarrados por la cintura, porque los barrancos eran de más de 30 metros de profundidad”. Así evoca Cándido lo vivido por él y el resto del grupo, con las manos y el cuerpo entre el compromiso y la profesionalidad no había lugar para las dudas, como siempre dicen los eléctricos, con la mente puesta en el trabajo.

La ayuda de Cuba fue una prueba de fuego para el joven de 26 años Dachel Jiménez Bernal, liniero; constituyó su primera vez fuera de Cuba: “Aquel pueblo quiere mucho a Cuba, cuando llegábamos a los lugares decíamos ‘Somos cubanos’, íbamos con nuestra bandera, y ellos decían ‘¡Cuba!’ y se golpeaban en el lado izquierdo del pecho, a pesar de la barrera del idioma podíamos comprender el sentimiento de gratitud y hermandad”, evoca el muchacho.

La segunda etapa de trabajo consistió en levantar y enderezar postes, más de 10 diarios, fundamentalmente en la zona sur de Dominica: “Hubo lugares donde la grúa no pudo llegar, muchas veces porque, como llovía todos los días, se dificultaba aún más el acceso y tuvimos que abrir huecos a mano”. Cándido López remata jocosamente: “Con todos los postes que dejamos en pie ellos tienen trabajo para rato”.

Eremís González, Osmany Llerena, Ramiro Frías y Lisbanet Rodríguez constituyen el resto de los integrantes de la brigada de Sancti Spíritus que por estos días al igual que los entrevistados disfrutan de un período de descanso.

Entre risas, el tema de la comida se impuso en la conversación a tres voces, cubanos al fin y al cabo: “Imagínate que Cuba envió comida para 100 personas y no llegábamos a esa cantidad”. No obstante, también probaron platos típicos de ese país: “Nos regalaron una panetela borracha y pensamos que era como las de Cuba con almíbar, pero era hecha con frutas y mucho ron”. En otra ocasión Cándido compró con embullo ajos y ají para la comida y estos últimos resultaron… picantes.

No hay otra forma de decirlo cuando uno lo comprueba: la tenacidad de los cubanos sobresale en medio del desastre y la satisfacción de quien asume el deber, sin que prime el interés material, sino el altruismo.

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