Novecento, de 1976 dirigida por Bernardo Bertolucci, con Robert De Niro, Gérard Depardieu, Dominique Sanda… como parte del elenco, me tuvo sentada en mi cama hasta cerca (o después) de la una de la mañana en el primer lunes de abril. En el segundo veré la segunda parte, porque en total ese filme tiene unas cinco horas, (245 minutos) pero el esfuerzo (gripe de por medio) valió la pena.

Si hablo de lunes, de cine, en mi caso que persigo la TV, el lector ya sabe que escribo (de nuevo) sobre Historia del cine, pero esta vez a cuatro manos con su guionista y conductor Carlos Galiano, que a todo trapo está celebrando el cumpleaños 45 de ese espacio singular. Le hice varias preguntas, y él (como Dios manda) las unió según quiso y aquí esta lo que desee saber y las respuestas:

-¿Cómo es tu viaje de Manzanillo al Centro de Información del  Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC)? ¿Por que vas a dar a ese lugar en 1974 si eres graduado de Licenciatura en Lengua y Literaturas Inglesa y Norteamericana en la Universidad de La Habana?

– Permíteme responderte las dos primeras preguntas juntas. Mi “viaje” de Manzanillo al Centro de Información del ICAIC, se produce por vía de la Universidad de La Habana, donde matriculé en 1969 la Licenciatura en Lengua y Literaturas Inglesa y Norteamericana, entonces una de las carreras que se estudiaban en la Escuela de Letras.

Lo de la pertenencia a la Escuela de Letras es importante, porque las licenciaturas en todos los idiomas extranjeros que allí se estudiaban –inglés, francés, alemán y ruso, aparte de las lenguas clásicas, latín y griego- estaban dirigidas en esa época tanto a la formación lingüística como humanística, que era la que realmente a mí me interesaba. Esta situación cambió cuando la Escuela de Letras se quedó solo con la Licenciatura en Lengua y Litaraturas Hispánicas, y todas las demás fueron reunidas en la Escuela de Lenguas Modernas, cuyo principal objetivo pasó a ser la formación de profesores de idioma y traductores, que no era lo que a mí me interesaba. El tránsito me sorprendió a mitad de carrera, pero mi curso concluyó con el plan de estudios anterior. Por eso me considero un graduado de la Escuela de Letras de la Universidad de La Habana.

No fueron solo las asignaturas, sino los profesores que me las impartieron. Si algún privilegio he tenido en mi vida, aparte de la dedicación de mis padres para que mi trayectoria de estudiante no tuviera ninguna interrupción, han sido mis maestros, desde un Instituto Pre Universitario de Manzanillo donde los profesores eran doctores y licenciados en sus respectivas materias, hasta una Escuela de Letras de Beatriz Maggi, Vicentina Antuña, Roberto Fernández Retamar, José Antonio Portuondo, Mirta, Sergio y Yolanda Aguirre, Isabel Monal, Gustavo Dubuchet, Ofelia García Cortiñas, y en la especialidad, Rosa Antich, Olga Grana, Sam Goldberg, y conferencias ocasionales de Camila Henríquez Ureña o Ernesto Cardenal, entre muchos otros.

Ese plantel de profesores de otra galaxia, fue lo esencial en mi formación. En la propia Universidad, me vinculé al Cine Club Universitario, y al graduarme, se presentó la oportunidad de que me asignaran laboralmente al ICAIC, y ahí he permanecido durante 44 años.

En cuanto a mi afición al cine, para no caer en lugares comunes, te diré que nació no de alguna revelación intelectual o mística, sino de la amistad en mi niñez con los nietos del dueño del principal cine de Manzanillo: iba a ver películas casi todos los días, y gratis.

 –  El periodismo ha sido tu profesión, escribiste en Granma, hoy sigues colaborando en Cine cubano ¿sólo te interesa escribir sobre cine?

– Respeto demasiado las profesiones como para considerarme un periodista profesional. Independientemente de cualquier aptitud para escribir, lo que he aprendido de periodismo se lo debo a una persona, Marta Rojas, y a un colectivo de trabajo, la redacción nacional del periódico Granma, del que formé parte entre 1976 y 1982 haciendo crítica de cine y otros disímiles trabajos periodísticos. De nuevo, no puedo dejar de mencionar nombres como los de Jorge Enrique Mendoza, Agustín Pi y Santiago Armada, Chago, en la adquisición de conocimientos básicos de perfil editorial, corrección de estilo, diseño y emplane.

Aprovecho para concluir mis reconocimientos con la mención ineludible del ICAIC, no solo como escuela de cine, sino como escuela de pensamiento. Soy discípulo de esa institución y sus fundadores, Alfredo Guevara y Julio García-Espinosa, y del legado fílmico y artístico de Santiago Álvarez, Tomás Gutiérrez Alea, Humberto Solás, Manuel Octavio Gómez y tantos otros que hicieron del cine cubano no solo un patrimonio, sino también un bastión de la cultura nacional.

Si cuando me preguntas: ¿solo te interesa escribir sobre cine?, quieres saber si no me interesa hacer cine, te diré que nunca lo he pensado en serio, quizá porque me siento más cómodo en la reflexión sobre el cine que en su realización. De hecho, la parte que más disfruto de hacer Historia del Cine es la escritura del guión.

-Llegaste a Historia del cine en 1981 ¿fue un pacto- sucesión con el fundador José Antonio Gonzalez  quien dijo “que el sentido de organización y rigor de Galiano y muy especialmente su meticulosidad, ha rescatado para el programa un tono saludable”? Nuestro amigo común  Juan Antonio García te califica como “el mito de su incorrupta parsimonia, que lo hace parecer, en medio de tanto cubaneo televisivo, todo un lord escapado de algunas de las películas que él mismo presenta”¿te ves así?

Junto otra vez dos respuestas. Llego a Historia del Cine por una solicitud de José Antonio González y un atrevimiento de mi parte. No soy, en el sentido más integral del término, un “comunicador mediático”, como sí lo era Pepe Antonio, por lo que me vi obligado a recurrir, efectivamente, al “sentido de organización, rigor y meticulosidad” para asumir la enorme responsabilidad de hacer un programa de televisión, programa que he preparado durante los 37 años que llevo escribiéndolo y conduciéndolo –como señaló el colega Mario Piedra en una entrevista publicada en Cine Cubano- “como Alekhine sus jugadas frente a Capablanca”.

Lo que he tratado de no perder nunca de vista, es el inmenso privilegio de que haya cientos, tal vez miles de personas escuchando lo que tú dices durante diez minutos, antes semanalmente, ahora cada quince días. Y para que valga la pena para los televidentes ese tiempo que me dedican, no dudo en emplear horas, y hasta días, pensando lo que les voy a decir. Quisiera que me permitieras, de paso, ofrecer disculpas a muchos compañeros que a lo largo de estos años me han invitado a aparecer en la pantalla en otras funciones, desde entregar un premio de cualquier cosa o a incursionar en una especialidad que tantas cualidades comunicativas requiere como la de animador, invitaciones que he declinado. Honestamente, prefiero correr el riesgo de caer “pesao”, que el de hacer el ridículo, porque de ridículo, intrusionismo, diletantismo, provincianismo, mal gusto, megalomanía, populismo, y falta de profesionalismo, está ya muy poblada nuestra televisión, como para seguir contribuyendo a la mediocridad. Tal vez a eso se refería Juan Antonio García cuando habla de “tanto cubaneo televisivo”.

Otra manifestación de dicho “cubaneo”, desde mi punto de vista, es esa suerte de círculo vicioso perverso que hace intercambiar roles permanentemente a un grupo de “personalidades públicas” de la pequeña pantalla, y más allá. Una vez salgo en el Noticiero entregando un premio, y al otro día recibo yo otro; una vez yo entrevisto, y luego me entrevistan a mí; una vez estoy presidiendo un acto, y en el acto siguiente salgo en cámara como parte del público, pero somos siempre LOS MISMOS. Nadie debía engañarse pensando que salir en televisión lo convierte automáticamente en gurú de la materia que trata, o que determinado mecenazgo o coyuntura propicia es ya una certificación de talento. Hay un montón de voces,  igual o más preparadas que las nuestras, que esperan la oportunidad de darse a conocer.

La presentación, por ejemplo, Doctor Zhivago destapó un  avispero de opiniones  contrapuestas ¿cómo te las arreglas para navegar en aguas no tan  tranquilas?      En la celebración del aniversario 45 de Historia del cine apreció que hay algunos estrenos como El celuloide oculto, ¿es tu intención dar a  conocer con frecuencia filmes nunca vistos por lo menos en TV, y con abordajes de zonas muy especificas de la realidad?

– Bueno, ya no te pido autorización; evidentemente, tus preguntas están diseñadas para responderlas en pareja. Ojalá, Paquita, la presentación de Doctor Zhivago hubiera destapado “un avispero de opiniones contrapuestas”. Al menos en prensa digital, solo he leído tres, nada contrapuestas por cierto, sino alineadas en una posición común crítica a la exhibición tan tardía de la película en nuestra televisión, y a mi comentario crítico -valga la redundancia- sobre la película, aspecto este último en que uno de esos artículos llega incluso a ser grosero hacia mi persona. Los textos fueron: Medio siglo después, la TV Cubana exhibe Doctor Zhivago por primera vez, Luis Cino Álvarez (Cubanet, 23-01-18); Doctor Zhivago: un viejo conocido se estrena en Cuba. Yoani Sánchez (Temas. 25-01-18), y Apoteosis de la censura. Juan Orlando Pérez (El estornudo, 07-02-18).

Como contrapartida –reitero, hasta donde tengo conocimiento-, NADA, lo cual me hace dudar de que nuestra prensa cultural esté realmente en condiciones de extender el concepto de “batalla de ideas” más allá de los tópicos que suelen aparecer en nuestros medios, incluyendo esos otros “avisperos” artificialmente construidos en función de la campaña (des)ideológica de turno.

Para este aniversario 45, nos hemos propuesto- y hablo en plural porque Historia del Cine no solo lo piensa y ejecuta su guionista y conductor, sino también la asesora Mayra Lilia Rodríguez y el director Rafael Haya- subir la varilla en cuanto a alcance y profundidad de su programación. No se trata, ojo, de “retar a duelo” prohibiciones, tabúes y temas intocables o mitos sacrosantos, sino de discutir a fondo con las formas de pensar que aún los sustentan. Se trata de hacer prevalecer, de una vez y por todas, una nueva mentalidad más inclusiva y madura, ideológica y políticamente, que acabe de erradicar, también de una vez y por todas, los focos de pensamiento estalinista agazapados, los quinquenios grises no resueltos y las cacerías de brujas latentes que todavía subsisten en nuestros medios.

Queremos, en suma,  no seguirnos quedando tan atrás en la preferencia, el interés y la identificación de un público televidente cada vez más ávido de un otro discurso de nuevas ideas y propuestas estéticas que satisfagan su creciente demanda de credulidad, crecimiento espiritual y distracción.

Es ese el espíritu que anima la sección de Estrenos pendientes que hemos incluido en la programación de este año –y que habíamos iniciado en 2017, con la exhibición pública por primera vez en nuestro país de La naranja mecánica, de Stanley Kubrick-, pero que también nos ha llevado a diversificar conceptualmente dicha programación, con revisitas a El cine de los grandes maestros, evocación de Clásicos restaurados y Relecturas de Temas y Géneros con ejemplos de películas que hicieron época por su audacia argumental o expresiva, o fueron éxitos de taquilla masivos. Todo incluido, porque eso pensamos que es la historia del cine, no solo las diez, veinte, cincuenta o cien mejores películas de todos los tiempos.

Se que 37 años son unas cuantas semanas, pero tu  programa tiene “fijador”, eso que falta a muchas cosas en Cuba. Dos personas me han dicho que “se acaba Historia del cine” ¿ es eso cierto?. 

– Historia del Cine podría ser un programa eterno, no solo por el número casi infinito de películas que su perfil le permite exhibir, sino porque a cada nueva generación de televidentes se le podrían reponer una y otra vez por lo menos los mismos títulos fundamentales. Pero está Internet, en el que cada cual podrá buscar lo que quiera, cuando quiera y como quiera. En nuestro caso, este es un futuro un poco a más largo plazo, por lo que un espacio como Historia del Cine es todavía necesario para poner al alcance de un público masivo películas a las que, fuera de la televisión, solo tiene acceso un público selecto.

Ahora bien, el programa tiene un productor principal, que es la Televisión Cubana, y algo que no sé por qué se ha llegado a desvirtuar tanto en nuestro medio es que el productor –y no el director, el comentarista, el asesor, o en el caso de una película, la(o)s divas y estrellas- es el que manda, porque es el dueño –ese concepto que urge tanto rescatar-, por lo que Historia del Cine permanecerá en el aire el tiempo que estime la Televisión Cubana.

A propósito de ese productor institucional, no debe dejar de reconocerse que no hubiéramos cumplido este aniversario de no ser por la Televisión Cubana. A pesar de los desencuentros, frustraciones e incluso confrontaciones que han acompañado estas cuatro décadas y media del proyecto conjunto que iniciaron en 1973 el ICAIC y el ICRT, y no obstante los rumores intermitentes de que “se acaba Historia del Cine”, no creo que haya otra televisora en el mundo, incluso de servicio público o canales especializados de televisión por cable, que mantenga durante este lapso un programa cultural, y que además le permita festejar su cumpleaños con las cinco horas de duración de Novecento, en su versión íntegra, sin cortes publicitarios, en las dos partes en que fue originalmente concebida la película, con el respeto que merecen la obra y el público al que va dirigida. Quien no crea que esto es algo excepcional, que le pregunte a Bertolucci.

Nosotros, por supuesto, hacemos lo nuestro para prolongar el ciclo vital del programa, nos lo replanteamos en términos de qué nuevo puede ofrecer. Así convocamos a un concurso cuando cumplimos el décimo aniversario, o hicimos una programación especial con todos los telecentros del país, con películas y comentaristas seleccionados por ellos, o grabamos en exteriores todo un ciclo dedicado a las adaptaciones fílmicas de obras de Hemingway. Ahora reestructuramos la programación en las secciones que mencionamos anteriormente, y seguimos pensando.

En lo que a mí respecta, te puedo afirmar, no solo que no soy eterno, sino que mi presencia en la televisión siempre estará indisolublemente ligada a Historia del Cine, por lo que este programa, o cualquier otro similar, podrá continuar sin mí en la pequeña pantalla, pero yo jamás voy a continuar sin él. Cumplí con creces con el legado de José Antonio, mucho más de lo que él pudo imaginar en vida. A su confianza también le dedico este aniversario 45.

Para concluir te digo que ningún matrimonio me ha durado tanto como este con Historia del Cine, y ahí nos seguimos sobrellevando, “hasta que la muerte nos separe”.

(Tomado del Portal de la Televisión Cubana)

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