Al gentilicio de espirituanos se yuxtapone el de yayaberos. No resulta fortuito que el nombre de un río bautice y de cuerpo a una identidad; la leyenda del Yayabo alimenta la tradición oral de la villa recreada en sus márgenes hace más de cinco siglos.

El río Yayabo representa el hipervínculo para que en Sancti Spíritus converja una obra constructiva de antaño con su paisaje urbano. Si bien Matanzas, provincia ubicada a 60 Km. de La Habana, presume ser la ciudad de los puentes, desde el centro de Cuba cinco arcadas con estilo románico expresan un modo de hacer único en la isla. El puente sobre el río Yayabo, situado al suroeste del centro histórico espirituano, es la fotografía de una arquitectura que coquetea con lo ecléctico pero esquiva a la vez aires de modernidad.

Locales y foráneos que lo visitan, no reparan quizás en que caminan sobre dos siglos de historia. La inexorable costumbre de saberlo infalible ante las marcas del tiempo lo embadurna en una inercia de transeúntes agitados. Pero el puente no siempre estuvo allí ni fue un viaducto seguro como aparenta. Contar la leyenda sobre su construcción supone un halo de misticismo.

Resultado de una necesidad por comunicar la comarca con zonas geográficamente inconexas como Trinidad o Tunas de Zaza, el puente se convierte en la arteria comercial para abrir paso a nuevos mercados. Según consta en las Actas Capitulares, luego de esfuerzos estériles precedentes, en 1817 se coloca la primera piedra a merced de donaciones de vecinos, colectas y suscripciones.

Los maestros andaluces Domingo Valverde y Blas Cabrera estuvieron al frente de la obra y de una cuadrilla de reclusos y esclavos utilizada como mano de obra. Las acciones constructivas fueron detenidas, dilatadas y reanudadas tras insuficiente presupuesto. A la postre, tardó casi 15 años la culminación del puente y el monto total ascendió a los 30 mil pesos, cifra nada despreciable para la época.

Una vez terminado requirió 12 intervenciones por problemas estructurales. Según los documentos del período las bóvedas y cimientos sufrían filtraciones y como solución se acude al pavimento para sustituir el empedrado original, tan popular en la zona. Igualmente se construyen puntas de diamante a los pilares de los arcos para evitar obstrucciones por las palizadas del río.

Punto y aparte de los detalles técnicos enmendados, la creencia popular le adjudica su fortaleza al uso de leche de vaca en la argamasa de su composición. Este aglutinante, unido a los ladrillos con mortero de cal y arena presuponen la fórmula estrella que conserva el puente en pie por más de dos centurias.

Con una altura superior a los nueve m y un largo de 85 m, la obra recurre a un estilo superado por otros de la época como el gótico o el barroco pero que lo hace impreciso en el tiempo. En febrero de 1995 la Comisión Nacional de Patrimonio declaró el puente Monumento Nacional, otra razón de peso para que aún si los adelantos e investigaciones actuales desmitifican la fábula sobre los materiales empleados, los espirituanos prefieran aferrarse a la leyenda.

El puente ha estado ahí para ocho generaciones, desafiante de las violentas crecidas de sus aguas, sorteando el ir y venir de vehículos y personas, iluminando a cronistas y cantores que redescubren los encantos de una villa desde su patrimonio. Permanecerá, quién sabe cuánto, en los contrastes de la fisonomía espirituana y las orillas abruptas del Yayabo.

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