En el transcurso de las últimas décadas, el mundo ha experimentado cambios en lo que a cultura y comunicación refieren. Los tipos de relaciones de los medios con los públicos, la concentración de la propiedad privada sobre la pública, la proliferación de conglomerados mediáticos… escenas que se hacen cada vez más cotidianas en escenarios capitalistas.

Varios autores han realizado investigaciones para demostrar que el periodismo que enarbolan los norteamericanos no va escoltado precisamente de esas ideas de justicia social y libertades humanas promulgadas en la Primera Enmienda de 1971, sino que funciona como el aparato de dominación que de forma gradual extiende al resto del mundo una visión homogeneizada de la realidad.

Julio García Luis subraya algunas características de la denominada prensa de mercado que han permitido convertir a los medios capitalistas en líderes hegemónicos, como el amplio radio de actuación ideológica, la capacidad de legitimación continua y acelerada, y la temprana multisocialización de la conciencia.

Pero en realidad ese sistema de prensa de mercado se convierte en una herramienta más para disfrazar la monopolización en los mensajes y la imposición de puntos de vista que responden a intereses publicitarios.

Así mismo, los mecanismos creados en un inicio para evitar la intervención gubernamental en el hacer periodístico y lograr una total independencia ideológica, no tuvieron en cuenta la influencia que pueden ejercer las élites económicas, quienes toman a la prensa como negocio y no como el oficio responsable que cimienta una conducta cívica en los ciudadanos a partir del conocimiento de su realidad.

Es desde la perspectiva de la Economía Política de la Comunicación que se propone un esclarecimiento a este accionar de los medias capitalistas, a partir de estudiar sus modos de producción y consumo cultural. A partir de esta óptica, no solo se conciben como instrumentos de la ideología sino también entidades económicas.

Economía, política, comunicación. Todo en uno

Con el tiempo, las diferencias entre el hombre político y el hombre económico se han hecho casi imperceptibles. Según Ana Segovia y Fernando Quirós, la Segunda Guerra Mundial fue el acontecimiento  que permitió esa entrada de figuras corporativas a los centros de decisiones políticas. Incluso aseveran que la élite económica ha ido anulando de forma gradual a la política pese a que quienes incursionan en el nuevo mundo tengan poco o ningún conocimiento en cargos gubernamentales.

Estas circunstancias se extienden hasta la esfera de las comunicaciones. Importantes empresarios, vinculados de antemano al círculo administrativo se han integrado a la industria del entretenimiento, aunque desde una perspectiva general no posean experiencia alguna y actúen solo como directores externos.

De ahí que a los medios de comunicación desde tiempos de antaño se les atribuya una magnitud inestimable. Napoleón Bonaparte expresó su visión sobre el tema: “Cuatro periódicos hostiles son más temibles que 100 mil bayonetas (…) Si se diera rienda suelta a la prensa yo no permanecería ni tres meses en el poder”

En ese sentido, la industria capitalista vive una especie de concentración horizontal. Empresas con pretensiones de expansión efectúan la compra total o parcial de compañías pertenecientes a los negocios de la comunicación, incluso absorben otras que se hallan fuera de los medios para aumentar su jerarquía dentro de una determinada élite.

La concentración de la propiedad mediática en manos de una selecta minoría provoca que todo el poder político y económico se congregue frente a sus oponentes, aumentando la competencia entre consorcios. Todo apunta a un control informacional, a la proliferación de conglomerados y al olvido de las clases bajas.

Público para la publicidad

En busca de consumidores los medios de comunicación adaptan las estrategias publicitarias. Ya no constituye una premisa la necesidad de informar, sino crear tácticas para convertir el poder económico en poder político y de persuasión. .

Cuando el mercado dispone y la publicidad constituye la principal fuente de ingreso, resulta un tanto improbable que los medios respondan a los desvencijados principios sociales que proclama la ética periodística. La exclusión de temas en correspondencia con la agenda de los anunciantes, la manipulación de las informaciones, la falta de rigor… atentan contra una práctica profesional de calidad.

¿Y cuáles son las informaciones “que más venden”? Aquellas asociadas al entretenimiento y sometidas a dinámicas de espectacularización, ideales para captar la mayor audiencia posible. Una nueva concepción del material informativo y de los productos comunicativos que coloca a los periodistas en el conflicto ético de enfrentarse al doble compromiso laboral: frente a la empresa que lo contrata y a la sociedad a la que responde. (Molina, 2010)

Como resultado de esta dependencia financiera, todo gira en torno al entretenimiento, a la espectacularización de las noticias, a manipular la mente de las personas con productos banales y sensacionalistas, al interés por implantar dinámicas en las que se transformen los valores informativos. Y es en este contexto que los periodistas se enfrentan a una censura económica, pues aunque el gobierno no les ordena directamente qué escribir o cómo escribir, el anunciante sí actúa como sensor y a la vez defensor de sus intereses. No quedan dudas; el modelo de prensa liberal, de forma progresiva, aleja a los medios de  ser ese agente de socialización que funciona como el intérprete de la realidad.

 

 

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