En la actualidad el conocimiento se encuentra en tela de juicio. Aunque este siglo ha sido proclamado como el de la información, a ciudadanos y entendidos debe comenzar a preocupar cuál de todos los contenido es el valedero. Las sociedades existentes a lo largo de la humanidad concibieron y utilizaron el conocimiento de formas diversas. En épocas medievales se asociaba  la búsqueda de cognición con la herejía, incluso los intentos por explicar el papel del propio hombre ante los dominios de la naturaleza iban en contra de los principios religiosos.

Tales circunstancias han variado en gran medida con el paso del tiempo. La evolución tecnológica, los grandes descubrimientos, el entendimiento de complejos fenómenos contribuyeron a situar a la especie humana en el centro de las cosas, como sujeto activo y consciente.

Pero con este devenir de cambios, han llegado aparejados algunas facilidades que a largo plazo resultan inconvenientes. La era de las comunicaciones acortó las distancias, tanto que para cualquier ciudadano japonés solo cuesta un clic en su ordenador poder conocer el estado del tiempo o las principales noticias de la isla más esotérica del Atlántico. Y esto tiene que ver precisamente con que muy pocas cosas quedan ocultas de la digitalización. La vida de los internautas pasó a ser privadamente pública.

Páginas web, sitios de noticias desbordan el ciberespacio de un cúmulo de información. Podría creerse que ante tantos adelantos científicos el mundo queda desprovisto de aquel oscurantismo de los primeros siglos, pero ¿acaso es verificable el origen de ese contenido que se divulga al por mayor?

La sociedad de la información está orientada a que todas las personas puedan crear, consultar, compartir información; no necesariamente deben ser individuos calificados o con juicios fidedignos los que expongan sus criterios, sino que se maneja el término “periodismo ciudadano”.El hecho de que se pueda obtener un arsenal de datos sin gastar una sola neurona se debe en gran medida a la superabundancia informativa, con la que lejos de aprehender el conocimiento, la sociedad se imbuye en una nube de ignorancia al pecar en la repetitividad y el facilismo.

Para lograr informarnos se deben combinar los datos con las experiencias adquiridas en la cotidianidad, eso contribuye a que nos formulemos nuevas dudas y así no repetir mecánicas respuestas. Los periodistas estamos llamados al cambio, el mundo precisa profesionales más competentes para clasificar esta avalancha de contenidos que se desploma sobre la sociedad.

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