Estaba allí, de pie en medio de la sala, sonrojada y nerviosa. Decía no merecer entrevista alguna, pero, ¡qué va!, su alma está hecha de otra materia. ¿De qué está formada la bondad infinita?

Tenía la timidez de las personas que lo dan todo y no esperan nada a cambio. Su delgadez y el pelo negro asomado a la cara no me hubiesen dejado adivinar que en el 2020 acabará su labor en el campo de la Salud.

Desde que se graduó en 1979 de la especialidad de Licenciatura en Terapia Física y Rehabilitación, Ana María Díaz Fasco ha tenido a bien ser una servidora de todo el que pueda necesitar desde su destreza profesional hasta su naturaleza caritativa. Tal vez la incredulidad me venció cuando me hablaron de la existencia de una persona así, casi sin manchas.

Pero me bastó verla rodeada de pacientes a los que atendía con dulzura de madre, y quienes deseaban que de aquella mujer se hablara y se escuchara hablar más allá de las bocas y los oídos de quienes tanto la quieren. En la Sala de Fisioterapia adjunta al policlínico de Olivos I, en la ciudad de Sancti Spíritus, echa su suerte desde que se cerró la Clínica de Medicina Natural y Tradicional donde fue fundadora.

Pero Ana no siempre ha estado aquí. Me cuenta, como quien ojea los recuerdos, que el año 2006 le dejó un sabor agridulce en los labios. Formó parte de la brigada Henry Reeve y auxilió a quienes lograron salir con vida del terremoto en Pakistán, el 8 octubre de 2005. “Hicimos una labor preciosa como rehabilitadores, fue especial poder dar una mano, hacer que una persona se levante y siga viviendo”, se alegra.

Pero llegó a Balakot, una ciudad desaparecida bajo los escombros; allí vio a niños mutilados entre las ruinas de las escuelas. Pequeños de cinco años se quedaron huérfanos y al cuidado de hermanos recién nacidos. Ana respiró la fetidez de la tristeza y de la muerte. “Luego la Unicef se hizo cargo de ellos, pero cada vez que los miraba pensaba que podría ser mi niña de cinco años, que me esperaba en Cuba, o su hermano de 16. Escondía mi comida en los bolsillos y salía a dárselas; yo no podía comer sabiendo que ellos pasaban hambre. Más de una vez me regañaron, dijeron que ponía en juego mi salud, y sí, me enfermé”.

“Recuerdo haber visto a un niño abandonado en la calle, escuálido, harapiento. Estaba solo y le faltaba parte de una pierna; corrí para socorrerlo, pero los demás me agarraron, otra vez por mi seguridad; estábamos en una zona peligrosa. Luego no supe más de él”.

Aquellas imágenes la persiguieron mucho tiempo después. Cerraba los ojos y allí estaban: niños tirados en basureros, sin nadie que los ayudara a crecer. Habla de ello casi entre lágrimas.

Estuvo cinco meses en el noreste de Pakistán, cerca de una porción de la cordillera del Himalaya, donde se erige el monte K2, segundo más alto del mundo. Sufrió el síndrome de las alturas. “Me sangraba la nariz, me inflamaba, perdía el conocimiento. En aquel momento no pensamos en el impacto de las grandes altitudes, pues veníamos de un país sin muchas elevaciones”.

Regresó, recibió asistencia médica especializada. Consigo trajo la punzadita en el corazón, que no la deja olvidar; el placer del deber cumplido y alguna que otra dolencia. Solo razones de salud le han impedido salir de nuevo a regar su buena fe por el mundo. Sin embargo, no se desprende de sus deseos de ayudar y ni de una humildad que amerita reverencias.

“No creo merecer reconocimientos. Solo he hecho lo que me corresponde hacer, nada grande ni glorioso. Una tiene que ser honrada, honesta y dar siempre lo mejor, de lo contrario nada lograrás. Desgraciadamente, ese sentido de la solidaridad y del humanismo falta en muchos lugares”.

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