Numerosos altos cargos del Gobierno del presidente Donald Trump han estado trabajando desde dentro para frustrar algunos de sus planes con el fin de proteger al país de sus peores impulsos, escribió un alto cargo de la administración de Trump en el New York Times el miércoles.

En la columna, habló de “murmullos” en un primer momento entre miembros del gabinete de Trump para tomar medidas con el objetivo de acabar con su presidencia, pero añadió que finalmente decidieron no hacerlo para evitar una crisis constitucional.

El alto cargo en cuestión escribió también que la raíz del problema era que Trump carece de moral y que no se rige por ningún principio concreto que le guíe a la hora de tomar decisiones.

“Puede que no sirva de consuelo en estos tiempos de caos, pero los estadounidenses deben saber que hay adultos en el gabinete”, escribió el autor.

Preguntado por la columna durante un evento en la Casa Blanca, Trump lo tildó de “editorial cobarde”, criticó al New York Times de “fracaso” y destacó los logros económicos que según él son prueba de su liderazgo.

Mirando a las cámaras, dijo: “Nadie va a estar cerca de derrotarme en 2020 por lo que hemos hecho”.

El presidente republicano escribió después en Twitter un mensaje con una sola palabra: “¿TRAICIÓN?”.

En otro tuit, dijo: “¡Si esa persona anónima COBARDE existe realmente, el Times debe, por motivos de seguridad nacional, entregarlo al Gobierno de inmediato!”.

Does the so-called “Senior Administration Official” really exist, or is it just the Failing New York Times with ano… https://t.co/SFpcmDDIbU

El secretario de Estado Mike Pompeo, en una visita a India, dijo que no era el autor del texto.

“Vengo de un lugar donde si no estás en posición de ejecutar los propósitos del líder, tienes una sola opción, que es marcharte”, dijo a los periodistas en una rueda de prensa improvisada en la embajada de EEUU en Nueva Delhi.

“En su lugar esta persona, según el New York Times, eligió no sólo quedarse sino minar lo que el presidente Trump y su gobierno está tratando de hacer”.

El Times calificó de excepcional la decisión de publicar una columna de opinión escrita por un alto cargo bajo el acuerdo de mantener en secreto el nombre del autor. Señaló que el puesto de dicho alto cargo estaría en peligro de revelarse su nombre.

El artículo daba alas a las críticas de que Trump es inestable e inadecuado para la presidencia, y parecía resucitar las conversaciones entre algunos demócratas sobre iniciar un posible proceso de destitución del presidente si se hicieran con el control de la Cámara de Representantes de Estados Unidos en las elecciones de noviembre.

Lea la carta del alto cargo del gobierno de Trump

El presidente de EE.UU., Donald Trump, se acerca a periodistas para escuchar una pregunta sobre un artículo de opinión anónimo del New York Times después de un evento en el Salón Este de la Casa Blanca en Washington, el 5 de septiembre de 2018. Foto: Reuters.

The New York Times tomó hoy la inusual decisión de publicar una columna de opinión anónima. Lo hemos hecho de esa forma a pedido del autor, un funcionario de alto rango en el gobierno de Trump cuya identidad conocemos y cuyo empleo estaría en riesgo por divulgar esta información. Creemos que publicar este ensayo de forma anónima es la única manera de ofrecer una perspectiva importante a nuestros lectores.

El presidente Trump enfrenta una prueba a su presidencia como la que ningún líder estadounidense moderno ha enfrentado.

No se trata solamente del alcance que puede tener la investigación del fiscal especial. O de que el país esté amargamente dividido respecto del liderazgo de Trump. Ni siquiera de que su partido pueda perder la Cámara de Representantes ante una oposición empeñada en derrocarlo.

El dilema —que él no entiende por completo— es que muchos de los funcionarios de alto rango en su propio gobierno trabajan diligentemente desde adentro para frustrar partes de su agenda y sus peores inclinaciones.

Yo sé que es así. Yo soy uno de ellos.

Para ser claros, la nuestra no es la popular “resistencia” de la izquierda. Queremos que el gobierno tenga éxito y pensamos que muchas de sus políticas ya han convertido a Estados Unidos en un país más seguro y más próspero.

No obstante, creemos que nuestro primer deber es con este país, y el presidente continúa actuando de una manera que es perjudicial para la salud de nuestra república.

Es por eso que muchos funcionarios designados por Trump nos hemos comprometido a hacer lo que esté a nuestro alcance para preservar nuestras instituciones democráticas y al mismo tiempo frustrar los impulsos más erróneos de Trump hasta que deje el cargo.

La raíz del problema es la amoralidad del presidente. Cualquier persona que trabaje con él sabe que no está anclado a ningún principio básico discernible que guíe su toma de decisiones.

Aunque fue electo como republicano, el presidente muestra poca afinidad hacia los ideales adoptados desde hace mucho tiempo por los conservadores: libertad de pensamiento, libertad de mercado y personas libres. En el mejor de los casos, ha invocado esos ideales en ambientes controlados. En el peor, los ha atacado directamente.

Además de su mercadotecnia masiva de la noción de que la prensa es el “enemigo del pueblo”, los impulsos del presidente Trump son generalmente anticomerciales y antidemocráticos.

No me malinterpreten. Hay puntos brillantes que la cobertura negativa casi incesante sobre el gobierno no ha captado: desregulación efectiva, una reforma fiscal histórica, un Ejército fortalecido y más.

No obstante, estos éxitos han llegado a pesar del —y no gracias al— estilo de liderazgo del presidente, el cual es impetuoso, conflictivo, mezquino e ineficaz.

Desde la Casa Blanca hasta los departamentos y las agencias del poder ejecutivo, funcionarios de alto rango admitirán de manera privada su diaria incredulidad ante los comentarios y las acciones del comandante jefe. La mayoría está trabajando para aislar sus operaciones de sus caprichos.

Las reuniones con él se descarrilan y se salen del tema, él se involucra en diatribas repetitivas y su impulsividad deriva en decisiones a medias, mal informadas y en ocasiones imprudentes, de las que posteriormente se tiene que retractar.

“No hay manera, literalmente, de saber si él cambiará su opinión de un minuto al otro”, se quejó ante mí un alto funcionario recientemente, exasperado por una reunión en el Despacho Oval en la que el presidente realizó cambios en una importante decisión política que había tomado solo una semana antes.

El comportamiento errático sería más preocupante si no fuera por los héroes anónimos dentro y cerca de la Casa Blanca. Algunos de sus asistentes han sido personificados como villanos por los medios. Sin embargo, en privado, han hecho grandes esfuerzos para contener las malas decisiones en el Ala Oeste, aunque claramente no siempre tienen éxito.

Puede ser un consuelo escaso en esta era caótica, pero los estadounidenses deberían saber que hay adultos a cargo. Reconocemos plenamente lo que está ocurriendo. Y tratamos de hacer lo correcto incluso cuando Donald Trump no lo hace.

El resultado es una presidencia de dos vías.

Por ejemplo, la política exterior. En público y en privado, el presidente Trump exhibe una preferencia por los autócratas y dictadores, como el presidente ruso, Vladimir Putin, y el líder supremo de Corea del Norte, Kim Jong-un, y muestra poca aprecio genuino por los lazos que nos unen con naciones aliadas que piensan como nosotros.

Sin embargo, observadores astutos han notado que el resto del gobierno opera por otro camino, uno en el que países como Rusia son denunciados por interferir y sancionados apropiadamente, y en el que los aliados alrededor del mundo son considerados como iguales y no son ridiculizados como rivales.

Por ejemplo, sobre Rusia, el presidente se mostró reacio a expulsar a muchos de los espías de Putin como castigo por el envenenamiento de un exespía ruso en el Reino Unido. Se quejó durante semanas de que altos miembros del gabinete lo dejaban atrapado en más confrontaciones con Rusia y expresó frustración por el hecho de que Estados Unidos continuara imponiendo sanciones a ese país por su comportamiento maligno. Sin embargo, su equipo de seguridad nacional tenía motivos para hacerlo —dichas acciones tenían que ser tomadas, para obligar a Moscú a rendir cuentas—.

Esto no es obra del llamado Estado profundo (deep state) —una teoría de conspiración que afirma que existen instituciones dentro del gobierno que permanecen en el poder de manera permanente—. Es la obra de un Estado estable.

Dada la inestabilidad de la que muchos han sido testigos, hubo rumores tempranos dentro del gabinete sobre invocar la Enmienda 25, la que daría inicio a un complejo proceso para sacar del poder al presidente. Sin embargo, nadie quiso precipitar una crisis constitucional. Así que haremos lo que podamos para dirigir el rumbo del gobierno en la dirección correcta hasta que —de una manera u otra— llegue a su fin.

(Con información de Reuters y The New York Times)

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