Si el discurso del presidente de Estados Unidos provocó risas el martes entre el auditorio de la Asamblea General de las Naciones Unidas, el problema que representa la administración del presidente Donald Trump para el mundo no resulta una broma.

Como el propio mandatario se encarga de recordar, tiene la mano puesta sobre un botón nuclear “más grande y poderoso” que el de cualquier otro país. Y más allá de la capacidad militar, están los riesgos de que su política de “Estados Unidos primero” desate una guerra comercial entre las potencias, que tendría efectos impredecibles sobre las naciones menos desarrolladas.

La actual administración republicana, que los medios de prensa y libros de memorias recientemente publicados describen como caótica, está inmersa en conflictos desde la península coreana hasta el desierto de Persia. Aplica barreras comerciales a China por valor de 200 mil millones de dólares y amenaza con abandonar el Acuerdo de Libre Comercio de América del Norte si no se aceptan condiciones más favorables para sus empresas.

Los aliados tradicionales europeos la fustigan por abandonar el orden creado tras la II Guerra Mundial, en gran medida siguiendo el esquema planteado por Washington para garantizar su hegemonía.

Lo que era impensable hace algunos años, se asume hoy con naturalidad. El representante de Alemania en la Asamblea General soltó una carcajada en la cara de Trump cuando este mencionó en su discurso el riesgo que corría Berlín de someterse a los intereses de Rusia si no cambiaba su política energética actual.

Cuba, ubicada a solo 90 millas de los Estados Unidos, sufre también las consecuencias de una administración que no se guía por patrones racionales y que obvia los intereses de su propio pueblo para seguir garantizar los intereses de una minoría empoderada en Washington.

Sobre la base de acusaciones infundadas y supuestos ataques a diplomáticos estadounidenses en La Habana, de los que no existe una sola evidencia concreta, Washington mantiene paralizado los servicios consulares de su Embajada en Cuba, afectando a cientos de miles de familia a uno y otro lado del Estrecho de la Florida.

Trump anunció en junio del año pasado en Miami un cambio de rumbo en la política hacia Cuba que lo aleja de la inmensa mayoría del electorado norteamericano, incluido el de Florida, que apoyó el restablecimiento de las relaciones entre los dos países. Seguía exclusivamente los consejos de Marco Rubio y otros legisladores de origen cubano que han hecho carrera en la confrontación contra la Mayor de las Antillas.

Durante los últimos años, la aplicación del bloqueo se ha fortalecido y resulta más complicado para los estadounidenses viajar a Cuba.

Trump parece vivir en una fantasía o realidad paralela en la que su administración “ha logrado más que cualquier otra en la historia estadounidense”, como aseguró en el discurso del martes ante la ONU, provocando un murmullo de incredulidad en toda la sala.

“No esperaba esa reacción, pero está bien”, reaccionó el mandatario, pero su respuesta causó aún más burlas.

Pero a ninguno de los diplomáticos de carrera que asisten a la ONU este año se les escapa que un solo movimiento en falso de Trump y la risa se podría convertir en tragedia.

No hay comentarios

Dejar respuesta