En Fina Estampa no basta con buscar lo que no hay, sino tampoco lo que nunca se propusieron que hubiera. Foto: Rede Globo.

En Fina Estampa no hay que buscar lo que no hay. El día después del capítulo conclusivo transmitido por Rede Globo en marzo del 2012, muchos telespectadores manifestaron su decepción en foros de internautas y redes sociales. Algunos llegaron a decir que era el peor final de una telenovela brasileña de horario estelar en mucho tiempo.

No es que se hayan alterado las reglas básicas de la dramaturgia del género –después de todo hubo soluciones felices para las parejas, la familia de la protagonista salió indemne y fortalecida y los rostros sonrientes adornaron la pantalla doméstica–, sino que después de tantas idas y vueltas los personajes volvieron prácticamente a ser los mismos del punto de partida.

Es como si el autor de la trama, el veterano Aguinaldo Silva, se hubiera aburrido de dar cordel. Solo así se explica que Antenor (Caio Castro) haya dejado de un día para otro de ser egoísta y ambicioso; que Zuleika (Juliana Knust) de villana se convierta en princesa; que Teodora (Carolina Dieckmann), ladrona, falsaria, adúltera y mala madre, revele con tanta intensidad su amor por el marido y el hijo perdidos y haga votos de honestidad; que Vanessa (Milena Toscano), de arribista sin freno a la caza de solvencia por el costado amatorio se transforme en una muchacha sincera y fiel; que Leandro (Rodrigo Simas), ratero y prostituto se redima en un abrir y cerrar de ojos; que Enzo Pereira (Julio Rocha) abandonara sus aprendizaje de fullero y estafador al quedar prendado de la doctora Daniela (Renata Sorrah).

No es que la gente no pueda cambiar, pero el mejoramiento humano no obra por golpes de dados. A los espectadores que se entretuvieron arreglando la vida a los demás, se les heló el alma al comprobar cómo casi todas las parejas trocadas volvieron al bloque de arrancada. Pero lo que más molestó a la audiencia media fue el elogio a la impunidad. Cierto que ese es un contravalor muy de moda hoy en sociedades donde se premia al corrupto, se exime al delincuente y se acusa al inocente, pero como dijo alguien alarmado en un tuit, “si es verdad que eso pasa en la vida real, al menos quedaba la esperanza de que en la ficción los culpables fueran castigados”.

En términos de reflejo de la sociedad brasileña de los tiempos en que se produjo la telenovela, el guionista oculta las claves de la ascensión social. Los gobiernos petistas, mediante la aplicación de políticas sociales últimamente arruinadas tras el golpe parlamentario contra Dilma Rousseff, sacaron de la pobreza a millones de brasileños. En Fina estampa, la protagonista Griselda (una convincente Lilia Cabral) accede a otro estadío social al ganar el premio gordo en un juego de azar.

Sé que la telenovela es un producto para pasar el rato. Aunque para ello, al menos, deben cumplirse ciertos requisitos mínimos en el orden de la realización. Fina estampa fue gruesa y chapucera más de una vez; el Wolf Maya que dirigió con aciertos apreciables producciones como Mujeres de arena (1993) y Señora del destino (2004), además de presentarse como actor de limitados recursos en el Álvaro del Recanto, mezcló arbitrariamente estilos narrativos y apeló a fórmulas desgastadas.

Por supuesto que no pudo salvar lo que en el guion estaba de cabeza. La villana Tereza Cristina (Christiane Torloni) es como para echarse a reír, o mejor dicho llorar, de tan burda representación, solo comparable con los lamentables círculos viciosos del asesino más torpe del mundo, Ferdinando (Carlos Machado) y del sirviente más servil del universo, el inefable Crodoaldo (Marcelo Serrado).

Por cierto, que el mal gusto es una enfermedad que se paga: tratando de sacar plata, un director de renombre, Bruno Barreto, se prestó para filmar en el 2013 Cro, el filme, con Aguinaldo Silva entre los guionistas, calificada como una de las peores películas de la década. En el diario Folha de Sao Paulo se lee: “El guion es un festival de grosería y prejuicios en el cual el humor brilla por su ausencia”. Por si fuera poco, Silva, Serrado y la directora Cirinha de Paula estrenaron una segunda entrega, Cro en familia. En el portal Adoro Cinema, el personaje fue calificado como “estereotipo de un estereotipo”.

No digo más. En Fina Estampa no basta con buscar lo que no hay, sino tampoco lo que nunca se propusieron que hubiera.

Ahora viene Sol naciente. De entrada, con la frecuencia de dos veces a la semana, el culebrón puede derivar en una anaconda. Saquen cuentas: 120 capítulos en la edición internacional. La emisión original se prolongó por 175 episodios, del 29 de agosto del 2016 al 21 de marzo del 2017, a razón de seis por semana. A diferencia de Fina estampa, ocupó el horario de la tarde, reservado para producciones más ligeras destinadas para toda la familia.

Amor, amistad y diferentes orígenes étnicos estarán en la palestra. El autor principal, Whalter Negrao, ya fue catado en Cuba con Derecho de amar, Río del destino y la miniserie mucho más lograda Siete mujeres.

La promoción de la TV Cubana comenzó errática. En el portal oficial se dice: “Los 175 capítulos de la telenovela fueron vistos por más de 183 millones de personas a través de Rede Globo (…) En Portugal la transmitió el canal Globo Básico. El estreno de la telenovela fue visto por 106 millones de televidentes, el mejor rating de las 20 horas ese día en la tv pagada”.

Un lector advirtió en los comentarios a la noticia publicada: “Si Sol naciente fuera vista por ¡106 millones de personas! sería más popular que Roque Santeiro y Señora del destino. (…) Además, en Portugal a duras penas hay unos 10 millones… ¿de dónde salieron los restantes 96 millones?”. En realidad, en Portugal viven algo más de 11 millones en la actualidad.

El lector prosigue: “Por otro lado, si en Brasil la vieran ¡183 millones! habría roto todos los récords de sintonía, pues allá habrá unos 190-200 millones de personas”. Pienso que la argucia publicitaria, copiada acríticamente, suma los telespectadores que la vieron día tras día, aunque fueran los mismos.

Eso es lo de menos. El problema está en la calidad. La crítica Patricia Kogut escribió nada menos que en O Globo: “Novela de las 18 horas es poco genérica y sin gracia”: ya veremos.

(Tomado de Granma)

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