José Martí es el punto más alto y cercano, del complejo y diverso entrecruce de rumbos, hacia los cuales la nación conduce las emergencias de su destino, en el concurrir de las voluntades afines y dicotómicas de los cubanos a lo largo de varios siglos de energías fundantes.

En Martí, las convicciones de una prédica se dimensionan como esas actitudes concretas e incesantes, porque el fundamento del país y los nutrientes de la nación vistas desde el crecimiento consciente de capitanes que despiden plañideros el barco al inicio de la ruta peligrosa, sin que de ellos jamás espere el riesgo la presencia útil.

Esa prédica martiana, sostenida en la fuerza incesante de un cinetismo poco común a favor de un compromiso múltiple, consiguió en la palabra los resortes misteriosos que comunicaron y persuadieron de las necesidades inaplazables.

Protegiendo la sinceridad de los esfuerzos de las contaminaciones acechantes, Martí se refirió el 10 de octubre de 1888 en su discurso del Masonic Temple en New York, a los peligros de otra prédica fútil y a la vez oportunista, en medio del nacimiento genuino y eclosivo de las entregas generosas de muchos cubanos de entonces.

“La palabra ha caído en descrédito, porque los débiles, los vanos y los ambiciosos han abusado de ella. Pero todavía tiene oficio la palabra, si ha de servir de heraldo al cumplimiento de la profecía del 10 de octubre; si ha de impedir que a la tiranía de un gobierno secular, sucedan con daño público y beneficio pasajero de una casta, las tiranías civiles o militares…”(Martí:230: O.C. 4).

Pero es que la preocupación no contiene las zozobras de los vaivenes epidérmicos, sino la solidez, de una angustia ante la postura impropia, porque de ella la voluntad no anuncia la comunión perentoria, sino las cláusulas usureras y el menoscabo de no reconocerse en las razones identitarias definidas desde entonces, con matices de innegable construcción y de orígenes auténticos.

En ese discurso del 10 de octubre de 1888, anticipaba Martí las inquietudes que tres años después en Nuestra América, asumirían ese sentido de magisterio y gestión programática para las naciones de Latinoamérica.

El peligro de las metrópolis vencidas, es el asedio que en espíritu, los motivos ajenos deforman y consiguen lento pero perceptible estropicio, en el sistema de relaciones que consolidan los presupuestos genuinos de cada país.

Convencido del efecto liberalista y su ascendencia en las decisiones económicas y políticas de esa época, advertía Martí como estas implicaciones deterioraban con violencia sutil, los elementos constitutivos de una cultura hacia los derroteros de los propio, sin que ello significara la no aceptación de los factores diversos y continuados que en aporte favorable, se incorporaban al cuerpo dinámico de las relaciones culturales y sociales de nuestros pueblos.

De ese convencimiento y del conocimiento de las amenazas, la prédica para la construcción nacional es un acto de permanente vigilia, de reiteración y ferviente advertencia, de anuncio para los momentos que en país nuevo, habrían de vivir y construir los cubanos, sin el malestar punible de lo excluyente.

Y lo decía a partir de las angustias de la incomprensión hacia la entrega personal, esa misma pasión que lo condujo en holocausto al reto imperdonable de la muerte. Lo decía a partir de esos constantes espacios de agitación controversial, cuyos fermentos facilitaron la aceptación de los nuevos compromisos y la renuncia gradual a las remisiones reductoras.

Y es que existió en su prédica la pulsión emotiva cuya expresión sincera, heredó los principios ardientes de una ética, que al servicio de una actitud para su tiempo y para todos los tiempos como fue Martí, se fundó en el avatar primigenio del conflicto entre la nación en el apremio de su gesta y el voluntarismo de una metrópoli subestimadora de una nueva cualidad de pueblo.

La defensa de ese valor, la utilidad altamente productiva de la palabra en el oficio enorme de su entrega, porque: “El deber debe cumplirse sencilla y naturalmente” (Martí:183:O.C. 4) y no fue sólo prédica, sino el principio sostenido y altamente dimensionado de una actitud ética, urgida de extenderse, porque la dañina contribución de señoril vanidad y las doctrinas ajenas pero cercanas de manipuladas tendencias de pensamiento, aparecían con terrible frecuencia en los caminos por donde transitaba a pecho descubierto, la energía incontenible de un pueblo en la forja de su destino, todavía ignorado por la prepotencia petulante de un viejo imperio en agonía y la de un nuevo imperio de insólitas fuerzas. A esa subestimación interponía Martí la validez de los sectores populares, en la construcción impostergable de la nación.

Cuando la lectura en Steck Hall en mayo en New York el 24 de enero de 1880, es cierto que las razones de naturaleza política, económica y condicionamientos en el orden social y de la conciencia de una parte importante del pueblo definido como cubano, no permitían asumir como nación concreta aquello que sí aparecía como proyecto vital. Entonces Martí, hombre sin resentimientos y por encima de los trampas que tiende en ciertos sectores populares la exaltación de la miseria, ofrece una definición de pueblo y de futuro democrático en el ejercicio no demorado de una nación reconocida y plena, que supera por la extraordinaria sensibilidad de su humanismo, las visiones tremendistas que Ortega y Gassett difundiera en la segunda década del Siglo XX.

Es que Martí, quien conoció conceptualmente como nadie el carácter popular de la guerra de emancipación cubana, recuperó para el protagonismo esencial de su tiempo, el espíritu y la acción transformadora del pueblo, confiriéndole reconocimiento justo, no sólo en acatamiento de la orden, sino como brazo rector de la epopeya.

“Ignoran los déspotas que el pueblo, la masa adolorida, es el verdadero jefe de las revoluciones; y acarician a aquella masa brillante que por parecer inteligente, parece influyente y directora (…) Pero cuando por propia debilidad, desoyen al encomienda de su pueblo, y asustados de su obra la detienen, cuando a aquellos a quienes tuvo, eligió por buenos, con su pequeñez lo empequeñecen y con su vacilación lo arrastran,- sacúdese el país altivo el peso de los hombros y continúa impaciente su camino, dejando atrás a los que no tuvieron bastante valor para seguir con él. (Martí: 193: O.C. 4).

Las expresiones de afirmación popular, que emergieron del turbión de la primera guerra y del flamígero resplandor cuya claridad expansiva permitió visualizar con mayor exactitud el meridiano de la nación en ciernes, alcanzan con Martí una conceptualización dirigida a completar la valoración de muchas ideas dispersas, a pesar de que con su muerte y el fin de la guerra, el caos y el oportunismo ejercerían retracción sobre el avance del pensamiento revolucionario de la época.

Al reconocer Martí prospectivamente el indispensable valor del inmenso gregario popular, aseguraba dos direcciones obvias del proceso político cubano para todos los tiempos. La primera, la referida distinción del actuar protagónico del pueblo, que rápidamente por las necesidades perentorias dispuestas por las condiciones socio-económicas de la época, asumió literalmente la conducción del proceso conflagatorio.

La segunda se define en la advertencia inclusiva de todos los componentes cubanos movilizados al acto enajenante y a la vez sublime de la guerra emancipadora, al margen de creencias o posiciones filosóficas localizadas en un rango de prácticas individuales, sin resonancias negativas para la disposición común de la convicción patriótica.

Martí en su discurso del 10 de octubre en Hardman Hall en mayo en New York en 1889, también convoca al privilegio de construir el sacrificio, a partir de que “la patria es dicha de todos y dolor de todos, y cielo para todos y no feudo ni capellanía de nadie; (…) porque cuando las manos no están bien puestas, hay derecho pleno para quitarles de sobre la patria, las manos.” (Martí: 239 O.C. 4)

Es convocatoria y advertencia indispensable ante el peligro espurio que se mueve en la época y sentencia para todos los tiempos, como si previera del futuro la zozobra de las permanentes amenazas y porque conoció la psicología de los cubanos, los espacios insondables de su naturaleza en los que caben los elogios de la virtud y los yerros.

Es convocatoria con todos los elementos favorecedores al crecimiento de la nación futura, cubanos, los buenos cubanos y los españoles, aquellos unidos por los vínculos sanguíneos, por la prosperidad económica, o por esa extraña comunión donde lo justo define sus atributos y los sostiene pendoneando la virtud sobre el derroche de la impudicia.

El conocimiento del alma cubana y de su telurismo inaplazable, le ofrece a Martí las fuerzas indispensables que luego se extenderían como regularidad en la historia política y militar de Cuba.

La guerra debía forjar una nación, pero libre de los verticalismos que en otras repúblicas americanas, sedimentaron sentimientos reactivos de manera que ascendiera libre de las conciliaciones y confusiones proclives al deterioro de la voz del país, que se debía levantar al unísono como un himno.

La nación cubana aparecía en su nacimiento ante los ojos de Martí, en un espacio de confrontaciones extremadamente complejo, como ha sido en la continuidad por más de un siglo.

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