El conocido tránsito por diferentes países y la asimilación en ellos de diversas expresiones de todo lo circundante, incorporó a las apreciaciones de José Martí, posibilidades para comprender no sólo de la naturaleza, sino de la relación con la sociedad, los argumentos para establecer reflexiones de extraordinaria profundidad en torno a lo que cotidianamente sucedía en los Estados Unidos.

De tal forma todos los accidentes naturales y los provocados por la intervención del hombre en el acto de transformar la naturaleza virgen, representaron para él, además de informaciones, vías para acercamientos mayores a los conflictos de índole social en ese país.

El terremoto de Charlerston parece ser de aquellos desastres naturales, el de mayor difusión en cuanto a lo tratado por Martí, sin embargo existen otros acontecimientos similares que no escaparon a su visión y que alcanzaron en su momento, resonancia extraordinaria.

Uno de los sacudimientos de incidencia sobre la tranquilidad ciudadana y que fuera descrito por Martí en sus crónicas desde aquel país, lo representó un incendio en el estado de Michigan, que devoró según las propias palabras del Héroe Nacional, “en un espacio de treinta leguas (…) las hojas secas, las ramas rotas, los árboles, las cabañas y los pueblos.” (1)

Fue un incendio sin culpables aparentes, resultado de lo fortuito, del capricho de la incuria, pero que destruyó y lanzó al abandono a incontables personas y a una cifra innumerable que perdiera la vida.

Esta crónica dirigida a La Opinión Nacional el 16 de septiembre de 1881 y publicada bajo la firma de M. de Z. en Caracas, 1 de octubre de ese año, inició los trabajos de opinión que dirigidos a significar los desastres naturales, creó asociaciones con la conflictividad social, como sucedió con el incendio descrito para el mismo órgano el 27 de octubre de 1881 y el que fue minuciosamente explicado el 4 de Febrero de 1882 también al mismo periódico, que publicaría el acontecimiento catorce días después, sólo que las apreciaciones sobre el desastre, se extendieron mucho más que a enumerar los eventos, a profundizar en los rasgos del carácter de quienes vivían entonces en esa ciudad.

De alta significación es también la intencionalidad de Martí al exponer los orígenes populares de los protagonistas de la escena que se movilizan entre el espanto y el heroísmo, para ocupar el centro del suceso y recibir el homenaje trascendente por la palabra del Maestro y diferente en todos los sentidos del incendio de la Quinta Avenida al que identifica sin más detalles por su “desolación y espanto” (2 ) y por el que transita sin énfasis en su crónica de 27 de octubre de 1881 también en la Opinión Nacional.

Sin embargo las consideraciones acerca de otro incendio, el ocurrido en Nueva York, que publicó en La Opinión Pública de Montevideo en 1889, adquieren una tonalidad diferente, una intención de otro tipo que sin alejarse del conflicto humano, del dolor sobre todo de aquellos excluidos del beneficio, aproxima la valoración al asunto económico, a las pérdidas que el incendio ocasiona, sostenido todo en una fértil metaforización.

De las informaciones de impacto climático sobre el territorio de los Estados Unidos, las sequías y principalmente las inundaciones, representan el cuerpo mayor de las recogidas y comentadas por José Martí, durante su residencia norteamericana, como publica en la crónica del 15 de noviembre de 1881 también en el periódico caraqueño, referida a las insuficiencias de abasto de agua del acueducto de Croton.

“…la tierra ardorosa enjuga las lluvias escasas que la riegan; no corren los arroyos, ni bajan los hilos de agua de los montes, ni crecen, como suelen, los majestuosos ríos. Ya ha avisado del peligro de la seca el jefe del acueducto; ya ha rogado el mayor de la ciudad que economicen los vecinos el agua que amenaza faltarles. Consume cada día Nueva York 95.000,000 de galones de agua; y sólo 4.000,000 diarios podrá dar Croton si sigue la seca.

Y no llueve, los ríos no se hinchan ; los caudales del acueducto se vacían:

el riesgo es inminente, es grande, está cercano. Las familias imprevisoras,

habituadas a prodigar la rica agua de Croton, no harán en ella

la necesaria economía. De fijo que el próximo domingo todo serán ple

garias por la lluvia. Y ya se piensa traer el agua a la inmensa Nueva

York del Lago Erie.”(3)

Pero desde muy temprano, los desastres originados por las inundaciones marinas y de los caudalosos ríos de los Estados Unidos, ocuparon en el periodista José Martí, una progresiva escala de intereses, como alcanza a referir en el inicio de su crónica publicada el 31 de marzo de 1882, sobre el desbordamiento del Mississippi con tránsito hacia juicios de abordaje social, estilo e intenciones con las cuales conseguiría unir el efecto de ambos asuntos.

Igualmente el desastre provocado por el desbordamiento del río Ohio más allá de los límites de la tierra y de los márgenes del asombro, representó ante la mirada atónita de los testigos y del cronista José Martí, otro 31 de marzo pero del año 1883, una de las escenas dantescas donde la muerte asumió, lo raigal de su protagonismo.

Los rugidos de la tierra emergentes del fragor de la inundación, constituyeron en el desatre de Johnstown una de las narraciones de mayor vigor que pudiera existir en torno a ese suceso, publicado por Martí en La Nación de. Buenos Aires el 26 de julio de 1889.

El tratamiento de las cifras de muertos y heridos, de las extraordinarias pérdidas materiales que desde la narración sacuden toda fibra humana, de la descripción sorprendente de la fuerza descomunal de la embestida del río que logra arrastrar en su curso de violencia ocho locomotoras y borrar toda la diversa arquitectura en la que cada año de fundación y continuidad forjó la voluntad de un espacio, representan recursos en la prosa martiana para resaltar del desastre la incapacidad del hombre para contener la decisión de las fuerzas naturales identificadas en la inundación terrible.

De la crónica publicada en La opinión Nacional en Febrero de 1882, jubilosa ante la nieve benévola, porque es útil a la tierra y a la siembra, existen otros comentarios como los sostenidos en su crónica de 1888, en que sin excesos de detalles, pero con precisión necesaria, ofrece informaciones en torno al rigor de la ventisca y a la violencia de la nieve que arrasa y reduce la posibilidad de la alegría, ante la aparición violenta de la muerte, en ocasiones surgida de la voluntad de la naturaleza y en otros casos, como en el de los expedicionarios de la “Jeannette”, extraviados desde 1882 y de retorno en 1884, cuando su viaje de peregrinos al polo, resultó un fracaso total para la expedición y para las vidas de la mayoría de quienes integraron el fallido proyecto.

Porque fue José Martí ese inconforme observador que ante la naturaleza y su relación con los individuos, no descansó en medio de su agonía por la independencia de Cuba, de apreciar y dejar constancia, sobre las múltiples relaciones de intercambio de los individuos con el medio natural y con la expresión conflictiva de los desastres de la naturaleza.

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