Fidel en los días de sus Palabras a los intelectuales. Foto: Archivo de Granma

1.
Desde la misma toma del poder en enero de 1959, el Comandante en Jefe Fidel Castro tenía plena conciencia de que las transformaciones que debían emprenderse en el país transitaban no solo por impostergables cambios en la realidad económica y social, sino también en la manera de aprehender y entender las claves de esos cambios en las mentes de las mujeres y los hombres.
Si la dignidad era el primer valor recuperado por un pueblo mayoritaria y secularmente explotado y marginado del ejercicio de sus derechos ciudadanos, se hacía imprescindible hacer sostenible y ensanchar en los tiempos por venir esa noción conquistada, y ello solo podía ser posible sobre la base de una revolución cultural, que tuvo entre sus más gigantescas y desafiantes tareas la alfabetización, apenas dos años después de la victoria popular. Se trataba de materializar una ecuación evidente: trazar signos de igualdad entre libertad, educación, cultura y desarrollo.
Ese mismo año de la gesta alfabetizadora, a pocas semanas de derrotar en Playa Girón la invasión mercenaria que pretendió dar marcha atrás a la historia, Fidel se reunió con un nutrido grupo de escritores y artistas en la Biblioteca Nacional. Su intervención es conocida por Palabras a los intelectuales, la cual, por varias razones, se considera uno de los puntos de partida en el trazado de la política cultural de la Revolución, aunque no el único.
Hay que recordar cómo en los primeros meses de 1959, en paralelo con la Reforma Agraria, demoledor golpe contra el latifundismo, el Gobierno Revolucionario desplegó, con Fidel como principal propulsor, la fundación de instituciones necesarias para llevar adelante cambios en la vida cultural.
Así nacieron el Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos, la Casa de las Américas, el teatro Nacional de Cuba, la Orquesta Sinfónica Nacional y la Imprenta Nacional de Cuba. Es decir, la posibilidad de dar el salto de una pantalla colonizada a una al servicio de la descolonización; el tendido de una red de relaciones orientada a la integración de los pueblos de Nuestra América, la protección y potenciación del teatro, la danza y las expresiones folclóricas y populares, la reformulación de la principal entidad para la difusión de la música de concierto y la promoción del libro y la lectura a una escala inimaginada hasta entonces en el país.
No debe olvidarse tampoco el temprano apoyo al Ballet Nacional de Cuba. Personalmente Fidel se interesó por las necesidades de la compañía liderada por Alicia Alonso, que tan triste experiencia registrara en tiempos de la dictadura.
 
2.
De Palabras a los intelectuales se suele destacar únicamente el deslinde planteado por Fidel al culminar aquel esclarecedor y fecundo encuentro el 30 de junio de 1961: «Dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, nada». Algunos han querido ver en esa frase, aislada de su contexto, una norma excluyente. En esas mismas palabras, Fidel aclara el alcance de la propuesta; si por una parte hacía valer el derecho de la Revolución de defenderse contra las arremetidas del imperialismo y sus aliados –Girón era una clara señal, como también el estímulo al crimen por bandas armadas contrarrevolucionarias, las operaciones de los servicios de inteligencia de Estados Unidos, y el cerco diplomático de ese país contra la Isla–, por otra abría cauces para la suma y no la resta, la inclusión y la participación en la obra cultural sin distinciones entre credos, convicciones y estéticas.
El líder de la Revolución dio un espaldarazo decisivo a la democratización de la vida cultural. Habló de la creación de un sistema de enseñanza artística novedoso, del acceso de la población a los centros culturales y de la formación de jóvenes talentos sin que mediara origen ni posesión de bienes.
Tuvo de tal manera la política cultural, que se delineaba a partir de conceptos y acciones concretas, una visión antidogmática por esencia, en las antípodas de ciertas prácticas entronizadas en la Unión Soviética y los países del campo socialista europeo, en los cuales se dictaron normativas estéticas en nombre del llamado realismo socialista, y se desconocieron, e incluso estigmatizaron, los hallazgos de las vanguardias artísticas.
En la aplicación e interpretación de esa política y su continuo y necesario desarrollo hubo turbulencias bien conocidas, sobre las que habrá que continuar reflexionando para extraer lecciones y curarnos en salud: libros y puestas en escenas mal vistos, descalificaciones y exclusiones a partir de presuntas normas morales absurdas y obsoletas, intentos de implantar un canon estético excluyente, y tergiversados y empobrecedores raseros ideológicos en la consideración de obras y autores. El periodo entre 1971 y 1976 ha sido calificado como el Quinquenio Gris de la trama cultural cubana, tomando en préstamo la acertada definición del respetado intelectual Ambrosio Fornet.
Una vez más Fidel contribuyó a deshacer entuertos, al situar a Armando Hart en 1976 al frente del Ministerio de Cultura, dirigente revolucionario que siempre será recordado por su consecuente radicalidad martiana, marxista y fidelista, su amplitud de miras y el ejercicio de un principio enaltecido por el líder de la Revolución, el diálogo permanente, franco y transparente con los artistas e intelectuales.
Fidel escuchó y debatió en numerosas ocasiones con los creadores, supo de sus inquietudes y compartió iniciativas. Para él, el compromiso, la participación y la altura ética fueron pilares consustanciales de la política cultural de la Revolución.
En 1993, cuando no pocos en el mundo apostaban por el inminente derrumbe del socialismo cubano y en lo interno ciertos valores se erosionaban ante la precariedad material imperante, al dialogar con los delegados al Congreso de la Uneac efectuado ese año expresó: «La cultura es lo primero que hay que salvar». ¿Quién si no alguien dotado de una visión estratégica de largo alcance y política e intelectualmente lúcido podía fundamentar semejante concepto en medio de las circunstancias imperantes?
3.
A propósito del Congreso recientemente celebrado de la Asociación Hermanos Saíz, la Casa Editora Abril publicó el libro Fidel y la AHS, compilado por Elier Ramírez, con prólogo de Abel Prieto. Sus páginas recogen por primera vez las intervenciones y los diálogos sostenidos por Fidel con los jóvenes creadores en dos momentos: el 12 de marzo de 1988 y el 18 de octubre del 2001.
Las reflexiones allí contenidas completan las realizadas por el líder de la Revolución en congresos y sesiones del Consejo Nacional de la UNEAC, en sus encuentros con claustros y estudiantes universitarios y en foros internacionales en los que abordó la importancia de las ideas en la formación de las nuevas generaciones, la concepción de la política cultural y los procesos de transformación social.
Comparto con Abel la percepción de que Fidel nos sigue convocando «a seguir debatiendo con él, con sus ideas, con sus propuestas sobre cómo defender el espacio central de la cultura en la Revolución, para curar las zonas dañadas del tejido espiritual de nuestra sociedad, para resistir los embates colonizadores, para llegar a ser definitivamente más cultos y más libres».
Hace exactamente 30 años Fidel nos retó a cumplir con una misión que nunca podremos posponer, mucho menos ahora en tiempos de renuevo y continuidad generacional en la conducción de nuestro proceso y de actualización y perfeccionamiento del modelo socialista cubano:
«Creo que podemos tener las dos cosas: el mejor programa de educación estética y la mejor política cultural, y decía que, si en todo lo demás tenemos éxito y no tenemos éxito en esto, tendríamos que sentirnos avergonzados, tendríamos que sentirnos incapaces de resolver un problema en este terreno.
Evidentemente ha sido el terreno en que han encontrado más dificultades los procesos revolucionarios y los países socialistas. Trabajemos y luchemos para que podamos decir con orgullo: tenemos la política correcta, la mejor política, la más revolucionaria en el ámbito de la cultura». 

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