Como nunca a la distancia de más de 117 años, las reflexiones martianas del ensayo “Nuestra América” en torno a las amenazas, a los inminentes peligros en ciernes sobre nuestros pueblos nacidos como repúblicas en el fragor controversial de las estructuras feudales en resistencia, y al amparo de la doctrina liberal del Siglo XIX, resurgen hoy ante la modalidad neoliberal y globalizadora de intenciones extendidas hacia todas las esferas de la vida.

Hacia la manifestación de creencia y actitud esporádica que sintetizaba la indiferencia americana, rumbo al conflicto que atravesaban todos los pueblos del continente al sur, enfocó Martí su óptica universal para definir toda una suerte de situaciones concurrentes en torno al problema de la integridad de nuestros pueblos, en la defensa de una identidad en proceso de formación.

La contradicción de naturaleza económica derivaba hacia una actitud de índole ideológica, aunque el dinamismo que la proyectaba no estaba en todos los casos movilizado a favor de un cambio estructural de las relaciones económicas, ni consciente de una reacción cultural.

Convencido de que los agudos problemas sociales estallando cíclicamente con ánimo fratricida y egoísta, depredaban el espíritu que debía favorecer la integridad, Martí establece el reclamo de unión. Aquí conceptúa al pueblo como un elemento fundamental, hacedor de su historia y destino, y con posibilidades de alejarse del pecado de desconocer el sitio donde se agitaba la responsabilidad que lo empujaba al desequilibrio y al desastre.

En todo esto, como en el desarrollo progresivo del ensayo, Martí destaca un componente básico en la conciliación de posiciones y propósitos, la moral que debe caracterizar y nutrir las intenciones para la integridad de los pueblos de América Latina. En este énfasis se visualiza una actitud cultural nueva, de unidad al estilo de las naciones que la lograron con un objetivo de predominio económico a costa de los mayores sacrificios de las grandes masas populares, ni los que para su afianzamiento no vacilaron en sofocar con violencia, la expansión de la dignidad y el derecho.

Reclamó una moral de hombres y para hombres, con un convencimiento y reconocimiento del estado social y económico procedente y de necesaria transformación. De esta forma crece Martí también en su dimensión extraordinaria de humanista, que seguro de su convicción y expresión múltiple, aguarda e impele al apremio de una cada vez más creciente necesidad de afirmación cultural. En él ebulle la significación de un carácter sensible al cambio. Conoce que la herencia no es un elemento pasivo, sino nutriente y por eso reconviene a la reflexión del hecho histórico anterior, porque domina además lo importante que resulta proyectar sobre el fondo del presente, la perspectiva histórica que habrá de propiciar la adopción de actitudes nuevas y necesarias.

Ese reclamo martiano a la unidad, con una definición de propósitos afirmada en la objetividad histórica, en el conocimiento de las razones que conmovieron la vida americana del Siglo XIX con sus errores y triunfos, le permite a Martí no sólo prevenir para su tiempo, sino para todos los tiempos.

Esta América de hoy que enfrenta sus aspiraciones nobles a la imposibilidad frecuente de conseguir estrategias contra las desventajas políticas, sociales y económicas, es aquella en la que se ensayó un proyecto de extensión imperialista y sobre la cual continua el ascendente de su impronta peligrosamente fortalecida, a favor del deterioro de los principios éticos y culturales del derecho de nuestros pueblos.

Hoy, América Latina es la escena donde se aplican métodos destinados a la segregación identitaria de todos los argumentos, conque se definen los países en esta enorme región del mundo.

La América del mestizaje continuado en el fraguar de todas las épocas, es en este tiempo la que busca sin hallar en la mayoría de los casos, solución a los problemas de la independencia, fundamentalmente porque existe la herencia de patronato y servidumbre y la presencia de factores ajenos sobre los factores naturales al decir de Martí, sobre el indio y el negro como componentes no admitidos y desestructurados, en medio de una subestimación evidente en la mayoría de las valoraciones que en materia de política y sociedad, se difunden en diferentes foros.

Este olvido culposo, esa indiferencia ante una fuerza aparentemente callada e indiscutible, es el que se sacude temeroso y se va de concilio cuando los irredentos deciden pactar con la violencia, para irse a la montaña o las calles, a hacer saber su valor de pueblo.

La desconstrucción de los valores auténticos, es en política y sociedad, antípoda de la idea martiana de que la salvación de nuestros pueblos americanos, debía inevitablemente realizarse con la participación del indio y del negro, relegados a la falsa y tendenciosa definición de “minoría étnica”.

Entonces como ocurre con toda idea sólida y trascendente, el concepto martiano sobre independencia en el ejercicio de la administración política, económica y social, adquiere en los días en que vivimos una actualidad altamente significativa. Es la conciencia de que las relaciones entre los pueblos no pueden jamás suponer absorción de unos a otros, ni disminución de su integridad ni su decoro. Ante esto la reacción de estos pueblos no puede demorar pese a cualquier tipo de rejuego embozado.

En la expresión de ese equilibrio entre los elementos naturales del país al decir de Martí, está la base del principio de autodeterminación que a su vez es manifestación de unidad de factores y defensa de la identidad. Pero no sólo se expresa esta defensa en la previsión del peligro extranjero, sino en el rechazo a posiciones burguesas internas, divisorias de las fuerzas que han de pugnar unidas y de las que además se ofrece una visión falseada. Es el cuestionamiento a una proyección conservadora, discriminatoria y ahistórica de la ideología y estatura del hombre latinoamericano.

Al subrayar la importancia que tiene para la identidad el reconocimiento a la imagen predecesora, significaba cuanto había acarreado ignorarla, retrocesos en el orden de las relaciones político-sociales, así como lesiones en la personalidad latinoamericana. Lamentablemente esto se ha repetido todavía con matices más trágicos, tremebundos, al punto de oprimir una cultura definida y creciente en su diversidad.

En la reflexión anterior y el resto, se advierte a todas luces la correcta interpretación histórica que hace Martí de situaciones y hombres.

Nuestra América es un programa para la unidad política y un acto de fe para la preservación humanista de los valores auténticos de nuestras naciones, el reclamo para decidir con voz propia y abrir con la firmeza del músculo peculiar, la espesa densidad de sombra tendida como frontera entre nuestros pueblos.

Nuestra América eleva a la política al rango de voluntad artística, en el empeño de precaver lo indispensable de lo auténtico.

Aquellos años finiseculares del XIX, en los cuales Martí elevó mucho más su defensa de los valores patrimoniales en desestima, representaron para Latinoamérica también la escena de una larga polémica filosófica, económica y política, nacida en el brusco movimiento del Siglo XVI y que en la dinámica de intento dominador del XIX, se inclinaba en marcado peligro hacia la doctrina económica de Alexander Hamilton, que con fuerte acento liberal era asumida con mimetismo enfermizo, por los políticos y economistas en nuestro continente.

Al mimetismo económico, a su peligro liberalista que hoy resurge y lastima no sólo a América Latina, Martí contrapuso su posición de defensa de lo nacional con esfuerzo propio, a las doctrinas filosóficas reclamantes de la presencia extranjera para la solución del conflicto interno.

La actitud martiana no sólo se opuso a la de Sarmiento como es más conocido y extendido, tal vez por retomar de este para la crítica los términos civilización y barbarie. También lo hacía ante la idea de Rodó, uno de sus contemporáneos que nueve años posteriores a la edición de “Nuestra América”, llamó a los jóvenes con “Ariel”, su vigoroso pero cuestionable ensayo.

Exigía Martí revolucionar los deficientes modos de instrucción académica, que en nada podían satisfacer la demanda cultural de los pueblos de América.

Hoy sobreviven la descontextualización y el divorcio de nuestra realidad, el extranjerismo sutil o desembozado y en no pocas de nuestras academias, una fuerte posición eurocentrista.

Insistía Martí en la inaplazable necesidad de conocer nuestra cultura e historia, como razones fundamentales para la preservación y proyección de nuestra identidad.

En esos conceptos iba la intención de unidad, viejo sueño latinoamericano, iba la intención integradora de todas las fuerzas comunes en una disposición de establecimiento orgánico y definitivo. Muy bien conocía Martí que el pueblo en su crecimiento heterogéneo no podía cumplir su encargo, ni fortalecer su decisión, si era excluido de la participación colectiva y del acoplamiento en el que resulta fundamental reconocerse y defenderse.

La academia democrática y sincera en el reconocimiento de las esencias del país, resultaba indispensable para conseguir con el cultivo de la inteligencia, el compromiso fiel de los políticos.

En estos tiempos de concentración abusiva del capital, dispuesto a comprarlo todo, el peligro no sólo se halla en el desconocimiento del país. A los gobernantes formados muchos de ellos en el contacto riguroso de academias apreciadas, no les falta el conocimiento de las idiosincrasias y las esperanzas, sólo que es un conocimiento asumido al decir de Martí con ambages.

La historia latinoamericana durante todo el pasado siglo sucesor de la vida y prédica de José Martí, probó en las sorpresas de sus vericuetos, cuánto de amenaza anunciada se materializaba en fórmulas mercantilistas y genuflexas, subordinadas a los poderosos intereses de varias naciones, pero muy específicamente de los Estados Unidos en su apogeo de sutil estrategia diplomática, matizada por ciertas dosis de violencia, como para que no quedara en el olvido, la fuerza superior capaz de ahogar por cualquier vía, el intento nacional de emancipación de las naciones en esta parte del continente.

En los últimos años esa estrategia de penetración asumió una actitud de aparente repliegue de hostilidades, para inocular subliminalmente los estilos de vida de la otra América, destinados a destruir los paradigmas culturales autóctonos de nuestros países.

Al decir Martí que el problema de la independencia, no era el cambio de formas, sino el cambio de espíritu, proclamaba una conciencia en contra del mecanicismo político como fórmula sucedánea pero dogmática, y por otra parte infería lo indispensable de una ruptura espiritual, de un establecimiento del ánimo latinoamericano en función de una lucha por el carácter de integración.

La seguridad martiana para evaluar el resultado parcial y ulterior del enfrentamiento entre oprimidos y opresores, radica en el estudio y conocimiento de las características de nuestros pueblos y del peligroso vecino del norte, lo que le facilitó determinar donde anidaba el germen de socavar.

En el enjuiciamiento de las corrientes filosóficas que le fueron contemporáneas, se advierten en sus reflexiones algunos vestigios de las ideas de Spencer, lo que ha servido para que no pocos teóricos busquen en eso, los defectos a una organicidad de pensamiento en el plano filosófico. Sin embargo, el valor del pensamiento filosófico martiano, es que sin ser propiamente un filósofo, asumió para el beneficio de América Latina los componentes de beneficio que procedían de la síntesis, porque también la comprensión de la característica mixta se avenía a ciertas fórmulas propuestas.

En el análisis de la incomunicación a pesar de lo común de las influencias, no dejó Martí de observar cuánto era América de caos en la orientación, de ausencia de voz en la búsqueda de la identidad lastimada, pues el intento comunicante se perdía en los laberintos de las inconsecuencias político-sociales.

Confiaba en la capacidad de contrarrestar a partir de los valores que se habían gestado en la formación de nuestros pueblos, a partir de la conciencia cultural definida en su tremenda diversidad y por encima de los fracasos y de las arritmias.

La cultura era para Martí un concepto amplísimo, abarcador y actual donde se integran en concierto los fenómenos histórico-sociales, las desventuras y aspiraciones económicas, el acento artístico, el desconcierto y la búsqueda filosófica, la razón de quienes hurgan en la profundidad de la sangre, hasta identificar su ayer para el presente y futuro que compartir. Para Martí cultura es nación, unidad, integración.

La política económica, la estrategia de penetración cultural, de anulación expedita en las intenciones convenientes al gran capital, que Martí avisara con mirada de profundidad absoluta. La invasión seudocultural hacia las áreas de la cultura latinoamericana y de todo el mundo de hoy, pretende que continuemos siendo como definiera Martí una copia reducida de la imagen europea y norteamericana.

La estrategia sigue su brega divisoria y excluyente, y cuando aparenta validar la cultura del indio o del negro que con sinceridad única Martí proponía la hermandad con caridad era para someterla con toda la aviesa intención de mercado barato, a las leyes donde lo espurio destruye el ánimo espontáneo y prácticamente ingenuo, a la enajenación del tránsito del valor de uso al valor de consumo.

Esta América necesitada de salvarse de sus peligros y sus miedos, en aspiración del cubano más alto de todos los tiempos, encuentra hoy iguales y nuevas amenazas, desigualdades étnicas, saturaciones de tecnologías dominantes y de pretensiones anuladoras, dirigidas a una orientación unipolar del capital, ideologías confundidas y negociadas como un producto más en el mercado, contribuyentes a retardar el ascenso virtuoso de la idea propia.

Afirmar el compromiso ante la tradición histórica que unos niegan, es mantener la aseveración apostólica, porque el peligro crece ante el conocimiento mayor que de nosotros el enemigo tiene, porque hoy su codicia crece no por ignorancia, sino por la familiaridad con que anda por los entresijos de nuestros pueblos, a diferencia de lo que en 1891 Martí advertía en su premonición luminaria; sin embargo la fe en el reconocimiento continúa siendo la única posibilidad de salvarnos definitivamente, porque ante peligros y amenazas, como pueblo diverso y único, hoy nosotros los de entonces, seremos siempre diferentes al paradigma ajeno.

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