Bastaban la fuerza inhabitual de su talento, el dominio preciso de la palabra y las amargas experiencias del presidio, para que Martí consiguiera establecer en “El presidio político en Cuba”, un discurso de particular fuerza de denuncia y de probados méritos estéticos, anunciando lo que más adelante constituiría una de las variantes estilísticas, con mayor fuerza de la literatura en el continente latinoamericano.

Esta obra de prematura madurez publicada en España en 1871 y de visible actitud programática, es uno de los testimonios de mayor elocuencia escritos en lengua española y constituye desde el desgarramiento humano, un documento de profunda valoración no sólo de los sucesos ocurridos durante su estancia en la prisión, sino de las circunstancias socio-políticas que caracterizaron a esa etapa turbulenta.

A pesar de la juventud de José Martí, de las nefastas impresiones que la violencia y el odio arrojaron ante su mirada doliente, los recursos de la palabra se hallan dispuestos desde la pulsión del humanismo, emplazados hacia una proyección que logra el ofrecimiento de una amplia visualidad circunstancial, a partir un indiscutible equilibrio de recursos del lenguaje.

Muchas son las formas que validan el poder discursivo de esa obra. Entre ellos se destacan una claridad muy particular en el manejo de las ideas, el refuerzo de los argumentos y el traslado de ambos indicadores hacia planos aparentemente opuestos desde el punto de vista de la enunciación, porque el narrador interviene en la constitución de un proceso de acciones en diversos espacios presentes o evocados, y traslada su función a un plano de frecuentes y profundas reflexiones, que aportan convincentemente a la lógica establecida por el discurso activo.

La traducción exacta de las ideas, confieren una propiedad que valida todo el sentido argumental, construido en períodos extensos en la reflexión de índole filosófica, y breves, cortantes, líricos o provocativos, en el curso narrativo de la historia.

El empleo de formulaciones incidentales o de períodos mixtos, facilitan que tanto en la historia como en la reflexión, el valor de las argumentaciones adquiera un vigor de apreciables notaciones de equilibrio.
A esta orientación estilística incorpora el joven José Martí, diversas fórmulas en el uso calificativo. Epítetos diversos, que alcanzan en todos los sentidos la elevada relación y correspondencia entre sujeto y atributos, así como cadenas imprescindibles de calificativos, utilizados en forma gradual de ascenso denotativo.

“Ser apaleado, ser pisoteado, ser arrastrado, ser abofeteado en la misma
calle, junto a la misma ventana donde un mes antes recibíamos la bendi-
ción de nuestra madre, ¿qué es? (1)

La cualidad del diálogo es también la ganancia para introducir acciones, que se hallan dirigidas a reforzar los asuntos de referente político y a afirmar de los actores que intervienen en el proceso de la historia, su capacidad de protagonismo, concordante con el estado de proposiciones sostenidas en el vigor de la sugerencia.
El diálogo en “El Presidio Político en Cuba”, es por su fortaleza, un elemento que lejos de interrumpir el curso diegético, se incorpora a la extensa posibilidad de asumir la historia con todos los elementos constitutivos, para luego integrarlos nuevamente a la posición del narrador, que se mueve con alta productividad tonal épica y de matices profundamente líricos.
Durante cinco secciones, Martí utiliza recursos sugerentes de la conflictividad socio-política entre España y Cuba, con el trasfondo de las contradicciones insalvables para la época, que dejó la fundación de los estados nacionales. Son razonamientos expuestos a la luz de las ideas que el krausismo contribuyó a expandir por España entonces, asunto que ha recibido críticas muchas veces extremas, porque aunque el propio Martí también conociera de esa tendencia sus limitaciones, no pueden dejar de tenerse en cuenta, los motivos que condujeron a su aceptación, si tenemos en cuenta que en esa etapa de formación de un sentido filosófico en Martí, las ideas de esa tendencia, se pronunciaban por el reconocimiento y protagonismo de la virtud, la redención universal y el afán de renovación espiritual, a tono con los principios de soberanía crecientes en el joven José Martí, que no demoraría en advertir las insuficiencias del krausismo, como teoría definitiva aplicable al caso cubano.
1 José Martí: Obras Completas. Edición Crítica. T. 1 p. 64 Ed. Centro de Estudios Martianos, La Habana.

Esta obra de prematura madurez, anuncia las impugnaciones que se definirían con radical fuerza de argumentaciones, en otro documento que bajo el título de “La República Española ante la Revolución Cubana”, fue publicado por Martí en febrero de 1873, dos años después que “El Presidio Político en Cuba”.

Conocedor del movimiento de las ideas políticas en España, de la aguda contradicción entre espíritu monárquico y espíritu liberal republicano, incorpora en sus reflexiones de naturaleza filosófica de lo político, aseveraciones que permiten aquilatar su visión, en torno al curso agitado y contradictorio de la batalla ideológica sostenida en España y anunciadora de la República que se instauraría en 1873, cuando significa el peso de las ideas krausistas en la confrontación, pero lastradas por las influencias del ideal integrista tan criticado por Martí y cuyo efecto nocivo, se demostraría una vez establecida la República Española.

Como emplazaría a los políticos españoles dos años después, manifiesta con singular fortaleza en “El Presidio Político en Cuba”, las amenazas que una débil voluntad a favor de la independencia de Cuba, caracterizaba el futuro de las relaciones con España en el orden de la Independencia, a la vez que comprometía seriamente con sus apreciaciones, la posición moral de los políticos españoles, ambiguos en el tema de la soberanía cubana, aunque muchos preconizaran desde el krausismo, el tema de las libertades y la independencia de las naciones.

Estas primeras secciones, garantizan la construcción de un discurso literario con intenciones filosóficas muy claras y en ese soporte, asegura los argumentos que España dejaba excluidos, al subestimar las cualidades en las que se hallaba definido, el perfil de la emergente nación cubana.

En estas cláusulas de equilibrio estético, las nociones de una ética del ejercicio de la política, adquieren una singular forma de proyección, que dota a la idea filosófica, de la elegancia del tono literario asumido por José Martí con prosa fluida y de elegancia irrepetible.

Es a partir de la Sección V del texto, que José Martí incorpora el estatuto épico que le confiere un compromiso al narrador desde la perspectiva del curso de las acciones. Las remisiones precedentes sirvieron, para que la historia contara con argumentaciones previas y para que el discurso narrativo se instaurara, en correspondencia con la tradición épica, pero en ajuste a las reglas testimoniales como expresión de lo literario.

Asume el narrador una voluntad estilística, que desde las referidas argumentaciones iniciales, construye direcciones de fuerza persuasiva con voz del sujeto agente, lo compulsa y crea gradualmente compromisos con la proyección de los autores, porque la palabra en su ejercicio gramatical lo consigue, porque los recursos de la voz del testigo condensa sus convicciones, o porque la introducción de las voces de otros, se dimensionan en una polifonía portadora de todo el crédito necesario, para la verosimilitud de los actores y las acciones.

Con “El Presidio Político en Cuba”, José Martí instaura además una estética del sufrimiento, pero alejado de toda pose plañidera y se plantea con los tonos enérgicos destinados a la transformación de las circunstancias dominantes, porque se hallan sostenidos en las más sólidas nociones de justicia, es discurso testimonial en que utiliza los contenidos de la historia para reforzar el objetivo de denuncia, a la vez que inserta la totalidad de su discurso político.

Las voces que emergen de esa obra, asumen un valor duplicante, una facultad asertiva que valida la postulación conceptual, su particular forma de intervención en el curso diegético y en la obtención de su productividad entre la instancia original, no sólo localizada en los redaños vivenciales del autor y sus contextos, sino en las facultades de una voz que instaura otras voces, entra y sale de la diégesis, sin alterarse la dinámica de los eventos.

El denominador que coloca en funciones el narrador, es un agente de posibilidades diversas, nunca limitadas a ofrecer informaciones sólo de lo político, sino sobre otras circunstancias culturales, religiosas y familiares, que resultan elementos de resistencia ante la violación de derechos universales.

Las frecuentes alusiones al tema religioso, la evocación como cualidad esencial del testimonio, al igual que los apelativos de carácter simbólico, representan ruptura entre los espacios calle-prisión, vectores de contrastes expresivos.

El sujeto del discurso testimonio, se define entonces de forma total como antípoda de una instancia representada por un sistema y descomposición institucional, cuyo asunto más notable es el presidio político.

La contaminación de conceptos diversos, la implicación actoral de varios sujetos, no sólo por el peso de las descripciones físicas que de ellos hace el narrador, sino por la función dramática de las voces, adquiere jerarquías que transitan de las plasmaciones socio-culturales, a la configuración de un entramado ideológico reforzado por la calidad del tono y registro del relato.

La reconstrucción de los espacios, esos escenarios del fluir eventual, constituyen síntesis estructurada en recursos gramaticales significantes de posición y dimensiones que proporciona la voz del sujeto, interesado en las áreas donde el sufrimiento ejerce un protagonismo amargo. El presidio es esencialmente la cantera, lugar donde niños y hombres pugnan bajo el efecto de la injusticia.

Otros espacios se hallan identificados por el sentido que orienta la sugerencia localizada en marcas objetales, o en la reproducción de atmósferas que duplican con sus intenciones, las aproximaciones físicas del espacio y los contenidos muchas veces relacionantes con sus actores, movilizados en una sincronía facilitada por la coherencia temporal que los identifica.

En esta obra trascendente de José Martí, la voz de un sujeto testigo como antes dije, está facultada para entrar y salir del círculo diegético, articular proposiciones originadas en la variedad de una semántica referente a lo social, lo político y lo cultural, razones que sostienen todo el cuerpo de conceptos filosóficos sobre la virtud, el respeto a la dignidad humana y la independencia de los pueblos, principios nacidos de la contradicción irreconciliable en que Martí creció para su entrega a Cuba, desde el dolor y la angustia de el presidio, donde no siempre el acto denigrante pudo anular, la voluntad creciente del espíritu indoblegable del país.

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