A punto de llegar a los cinco meses de convivencia con la pandemia, no debería ser ya tiempo de exhortar al cumplimiento de las medidas –establecidas desde el principio por el Estado cubano para combatirla– cuando acatarlas con absoluta resolución tendría que ser la regla.

Aunque bien aprendidas, y hasta la saciedad defendidas por la mayoría de la población, persiste un grupo que desafía el peligro, y violándolas sostiene la desidia, como si no fuera un delito mayor poner en riesgo la vida de los demás, y echar por tierra el trabajo ininterrumpido de un personal de salud que, si repone en breve descanso sus fuerzas, lo hace para reemprender a diario la marcha hacia un combate nada sencillo, contra un enemigo letal y contagioso.

Se acaba el tiempo de explicar lo que continuamente se difunde por todas las vías posibles. Se agota el de procurar convencer a los incrédulos de que su irreverencia cuesta muy cara (más de mil millones de pesos ha dispuesto el Estado cubano para combatir la enfermedad), aunque no toque un solo centavo de bolsillo alguno. No es justo ni permisible que las autoridades mayores de un país procuren en complejos escenarios tantas alternativas, para que un grupo de indolentes las arruinen.

Hace apenas unos días presenciamos en menos de cinco kilómetros de recorrido, dos portales repletos, con personas que participaban de una fiesta, uno a un costado del Mercado de Cuatro Caminos; otro en plena calzada Ramón Pintó, más conocida por Concha, en Diez de Octubre. Por otros reporteros, uno de ellos imposibilitado de atravesar un atajo por donde transita habitualmente, a causa de una juerga en plena calle del municipio Plaza, supimos de esa celebración y de otras que estaban teniendo lugar a diario ante los ojos de todos.

Obviamente, los mensajes persuasivos, dirigidos a hacer razonar a la población, no hallan en los irresponsables acogida, pues cuando se informan los pormenores de la pandemia, muchos de ellos duermen ajenos su fiesta.

El impedimento de estas actitudes no puede esperar. Ni un día más puede permitirse que lo que entra por la puerta del bien colectivo se escape por la ventana, a causa del caos que plantan unos cuantos. Habrá que volver al altoparlante que se escuchó en los primeros días en que nos enfrentábamos al coronavirus, a la llamada de atención directa y sin sonrojos, allí donde oídos sordos destrozan lo bien hecho. Y habrá que entender que denunciar ante los órganos judiciales, por el bien de la vida, donde quiera que se produzca el hecho ya delictivo, es el modo más eficaz de atajar a quienes se empeñan en azuzar desgracias.

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