Justo en este instante un equipo de primera línea clásica europea (Liverpool, Milán, Inter, Arsenal, incluso tomo los riesgos pero incluyo al Barcelona) suspiraría por contar con los jugadores de la banca madridista. Los tomarían para sí, los acurrucarían y los colocarían, a la mayoría, como inamovibles regulares de alineación.

Si por Zidane fuera, la banca del Madrid siempre estuviera desolada porque todos cuentan con criterio para ser regulares.

Son, ciertamente, players de un plus no hecho para contemplar cértamenes desde una raquítica silla acolchanada. Sucede que juegan para el mejor equipo del mundo, donde cada espacio es disputado con saña de rivalidad deportiva in extremis.

Así fueron a la clase con el Espanyol. Un tridente en teoría desmembrado, si tomamos en cuenta sus tres protagonistas venerados, mediocampo con un solo habitual, defensa “partida” a la mitad y portero de jabita.

Es sensato volver a sacar las cuentas porque la profundidad de este conjunto probablemente no ayude a comprender la magnitud de los revolucionario que puede ser un once del Madrid, y aun así que sea intrascendente para los efectos de un estilo de juego aniquilante, sea Juan o Pedro el que corra noventa minutos.

De su formación perla, sólo empuñaron el sábado ¡cuatro! de once. Y si contamos de los que cuentan con la responsabilidad de embocar el cuero, el raquítico número dos de seis. Y no hay que derramar ríos de tinta para describir cómo se comportaron esos siete merengues en la última cita, o cómo han respondido a lo ancho de la temporada. Un futbolístico corto juego del Espanyol no es sólo culpa de quienes habían tenido hasta el momento un decente curso, sino de quienes maltrataron a Cataluña con la verticalidad de unos hombres que cuentan para Zidane como cuentan el resto de galácticos modernos.

Lucas: desequilibrio.

Morata: la pujante juventud.

Mateo Kovačić: pase exquisito.

Isco: puro potencial.

Nacho: sobrecumplidor.

Varane: un regular con disfraz de espectador.

Kiko: ante las maniáticas locuras recurrentes de Keylor, vaya usted a saber hasta dónde puede llegar Casilla.

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