La Santander vuelve a la repisa de la competitividad. Tan solo hace dos días, mostraba a un Madrid embalado, con un punto encima de azulgranas y dos partidos menos que sus rivales. Pero el Valencia llegó para destruir sueños inocentes de supremacía de liga, cuando precisamente estamos parlando acerca de la mejor competición doméstica del futbol, donde la competencia tiene que ser cartilla diaria.

Sucedió en Mestalla, para complacencia de toda la comunidad valenciana. Miércoles de liga, partido aplazado de la jornada 16. Los blancos enfrentan a unos chés totalmente diferentes a los que hubieran encontrado allá por diciembre, cuando el Mundial de clubes obligó a batir merengue en tierras de ojos rasgados.

En aquel exacto instante, Valencia constituía un bocado para equipos de primer nivel. Flotaba por mitad de tabla, y la inestabilidad de sus hombres caracterizaba su balompié.

Ayer, los xes no eran más su patética versión de inicios de invierno. Con una progresión de su juego en los últimos partido, prometían una escena diferente en su recepción al campeón mundial.

No pudieron contar con más suerte los blanquinegros, porque sencillamente el buen karma tiene un límite y la fortuna no te puede sonreír toda desparpajada de risa. En una de las primeras ocasiones en área rival, un italiano demostró que no es sólo libras, y que no es gratuito que sea seleccionado nacional de la azurra.

Zaza recibe de espaldas, hace un control que ladea el balón unos decímetros a la derecha de su cuerpo y luego, un gimnástico y elegante tacazo, semivolea y giro de cuerpo mediante, para dirigir a la red una bola que Keylor sólo saludó amablemente mientras pasaba la ráfaga a su lado. Nota aparte, no me gusta nada que los porteros se queden quietos en los disparos. Aunque humanamente sea imposible atajar, prefiero ver mi portero estirando hasta el clímax sus tendones.

Minutos más tarde, la escena cantaba atisbos sorprendentes de incredulidad. No llegaba el veinte y ya el Valencia machacaba al todopoderoso con dos chicharros. Una contra fulgurante de los locales, aprovechando un despiste de Varane, primero de una lista nocturna donde militaron varios, acomodó un lujo de partido para los de Mestalla y sugirió revoluciones en la táctica.

Un dos a cero en el alba sedujo al menos portentoso. El Valencia resolvió defenderse con toda su maquinaria a partir del segundo tanto, y entonces aguardar la instantaneidad de una contra para con la aceleración de Nani, apabullar a los líderes de la Santander.

Así, en el ir y venir de la insistencia ofensiva del Madrid, relegado a usar casi exclusivamente las bandas por culpa de la hinchazón mediocampista que dibujó el técnico valencianista, no quedó más resolución para el perdedor que la incansable y monótona rifa de centros.

En uno de ellos, afortunado por la descolocación defensiva que lo antecedió debido a que provino de un robo de balón que bruscamente Marcelo decantó en un centro potente, breve y sin comba, Cristiano escogió cualquiera de sus bestiales habilidades de testa para cerrar un partido a punto de penumbra para el intermedio.

Así el guión, se fisgoneaba una segunda parte de abrumadora ofensiva blanca. Sin embargo, aunque el Real embudó a los chés en su propios tres cuartos de cancha, las marcas exhaustivas y exactas lo redujeron a la flaca alternativa de continuar el uso de las bandas y los alegres y repitentes centros.

No más, incluso hasta el noventa y cuatro. Ni cabezas con más fortuna, ni noventa y ramos, ni más del Comandante, ni disparo salvador en linderos del área de Kross o Modric. Un colchón de un partido, difícil en las próximas semanas ante el Celta, con un ligero somier de solitario punto. Así pinta el negocio para el fin de semana de la Santander esférica.

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