Una buena parte de la humanidad disfruta de los beneficios de grandes acontecimientos de la Ciencia y de la Tecnología, logrados por el hombre en poco más de una década y podemos afirmar, sin temor a equivocaciones, que en ese breve período, coincidente con los primeros 16 años del milenio, se ha avanzado mucho más que en todo el anterior siglo y esa etapa superó también lo acontecido en toda la historia de la humanidad.

Un alto porcentaje de lo que el hombre consideraba ciencia-ficción dejó de serlo para convertirse en absoluta realidad y desaparecieron muchos “imposibles”, desde la comunicación celular inmediata intercontinental hasta los infinitos recursos que nos ofrece la computación.

No se pueden separar esos acontecimientos de otros que, al cursar del tiempo, también tuvieron extraordinaria notoriedad como la invención de la rueda, la pólvora, la imprenta, la máquina de vapor, la bomba atómica, el automóvil, el avión o los viajes espaciales, por sólo mencionar algunos.

La historia de la humanidad es pródiga y aún nos asombra llegar hasta aquí, donde estoy sentado ahora, frente a una pequeña, pero extraordinaria máquina, mediante la cual soy capaz de saber, en tan sólo segundos, acerca de los más prominentes e incalculables temas que me puedan interesar.

Incluso, esto que escribo ahora podrá leerse en cualquier parte del mundo en el menor tiempo posible, solamente en el relampagueante lapso que nos lleve ubicarlo en un sitio digital. Unas pocas décadas atrás esto era inimaginable y si a alguien se le hubiera ocurrido comentar algo parecido en los tiempos de la brutal Inquisición, hubiera muerto -sin remedio- en la hoguera. Pero hay millones de seres humanos que ni siquiera saben que nada de esto existe.

Para quiénes tuvimos la oportunidad de vivir durante una buena parte del siglo XX, el XXI se presentaba como un período de esperanzas, en el que la humanidad encontraría respuesta a muchas de sus inconformidades.

A nadie se le ocurría pensar que en los primeros 16 años del actual milenio todavía hubiera hombres viviendo en la era paleolítica, como ocurre en la geografía del continente africano o en el cono sur americano.

En nuestra utopía descartábamos la posibilidad de guerras, al imaginar una extraordinaria unidad universal y hasta llegamos a pensar en que la palabra amor al fin tendría su necesario significado y que desaparecerían -por acuerdo del sentido común de los hombres- las armas de destrucción masiva.

Pero la cruda e irrefutable realidad destruye de manea implacable aquellos sueños. El hombre es cada vez más cruel con el mismo hombre, los artefactos bélicos son cada vez más demoledores y los poderosos, encabezados por Estados Unidos, arremeten su desmedida ira imperial contra los más débiles.

Mientras unos pocos se enriquecen, centenares de millones viven en la más absoluta pobreza, con su secuela de hambruna, analfabetismo, discriminación y las más disímiles muestras de abusos y explotación.

La despiadada voracidad hizo trizas los cuentos infantiles de las “Mil y una noches”, al convertir a la mítica Bagdad en un infierno, tal como hicieron con Afganistán o Libia y más recientemente con Siria.

Los más aberrantes intereses políticos y económicos rigen la arena internacional que acapara a todo el globo terráqueo, pues no son solamente los países del mundo árabe los más afectados.

Quiénes se niegan a cumplir sus designios en América, son salvamente condenados. La heroica Cuba es víctima de las sombrías intenciones de su agresividad durante más de cincuenta años.

Tentativas de golpes de Estado en Venezuela, Ecuador y expresos en Honduras, Paraguay y Brasil, mientras Macri engaña a los que le dieron su voto en Argentina. Acciones solapadas en otros países del sur, como Bolivia o Nicaragua.

La presente centuria no ha respondido a ninguna esperanza favorable, por el contrario se acrecientan las expectativas de desaparición de la humanidad, a lo que se suman los peligros del cambio climático.

Las ansiadas ilusiones se han estrellado contra la realidad de las casi dos décadas de un espeluznante Siglo XXI.

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